El mensaje quedó marcado como leído.
Ethan no respondió.
Durante varios minutos, observé la pantalla en silencio, esperando sentir algo.
Satisfacción.
Rabia.
Tal vez la vieja tristeza que durante años me había acompañado como una sombra.
Pero no llegó nada.
Solo el sonido del viento golpeando las puertas de cristal del balcón y el reflejo del lago extendiéndose frente a mí, inmenso, indiferente.
Apagué el teléfono.
Aquella noche dormí sin soñar con él por primera vez desde que había vuelto a nacer.
A la mañana siguiente, encontré doce mensajes nuevos.
“Hannah, necesito explicarte.”
“No fue como tú crees.”
“Clara me engañó.”
“Ella dijo que aquella noche no recordaba nada.”
“Yo pensé que estaba salvándola.”
“Respóndeme, por favor.”
El último había sido enviado a las cuatro de la madrugada.
“¿De verdad dejaste de amarme?”
Leí la pregunta mientras preparaba café.
Durante nuestra vida anterior, habría entregado cualquier cosa por escucharla.
Habría llorado de alivio al descubrir que todavía le importaba perderme.
Ahora solo me pareció egoísta.
Ethan no preguntaba si yo estaba bien.
No preguntaba qué había sido de mí durante aquellos tres años.
No preguntaba cuántas noches había pasado sola, aprendiendo a vivir después de que todos me reemplazaran.
Solo quería saber si todavía tenía un lugar dentro de mi corazón.
Bloqueé el número.
Luego fui a trabajar.
En Nueva Zelanda había construido una vida que nadie de mi familia conocía.
Al principio llegué con dos maletas, poco dinero y una recomendación de una antigua profesora. Conseguí empleo en una pequeña firma de diseño arquitectónico en Queenstown.
No era el camino que mis padres habían planeado para mí.
Ellos querían que trabajara en la empresa familiar hasta casarme con Ethan. Después, suponían que me convertiría en una esposa elegante, encargada de cenas, compromisos y sonrisas perfectas.
Pero lejos de ellos descubrí algo sencillo y poderoso.
Era buena en mi trabajo.
Muy buena.
En tres años, pasé de dibujar planos secundarios a dirigir un proyecto turístico junto al lago Wanaka. El complejo todavía estaba en construcción, pero ya había recibido premios por su diseño sostenible.
Mi jefe, Oliver Grant, solía bromear diciendo que yo podía mirar un terreno vacío y escuchar lo que quería convertirse.
—No escucho al terreno —le respondía—. Escucho a las personas que van a vivir allí.
Oliver era nueve años mayor que yo, alto, de cabello oscuro y una paciencia que al principio me desconcertaba.
Nunca hacía preguntas que yo no quisiera responder.
Nunca intentaba salvarme.
Nunca utilizaba mi silencio para inventar una historia en la que él fuera el héroe.
Aquella mañana entró en mi oficina con dos carpetas bajo el brazo.
—Tenemos un problema.
—¿El proveedor de piedra volvió a cambiar el precio?
—Peor.
Dejó una carpeta sobre mi escritorio.
En la portada aparecía el logotipo de Song International.
Sentí que mis dedos se enfriaban.
—Quieren invertir en el proyecto —explicó Oliver—. Han comprado parte del fondo que lo financia. Enviarán a un representante para revisar el diseño y las cuentas.
No necesitaba preguntar quién sería.
El universo nunca había tenido sentido del humor.
—¿Cuándo llega?
Oliver me observó con atención.
—Esta tarde.
Cerré la carpeta.
—Entonces tendremos preparada toda la documentación.
—Hannah.
—Estoy bien.
Él apoyó una mano sobre el escritorio, sin acercarse demasiado.
—No tienes que demostrarme nada.
Le sostuve la mirada.
—No quiero demostrar nada. Solo quiero terminar el proyecto.
Oliver asintió.
—Eso sí te lo creo.
Ethan llegó a las tres y veinte.
Lo vi desde la sala de reuniones mientras bajaba de un vehículo negro.
Seguía siendo el hombre que recordaba.
El mismo perfil firme.
La misma forma de abrocharse el saco al entrar en un edificio.
La misma manera de levantar la cabeza antes de buscarme entre la gente.
Pero había algo distinto.
Estaba más delgado.
