PARTE 2: LA ENTREVISTA QUE TERMINÓ EN AUDITORÍA

La sala quedó completamente en silencio.

Patricia seguía mirando la grabadora como si pudiera desaparecer con solo negarla.

—Esto fue una emboscada… —murmuró.

Negué con tranquilidad.

—No.

Sostuve su mirada.

—Una emboscada ocurre cuando alguien no tiene oportunidad de elegir.

Hice una breve pausa.

—Usted eligió cada una de sus palabras.

Alejandro Hayes colocó la grabadora dentro de un sobre para evidencia.

—Recursos Humanos existe para evaluar talento, no para humillar personas.

Patricia intentó recuperar el control.

—Señor Hayes, puedo explicar…

—Explique entonces por qué una entrevista para una asistente ejecutiva comenzó con preguntas sobre vinos franceses, cenas diplomáticas y protocolo de embajadas.

Ella abrió la boca.

No respondió.

El entrevistador joven respiró hondo.

—Señor…

Alejandro giró hacia él.

—¿Sí?

—No es la primera vez.

Patricia cerró los ojos.

Sabía que aquello estaba perdido.

El joven continuó.

—Muchos candidatos salían llorando.

—¿Lo reportó?

—Lo intenté una vez.

Bajó la cabeza.

—Me dijeron que la gerente tenía resultados excelentes y que no era conveniente generar conflictos.

Alejandro tomó nota sin decir una sola palabra.

Después me miró.

—Profesora Castillo, ¿acepta permanecer unos minutos más?

—Por supuesto.

Nos trasladaron a una sala de juntas mucho más grande.

Diez minutos después llegaron el director jurídico, la directora de auditoría interna y dos integrantes del comité de ética.

La grabación comenzó a reproducirse.

Nadie interrumpió.

Cuando terminó, la directora jurídica cerró lentamente su carpeta.

—No solo existe un problema de trato indigno.

Miró a Patricia.

—Aquí hay posibles violaciones a las políticas corporativas y riesgos legales importantes.

Patricia intentó defenderse.

—Solo era exigente.

Yo sonreí levemente.

—Ser exigente y ser humillante son cosas muy distintas.

Alejandro asintió.

—Precisamente por eso invitamos a la profesora Castillo.

Todos dirigieron la vista hacia mí.

—Durante quince años ha diseñado procesos de evaluación para empresas multinacionales y universidades.

Patricia me observó como si acabara de descubrir quién era realmente.

—Usted…

—Sí.

—Nunca fue candidata.

—Nunca.

La gerente dejó caer lentamente los hombros.

Pensó que aquello era el final.

No lo era.

Uno de los auditores levantó la mano.

—Señor Hayes…

Traía una computadora portátil abierta.

—Mientras preparábamos esta reunión revisamos los registros de contratación del departamento.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Encontraron algo?

—Sí.

Proyectó una hoja de cálculo sobre la pantalla.

Había decenas de nombres.

Fechas.

Calificaciones.

Y una columna resaltada en rojo.

—Comparando las evaluaciones originales con las registradas oficialmente encontramos ciento treinta y siete modificaciones.

El silencio fue absoluto.

Patricia comenzó a respirar cada vez más rápido.

—Eso no significa nada.

El auditor negó.

—Sí significa.

Amplió uno de los registros.

—Aquí un candidato obtuvo noventa y cuatro puntos.

En el sistema final aparecía con cincuenta y ocho.

Otro registro.

—Aquí una candidata dominaba tres idiomas.

En el informe definitivo figura como “inglés insuficiente”.

Otro más.

—Y aquí alguien fue rechazado por “falta de liderazgo” pese a haber recibido la máxima puntuación del panel técnico.

Alejandro observó a Patricia.

—¿Quién modificó esas evaluaciones?

Ella tardó varios segundos en responder.

—Yo…

La voz apenas le salió.

—¿Por qué?

Patricia guardó silencio.

El auditor abrió otro archivo.

—Tal vez esto ayude.

En la pantalla aparecieron las contrataciones realizadas después de cada rechazo.

La mayoría tenía un mismo patrón.

Familiares.

Recomendados.

Personas vinculadas con tres empresas de reclutamiento.

La directora jurídica respiró lentamente.

—Esto ya no es solo un problema de conducta.

El auditor asintió.

—No.

Hizo clic una vez más.

Apareció una tabla con pagos de comisiones.

Bonificaciones.

Transferencias.

Y una cifra total al final del informe.

$76,400,000.

Todos levantaron la vista.

Alejandro habló muy despacio.

—¿Qué representa esa cantidad?

El auditor cerró la computadora con cuidado.

—El dinero que Grupo Sterling pagó durante los últimos seis años por contrataciones manipuladas, consultorías simuladas y proveedores de reclutamiento relacionados con la gerente Patricia Fuentes.

Patricia comenzó a llorar.

Pero nadie la miraba ya.

Porque en la última página del informe aparecía algo todavía más grave.

El nombre del verdadero beneficiario de toda aquella red.

Y no pertenecía a Recursos Humanos.

Pertenecía a uno de los miembros del propio Consejo Directivo de Grupo Sterling.

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