A la mañana siguiente me desperté antes que Diego.
No preparé café.
No dejé desayuno.
No besé a mi esposo antes de salir, como había hecho durante seis años.
Solo tomé la carpeta verde y me fui.
A las ocho en punto estaba sentada frente a mi abogado, Héctor Ibarra.
Leyó cada documento sin interrumpirme.
Cuando terminó, apoyó lentamente los lentes sobre el escritorio.
—Necesito hacerte una pregunta.
Asentí.
—¿Recuerdas haber firmado conscientemente una hipoteca para comprar una casa en Interlomas?
—No.
—¿Te explicaron que serías la deudora principal?
—Nunca.
Héctor permaneció unos segundos en silencio.
—Entonces tenemos varios problemas.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Para mí?
Negó con la cabeza.
—Para ellos.
Señaló el contrato.
—Legalmente apareces como propietaria de la casa.
Parpadeé.
—¿Qué?
—La escritura también está a tu nombre.
Volvió a revisar las hojas.
—Tu cuñado Antonio no figura como propietario.
Fruncí el ceño.
—Pero mi suegra dijo que era la casa de Toño.
—Podrán vivir ahí.
Podrán haberla elegido.
Pero jurídicamente, la titular eres tú.
Me quedé completamente inmóvil.
Héctor continuó.
—Eso no significa que todo esté bien.
Si realmente firmaste creyendo que eran documentos distintos, hay aspectos muy graves que investigar.
Pero, mientras tanto, la propiedad sigue registrada a tu nombre.
Respiré profundamente.
—Quiero verla.
Dos horas después llegué al residencial de Interlomas.
Era una casa enorme.
Fachada de piedra.
Jardín impecable.
Dos camionetas estacionadas.
Toño abrió la puerta sonriendo.
La sonrisa desapareció al verme.
—¿Qué haces aquí?
Entré sin pedir permiso.
La casa estaba completamente amueblada.
Televisor nuevo.
Comedor de ocho sillas.
Electrodomésticos de alta gama.
Todo pagado con un crédito del que yo ni siquiera sabía.
Doña Carmen apareció desde la cocina.
—¡Qué bueno que viniste!
Ni siquiera parecía avergonzada.
—Justo estábamos hablando de la mensualidad.
La miré fijamente.
—¿Sabe a nombre de quién está esta casa?
Ella respondió sin dudar.
—Claro.
De Toño.
Saqué la copia simple de la escritura.
La abrí sobre la mesa.
—Léala.
Su expresión cambió poco a poco.
Buscó el nombre de su hijo.
No lo encontró.
Solo aparecía uno.
Mariana Salgado.
Su voz comenzó a temblar.
—Esto…
No puede ser.
Toño tomó los papeles.
Los revisó una y otra vez.
—Mamá…
Ella dio un paso atrás.
—Diego dijo…
Lo interrumpí.
—Diego dijo muchas cosas.
Pero ninguna era verdad.
Esa misma tarde regresé al departamento.
Diego llevaba horas esperándome.
Apenas entré comenzó a hablar.
—Mariana, ya hablé con mi mamá.
Podemos arreglar esto.
Levanté la carpeta.
—¿Arreglar qué exactamente?
—Seguiremos pagando poco a poco.
Negué lentamente.
—No.
Su rostro palideció.
—¿Entonces qué vas a hacer?
Me senté frente a él.
—Voy a dejar de pagar una deuda que nunca acepté conscientemente.
Él abrió mucho los ojos.
—¡Nos van a embargar!
—No.
Lo miré con absoluta serenidad.
—A quien buscará primero el banco será a la propietaria.
Hice una pausa.
—Y esa soy yo.
Respiró con dificultad.
—Por favor…
No denuncies.
Mi mamá no soportaría un escándalo.
Sonreí por primera vez.
Una sonrisa pequeña.
Fría.
—Qué curioso.
Cuando pusieron una deuda de siete millones a mi nombre…
Nadie se preocupó por lo que yo soportaría.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era Héctor.
Contesté en altavoz.
—Mariana, acabo de recibir la respuesta del Registro Público.
Hay algo que debes saber.
Miré a Diego.
—¿Qué pasa?
La voz del abogado sonó más seria que nunca.
—La escritura no es el único documento con una firma cuestionable.

También localizaron un poder especial utilizado durante la operación…
Y, según los primeros registros, ese poder fue presentado seis días antes de la fecha en la que tú supuestamente lo firmaste.
El silencio llenó la habitación.
Diego dejó de respirar por un instante.
Porque comprendió lo mismo que yo.
Aquello ya no parecía solo una traición familiar.
Empezaba a parecer un posible fraude mucho más grande de lo que cualquiera había imaginado.