Las sombras bajo sus ojos parecían profundas.
En nuestra vida anterior, Ethan siempre había entrado en cualquier lugar como si le perteneciera.
Aquella tarde cruzó la recepción con la tensión de alguien que temía no ser bienvenido.
Nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
Él se detuvo.
Por un instante, nadie más existió.
Luego Oliver abrió la puerta.
—Señor Song, bienvenido. Soy Oliver Grant, director del proyecto.
Ethan le estrechó la mano, pero continuó mirándome.
—Hannah.
—Señor Song.
Su expresión cambió.
—No me llames así.
—Estamos en una reunión profesional.
Oliver miró de uno a otro.
No preguntó nada.
Solo señaló los asientos.
Durante las siguientes dos horas presenté el proyecto.
Hablé del diseño.
De la integración con el paisaje.
De los materiales locales.
De la reducción del consumo energético.
Ethan no apartó los ojos de mí.
Cuando terminé, los otros representantes hicieron preguntas técnicas.
Él permaneció en silencio.
Finalmente, cuando todos comenzaron a recoger sus documentos, habló.
—Quiero conversar a solas con la arquitecta principal.
Oliver respondió antes que yo.
—Cualquier tema relacionado con el proyecto puede tratarse conmigo presente.
El rostro de Ethan se endureció.
—Es un asunto personal.
—Entonces debería hablarlo fuera del horario laboral.
Los dos se miraron.
No había hostilidad abierta, pero el aire se volvió más pesado.
Tomé mi carpeta.
—Cinco minutos.
Oliver frunció el ceño.
—Hannah…
—Estaré bien.
Esperó un momento antes de salir.
Ethan siguió la puerta con la mirada.
—¿Quién es él?
Solté una risa breve.
—Has cruzado medio mundo para preguntarme eso.
—Vine por el proyecto.
—Claro.
—No sabía que trabajabas aquí hasta que vi tu nombre en los documentos.
—Y aun así pediste ser tú quien viniera.
No lo negó.
Se levantó.
—Bloqueaste mi número.
—Sí.
—Necesito que escuches lo que ocurrió.
—Ya sé lo que ocurrió.
—No, no lo sabes.
Se acercó un paso.
—La noche anterior a nuestro compromiso, cuando recibí el mensaje de Clara, recordé mi vida pasada.
Sentí una punzada de sorpresa.
—¿En ese momento?
—Sí. No había recordado nada antes.
Su voz se volvió áspera.
—Vi su mensaje y de repente recordé el hospital. Recordé mis últimas palabras. Recordé que había pasado toda una vida pensando que ella había muerto porque yo no acudí a salvarla.
—También recordaste que yo era tu prometida.
Ethan cerró los ojos un instante.
—Sí.
—Y aun así fuiste.
—Pensé que esta vez podía evitar la tragedia.
—No te estoy culpando por ir.
Abrió los ojos.
—Entonces, ¿por qué…?
—Te culpo por acostarte con ella.
El silencio cayó entre nosotros.
Ethan palideció.
—Cuando llegué, Clara estaba alterada. Había bebido. Dijo que si la rechazaba otra vez, haría algo terrible. Intenté calmarla.
—Y acabaste en una cama.
—Ella puso algo en mi bebida.
Lo miré fijamente.
—Cuando te pregunté si estabas consciente, dijiste que sí.
—Porque lo estaba durante parte de la noche.
Su mandíbula se tensó.
—Pude haberme marchado. Pude haberla apartado. Pero entonces recordé cómo murió. Recordé tu culpa. La mía. Nuestro hijo odiándote. Pensé que si volvía contigo, todo terminaría igual.
—Así que decidiste castigarme antes de que yo cometiera el mismo error.
—No quería castigarte.
—¿Qué querías?
Ethan bajó la voz.
—Cambiar el destino.
—Lo lograste.
Me dirigí hacia la puerta.
Él me sujetó del brazo.
No con fuerza.
Pero el contacto bastó para despertar recuerdos que yo había enterrado.
Las manos de Ethan ayudándome a bajar escaleras.
Sus dedos colocándome el anillo.
Su palma cada vez más fría dentro de la mía en aquella habitación de hospital.
Retiré el brazo.
—No vuelvas a tocarme.
Ethan soltó la mano de inmediato.
—Hannah, mi matrimonio con Clara fue un error.
—No.
—No la amo.
—Eso no lo convierte en un error.
Me miró sin comprender.
—Te casaste con ella sabiendo que me destruirías. Seguiste a su lado durante tres años. Sonreíste en fotografías. Cocinaste para ella. Caminaste de su mano. Permitiste que me mostrara cada momento porque sabías que yo podía verlo.
—Yo no sabía que ella configuraba las publicaciones solo para ti.
—Pero sí sabías que publicaba nuestra historia como si yo nunca hubiera existido.
Ethan apartó la mirada.
Eso fue respuesta suficiente.
—Clara no puede tener hijos —dijo—. Los médicos creen que quizá nunca pueda quedar embarazada.
—Lo siento por ella.
—Mis padres exigen un heredero.
—Entonces adopten.
—No es tan sencillo.
—Nada lo es cuando no obtienes lo que quieres.
Su rostro se endureció.
—No vine a pedirte que tengas un hijo para mí.
—Me alegra que lo aclares.
—Vine porque cuando supe el diagnóstico, comprendí que había construido un matrimonio entero sobre culpa.
—No. Lo comprendiste cuando tu sacrificio dejó de darte la vida que esperabas.
Ethan retrocedió como si lo hubiera golpeado.
Sus ojos se llenaron de una emoción oscura.
—¿Eso piensas de mí?
—Pienso que elegiste a Clara cuando creíste que salvarla te convertiría en una buena persona. Ahora que estar con ella exige demasiado, quieres regresar conmigo para sentirte bien otra vez.
—Te amé durante dos vidas.
—En la primera me amaste mientras me culpabas en silencio. En la segunda me abandonaste antes de darme la oportunidad de ser diferente.
La puerta se abrió.
Oliver apareció.
—Los cinco minutos terminaron.
Ethan no se movió.
—Necesito un momento más.
—Ella no.
Lo miré.
—La revisión del proyecto continuará mañana a las nueve.
Ethan me observó largamente.
—No me iré de Nueva Zelanda hasta que hablemos.
—Puedes quedarte toda la vida.
Salí de la sala.
Esa noche, al regresar a mi apartamento, encontré a Clara esperando frente a la puerta.
Llevaba un abrigo blanco y grandes gafas oscuras, aunque el cielo ya estaba oscureciendo.
Parecía más delgada que en las fotografías.
Más frágil.
Pero yo conocía demasiado bien aquella fragilidad.
Era un escudo.
Y también un arma.
—Hola, hermana —dijo.
—¿Cómo encontraste mi dirección?
—Mamá me la dio.
Por supuesto.
Mi madre no me había llamado durante meses, pero aún se sentía con derecho a revelar dónde vivía.
—¿Qué haces aquí?
Clara se quitó las gafas.
Tenía los ojos enrojecidos.
—Vine a impedir que destruyas mi matrimonio.
La miré unos segundos.
Después abrí la puerta.
—Entra.
Clara pareció sorprendida.
Quizá esperaba que discutiéramos en el pasillo.
Quizá había preparado lágrimas para los vecinos.
Entró lentamente y recorrió el apartamento con la mirada.
Era un espacio sencillo.
Madera clara.
Grandes ventanas.
Libros.
Planos enrollados en una esquina.
Sobre una repisa había una fotografía mía junto a Oliver y el resto del equipo durante la ceremonia de un premio.
Clara se acercó.
—Te ves feliz.
—Lo soy.
Sus labios se tensaron.
—No deberías mentir.
—No lo hago.
—Ethan está aquí.
—Lo sé.
—¿Y no sentiste nada cuando lo viste?
—Sentí que la reunión duraba demasiado.
Clara se volvió de golpe.
—Siempre haces eso.
—¿Qué cosa?
—Actuar como si estuvieras por encima de todos.
La rabia sustituyó rápidamente a su tristeza.
—Desde niñas, eras la perfecta. La saludable. La inteligente. La que podía correr, bailar, viajar. Yo siempre estaba enferma mientras tú tenías todo.
—También tenías todo lo mío.
—Porque nuestros padres te pedían que compartieras.
—No. Me pedían que renunciara.
Clara se abrazó a sí misma.
—Ethan me ama.
—Entonces no tienes nada que temer.
—Pero vino por ti.
—Eso deberías hablarlo con tu esposo.
—¡Tú lo provocaste!
Su voz se elevó.
—Desapareciste durante tres años. Dejaste que él te idealizara. Nunca regresaste para que pudiera olvidarte de verdad.
Me quedé inmóvil.
—¿Escuchas lo que estás diciendo?
Clara respiró con dificultad.
—Desde que nos casamos, él nunca me miró como te miraba a ti.
—Lo sabías antes de casarte.
—Pensé que cambiaría.
—También sabías que yo seguía amándolo.
Sus ojos brillaron.
—Tú me lo cediste.
Aquellas palabras fueron tan absurdas que casi sonreí.
—Ethan no era un vestido ni una joya familiar. No podía cedértelo. Él te eligió.
—Porque se sentía culpable.
—Eso sigue siendo una elección.
Clara apretó los puños.
—¿Sabes por qué publiqué esas fotografías?
—Para hacerme daño.
—Porque necesitaba que vieras que yo también podía ser elegida.
Por primera vez, su voz no sonó calculada.
Sonó cansada.
Vacía.
—Toda mi vida tuve que verte recibir lo que yo quería —continuó—. Ethan pronunciaba tu nombre incluso dormido. Una vez, durante nuestro primer año de matrimonio, despertó abrazándome y dijo: “Hannah, no te vayas”.
Guardé silencio.
No porque me doliera.
Sino porque comprendí algo.
Clara había ganado el matrimonio, pero nunca había dejado de competir conmigo.
Ni siquiera cuando yo ya no estaba.
—¿Por qué sigues con él? —pregunté.
Me miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque es mío.
—No. Porque necesitas que no sea mío.
Su expresión se deformó.
—Siempre me has odiado.
—No.
—¡Mientes!
—Durante mucho tiempo te tuve miedo.
Clara se quedó quieta.
—Cada vez que deseabas algo que era mío, nuestros padres hacían que me sintiera cruel por conservarlo. Aprendí a temer tus lágrimas. Tus silencios. Tus amenazas. Aprendí que tu dolor siempre sería culpa mía.
—Yo estaba enferma.
—Sí. Y merecías cuidados. Pero eso nunca te dio derecho a destruirme.
Clara dio un paso hacia mí.
—Ethan regresará conmigo.
—Puede hacerlo.
—No intentarás recuperarlo.
—No.
—Promételo.
—No tengo que prometerte nada.
Su mano se alzó.
Durante un segundo pensé que iba a abofetearme.
Pero antes de tocarme, la puerta se abrió.
Oliver estaba en el umbral.
Había venido a traerme una carpeta que olvidé en la oficina.
Sus ojos bajaron hasta la mano levantada de Clara.
—¿Interrumpo algo?
Clara dejó caer el brazo.
Su expresión cambió con una velocidad impresionante.
—Soy la hermana de Hannah.
—Ya lo supuse.
Oliver entró y dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿Estás bien?
—Sí.
Clara lo observó.
—¿Eres su novio?
—No es asunto tuyo —respondí.
Pero Oliver dijo con tranquilidad:
—Soy alguien que no permitiría que la golpearan dentro de su propia casa.
Clara palideció.
—Yo no iba a…
—Entonces no habrá ningún problema.
Tomó su bolso.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Mamá tiene razón. Siempre has sido fría.
—Y tú siempre has confundido mis límites con crueldad.
La puerta se cerró.
Oliver esperó unos segundos.
—¿Quieres que llame a alguien?
—No.
—¿Quieres hablar?
Negué con la cabeza.
Él asintió.
—Entonces prepararé té.
—No sabes dónde está.
—Llevo tres años viniendo a este apartamento.
—Y todavía guardas las tazas en el lugar equivocado.
—Eso forma parte de mi encanto.
Lo vi caminar hacia la cocina.
No hizo preguntas.
No me pidió que explicara por qué mis manos temblaban.
Solo permaneció allí.
Y por primera vez entendí la diferencia entre ser salvada y ser acompañada.
A la mañana siguiente, Ethan llegó temprano a la obra.
Clara estaba con él.
Caminaban separados.
No se miraban.
Oliver y yo los esperábamos junto al edificio principal, donde los trabajadores terminaban de instalar la estructura de madera.
—Mi esposa insistió en acompañarme —dijo Ethan.
Clara sonrió.
—Quería conocer el proyecto de mi hermana.
Durante la visita, se mantuvo cerca de Ethan.
Le tomó el brazo.
Corrigió su corbata.
Se rio demasiado fuerte de cada comentario.
Ethan soportó sus gestos con visible incomodidad.
Yo continué explicando los detalles técnicos.
No iba a participar en aquel espectáculo.
Al llegar a una plataforma elevada desde la que se veía el lago, Clara se acercó a mí.
—Es hermoso —murmuró.
—Lo será más cuando termine.
—¿Tú lo diseñaste todo?
—Con mi equipo.
Miró a Oliver, que conversaba con los ingenieros.
—Él te quiere.
—No empieces.
—Lo vi anoche. También veo cómo te mira ahora.
—Clara.
—¿Ethan lo sabe?
La observé.
—¿Qué intentas hacer?
Sonrió débilmente.
—Nada. Solo pienso que sería conveniente que tuvieras a alguien. Así dejarías de representar una amenaza.
—Tu matrimonio no se está rompiendo por mí.
—Claro que sí.
—No. Se está rompiendo porque los dos construyeron su relación sobre una mujer ausente.
La sonrisa desapareció.
—No sabes nada de nuestro matrimonio.
—Sé que viajaste miles de kilómetros porque temes que Ethan hable conmigo cinco minutos.
Clara bajó la voz.
—Él nunca debía recordarte.
—Entonces elegiste al hombre equivocado.
Sus ojos se llenaron de furia.
—¡Tú fuiste quien desapareció!
Algunos trabajadores giraron la cabeza.
Ethan se acercó.
—Clara, basta.
Ella lo miró.
—¿Por qué? ¿Te avergüenza que diga la verdad frente a ella?
—Estamos en un lugar de trabajo.
—Todo te importa más que yo.
—No hagas esto aquí.
—¿Aquí? ¿O frente a Hannah?
Ethan apretó la mandíbula.
Clara soltó una risa quebrada.
—Desde que llegamos, no has dejado de mirarla. Ni una sola vez me has preguntado cómo me siento.
—Viniste sin que te invitara.
—Porque sabía que intentarías recuperarla.
Todos guardaron silencio.
Ethan miró hacia mí.
—No vine a recuperarla.
Clara palideció.
Yo también me sorprendí.
Él continuó:
—Vine a pedirle perdón.
—¿Perdón?
—Sí.
—¿Y después qué?
Ethan tardó demasiado en responder.
Clara comprendió.
—Quieres divorciarte.
—Hablaremos en privado.
—¡Respóndeme!
Su voz resonó sobre la plataforma.
Ethan cerró los ojos.
—Sí.
Clara dio un paso atrás.
La expresión de su rostro no fue tristeza.
Fue incredulidad.
Como si nunca hubiera considerado que algo obtenido pudiera perderse.
—No puedes.
—Clara…
—¡No puedes abandonarme por ella!
—No es por Hannah.
—Siempre es por Hannah.
Giró hacia mí.
—¿Estás satisfecha?
—No tengo nada que ver con esto.
—¡Mentirosa!
Se lanzó hacia mí.
Todo sucedió muy rápido.
Oliver intentó sujetarla.
Ethan gritó su nombre.
Yo retrocedí.
La suela de Clara resbaló sobre una zona húmeda de la plataforma y perdió el equilibrio.
Ethan la alcanzó antes de que cayera.
La sostuvo por la cintura, mientras ella se aferraba a su saco.
Durante unos segundos, permanecieron así.
Clara temblaba.
Ethan respiraba con dificultad.
Luego él la apartó con cuidado.
—Esto se terminó.
—Me salvaste —susurró ella.
—Porque estabas en peligro.
Clara lo miró con desesperación.
—Entonces aún me amas.
Ethan bajó las manos.
—No confundas mi humanidad con amor.
El rostro de Clara se quedó completamente vacío.
Aquella tarde, la familia entera comenzó a llamarme.
Primero mi madre.
Después mi padre.
Luego dos tías con las que no hablaba desde hacía años.
No respondí.
Hasta que mi madre dejó un mensaje de voz.
“Hannah, tu hermana está destrozada. Ethan quiere divorciarse por tu culpa. Ya te cedimos todo durante años. ¿Por qué no puedes dejarle una sola cosa?”
Escuché el mensaje dos veces.
No porque dudara.
Sino porque necesitaba asegurarme de haber entendido correctamente.
Después la llamé.
Respondió al primer tono.
—Hannah, gracias a Dios…
—No vuelvas a dar mi dirección a nadie.
—¿Eso es lo único que te importa? Tu hermana está…
—Tampoco vuelvas a culparme por las decisiones de Clara.
—Ella tiene una enfermedad delicada.
—Y yo soy su hermana, no su medicamento.
Mi madre quedó en silencio.
—Has cambiado.
—Sí.
—Antes eras más comprensiva.
—Antes tenía miedo de que dejaran de quererme.
—Nosotros siempre te hemos querido.
—Me pidieron que entregara mi compromiso para proteger la reputación de Clara.
—No había otra opción.
—Siempre había otra opción. Solo que la otra opción exigía responsabilizarla.
Mi madre comenzó a llorar.
Durante mi infancia, ese sonido habría sido suficiente para hacerme retroceder.
Esta vez no.
—Tu padre y yo hicimos lo mejor que pudimos.
—No. Hicieron lo más fácil.
Colgué.
Dos días después, el consejo del proyecto aprobó todas nuestras propuestas.
La inversión de Song International continuaría, pero Ethan renunció como representante. Otro ejecutivo asumiría la supervisión.
Antes de marcharse, me pidió verme una última vez.
Acepté encontrarme con él junto al lago.
No porque quisiera darle esperanza.
Sino porque había palabras que necesitaba pronunciar mirándolo a los ojos.
Ethan llegó sin abrigo.
El viento agitaba su camisa.
Parecía cansado.
—Clara regresó con tus padres —dijo.
—Lo imaginé.
—He iniciado el divorcio.
—Eso no me concierne.
Bajó la cabeza.
—Lo sé.
Caminamos unos metros en silencio.
Frente a nosotros, el Árbol Solitario se alzaba dentro del agua.
Ethan lo observó.
—Se parece a ti.
—Antes pensaba lo mismo.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que no está solo. Tiene raíces bajo el agua. Solo que nadie puede verlas.
Ethan me miró.
—Quiero pedirte perdón.
—Ya lo hiciste.
—No de verdad.
Respiró hondo.
—En nuestra vida pasada, te amé. Pero también te hice cargar con mi culpa. Nunca tuve valor para preguntarte qué ocurrió realmente aquella noche. Supuse. Callé. Y te castigué con mi silencio durante veinte años.
No dije nada.
—Cuando volvimos —continuó—, tuve una oportunidad de hacer las cosas bien. Pero elegí desde el miedo. Creí que si me sacrificaba por Clara, todos seríamos salvados.
—Excepto yo.
—Sí.
Su voz se quebró.
—Excepto tú.
Metió una mano en el bolsillo y sacó una pequeña caja.
La reconocí.
Era el anillo de nuestro primer compromiso.
—Lo guardé.
—No deberías haberlo hecho.
—Nunca pude tirarlo.
Me ofreció la caja.
No la tomé.
—Hannah, no espero que regreses conmigo ahora. Solo quiero una oportunidad. Puedo esperar.
—Ya esperaste en otra vida.
—No fue suficiente.
—No se trata del tiempo.
Lo miré directamente.
—Amaste la versión de mí que siempre te perdonaba. La que necesitaba que la eligieras porque nadie más lo hacía. Pero esa mujer ya no existe.
—Podría amar a la mujer que eres ahora.
—Ni siquiera la conoces.
—Déjame conocerte.
Negué lentamente.
—No.
Ethan cerró la caja.
El dolor apareció en su rostro.
Pero no intentó discutir.
—¿Es por Oliver?
—No.
—¿Lo amas?
Miré el lago.
Pensé en Oliver preparando té.
En su forma de permanecer cerca sin invadirme.
En todas las veces que me había permitido ser fuerte sin utilizar mi fortaleza como excusa para abandonarme.
—Tal vez algún día —respondí—. Pero eso tampoco te concierne.
Ethan asintió.
—Entiendo.
—No. Todavía no.
Volví a mirarlo.
—En nuestra primera vida, tus últimas palabras me condenaron. Me pediste que no borrara el mensaje de Clara. Regresé creyendo que debía corregir aquel error para merecer tu amor.
Su rostro palideció.
—Hannah…
—Esta vez no borré el mensaje. Te dejé elegir libremente. Y lo hiciste.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Elegí mal.
—Elegiste lo que querías en ese momento.
—Te quería a ti.
—Pero no lo suficiente como para confiar en mí.
Ethan bajó la mirada.
Le quité la caja de la mano.
Por un instante creyó que aceptaba el anillo.
Lo vi en sus ojos.
Abrí la caja.
El diamante atrapó la luz gris del atardecer.
Luego cerré la tapa y caminé hasta la pequeña mesa de madera que había junto al sendero.
Dejé la caja allí.
—Este anillo pertenecía a dos personas que ya no existen.
—Yo sigo aquí.
—Yo también.
Sonreí débilmente.
—Pero ya no somos ellos.
Me alejé.
Ethan no me siguió.
Un mes después, recibí una carta de mi padre.
No una llamada.
No un mensaje.
Una carta escrita a mano.
Me pedía que regresara a casa.
Decía que Clara se negaba a aceptar el divorcio.
Que la familia Song había retirado su apoyo comercial.
Que los rumores comenzaban a extenderse.
Que mi madre estaba enferma por la preocupación.
Al final había una frase subrayada:
“Eres la única que puede arreglar esto.”
Doblé la carta y la guardé en un cajón.
Ya no destruía los mensajes.
Pero tampoco obedecía todos los que recibía.
Dos semanas más tarde, Oliver y yo asistimos a la inauguración de la primera sección del complejo.
Cuando terminó la ceremonia, caminamos hasta el lago.
—Tengo una oferta de trabajo en Europa —dijo de repente.
Me detuve.
—¿Qué?
—Me propusieron dirigir la oficina de Copenhague.
—Es una gran oportunidad.
—Sí.
—Deberías aceptarla.
Oliver sonrió con tristeza.
—Eres terrible fingiendo indiferencia.
—No estoy fingiendo.
—Entonces mírame y repite que no te importaría que me fuera.
Lo miré.
Abrí la boca.
No pude decirlo.
Él dio un paso más cerca.
—No voy a pedirte que me elijas.
Mi pecho se tensó.
—Bien.
—Tampoco voy a renunciar a mi vida esperando que algún día estés preparada.
—Eso también está bien.
—Pero necesito saber si existe algo entre nosotros que valga la pena explorar.

El viento movió un mechón de mi cabello.
Oliver levantó la mano, pero se detuvo antes de tocarme.
Esperó.
Aquel pequeño gesto me conmovió más que cualquier promesa.
Asentí.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí existe algo.
Sonrió.
—Eso es lo más romántico que me has dicho en tres años.
—No arruines el momento.
—Haré lo posible.
No hubo declaraciones grandiosas.
No hubo anillos.
No hubo juramentos sobre otras vidas.
Solo su mano extendida entre nosotros.
La miré.
Después coloqué la mía sobre ella.
Y esta vez, cuando elegí a alguien, no lo hice por miedo a estar sola.
Lo hice porque sabía que también podía soltarlo si alguna vez dejaba de respetarme.
Meses después, Clara me envió un último mensaje.
“Ethan firmó el divorcio.”
No respondí.
Llegó otro.
“Dice que nunca volverá conmigo.”
Después:
“Espero que estés feliz.”
Observé aquellas palabras largo rato.
Finalmente escribí:
“Mi felicidad nunca dependió de que tú fueras infeliz.”
Clara tardó varios minutos en contestar.
“Entonces, ¿por qué ganaste tú?”
Miré a Oliver al otro lado de la habitación, inclinado sobre unos planos, discutiendo consigo mismo porque había perdido nuevamente su lápiz.
Sonreí.
“No gané a Ethan.”
Escribí una segunda frase.
“Me recuperé a mí.”
Envié el mensaje.
Luego apagué el teléfono.
Afuera, el Árbol Solitario seguía en medio del lago.
Pero ya no me parecía cruel.
Había sobrevivido a las tormentas.
A los inviernos.
A todas las personas que lo miraban creyendo saber lo que significaba estar solo.
Seguía allí.
Firme.
Hermoso.
Con raíces profundas que nadie podía ver.
Como yo.