PARTE 2: LA DUEÑA

A las nueve y cuarenta y cinco, Julián Vance levantó su copa de champán.

Victoria estaba sentada a su lado, luciendo un collar de diamantes que reconocí inmediatamente.

Lo había comprado con dinero de una cuenta empresarial que mis auditores llevaban meses investigando.

—Esta noche cambiará nuestras vidas —le susurró Julián.

Victoria sonrió.

—Cuando Sterling apruebe la inversión, podremos dejar de fingir.

—Primero tengo que divorciarme de Clara.

—¿Y si se niega?

Julián soltó una carcajada.

—Clara no tiene dinero, contactos ni abogados. Hará lo que yo diga.

No sabía que estaba escuchando cada palabra.

Desde la limusina, observaba la transmisión de seguridad autorizada del salón mientras mi asistente terminaba de ajustar mi vestido esmeralda.

Mi director jurídico, Nathan Brooks, me entregó una carpeta.

—Señora Sterling, todo está preparado.

—¿Y los documentos?

—Verificados. También tenemos las autorizaciones bancarias originales.

Respiré profundamente.

—Entonces vamos a entrar.

A las diez en punto, las luces del salón disminuyeron.

El presentador subió al escenario.

—Damas y caballeros, esta noche tenemos el honor de recibir a la presidenta y propietaria de Sterling Investment Group.

Los aplausos comenzaron inmediatamente.

Julián se enderezó.

Victoria se acomodó el cabello.

Ambos miraban ansiosamente hacia la entrada.

Entonces se abrieron las puertas.

Y aparecí yo.

Llevaba un vestido verde oscuro, pendientes de esmeraldas y el cabello recogido.

A mi lado caminaba Nathan.

Detrás de nosotros venían tres miembros del consejo de administración.

El silencio se extendió por el salón.

Vi cómo Julián dejaba lentamente su copa sobre la mesa.

Victoria abrió la boca.

Mi suegra, Beatriz, se llevó una mano al pecho.

Y mi cuñada murmuró:

—Eso no puede ser Clara.

Caminé directamente hacia el escenario.

El presentador sonrió.

—Recibamos a la señora Clara Sterling, fundadora de Sterling Investment Group.

Los aplausos estallaron.

Julián no se movió.

Parecía incapaz de comprender lo que estaba viendo.

Tomé el micrófono.

—Buenas noches. Durante años he preferido mantener mi vida privada lejos de los negocios.

Miré hacia la mesa principal.

—Pero esta noche he decidido presentarme personalmente.

La sonrisa de Victoria había desaparecido.

—Sterling Investment Group administra inversiones en más de veinte países —continué—. Y creemos que el éxito empresarial debe construirse sobre tres principios: transparencia, responsabilidad y confianza.

Hice una pausa.

—Lamentablemente, no todas las empresas que solicitan nuestra financiación cumplen esos requisitos.

Julián comenzó a ponerse nervioso.

Lo vi inclinarse hacia Victoria.

—¿Qué demonios está pasando?

Ella no respondió.

Cuando bajé del escenario, Julián se abrió paso entre los invitados.

—¡Clara!

Me detuve.

—Buenas noches, Julián.

Su mirada recorrió mi vestido, mis joyas y los hombres que me acompañaban.

—¿Qué significa todo esto?

—Exactamente lo que acabas de escuchar.

—¿Tú eres Sterling?

—Sí.

Sacudió la cabeza.

—Imposible. Mi esposa no sabe nada de inversiones.

Nathan dio un paso adelante.

—Señor Vance, la señora Sterling fundó el grupo antes de contraer matrimonio con usted.

Julián palideció.

—Pero… vivías encima de una imprenta.

Sonreí ligeramente.

—Era la imprenta de mi abuelo. Allí comenzó nuestra primera empresa familiar.

Victoria intervino.

—Clara, no tienes por qué humillarlo públicamente.

La miré.

—Curioso. Hace unas horas no parecía preocuparte mi humillación.

Mi suegra apareció apresuradamente.

—Clara, querida, esto debe ser un malentendido.

Recordé todas las veces que me había llamado una carga.

—No, Beatriz. Por primera vez en ocho años, todo está perfectamente claro.

Julián intentó tomarme de la mano.

La retiré.

—Clara, escúchame. Podemos hablar en casa.

—No tenemos nada que hablar sobre nuestro matrimonio.

Su rostro se endureció.

—Soy tu esposo.

—Y mañana recibirás la demanda de divorcio.

Nathan colocó una carpeta sobre la mesa.

—Señor Vance, también debemos comunicarle que Sterling suspenderá cualquier nueva financiación a Vance Enterprises mientras se investigan determinadas operaciones.

Julián se quedó inmóvil.

—¡No pueden hacer eso! ¡Mi empresa depende de ese dinero!

—Precisamente por eso —respondí— deberías haber administrado mejor sus recursos.

Victoria comenzó a retroceder.

Nathan abrió la carpeta.

—Hemos identificado transferencias por diecisiete millones de dólares a una sociedad vinculada con la señorita Victoria Cole.

El rostro de Julián perdió todo el color.

—Eso es información confidencial.

—Y será examinada por las autoridades competentes —respondió Nathan.

Victoria levantó la voz.

—¡Yo solo seguía instrucciones!

Julián se volvió hacia ella.

—¡Cállate!

Sonreí con tristeza.

Ocho años había esperado que mi marido me defendiera con semejante energía.

Ahora solo intentaba proteger sus secretos.

—No voy a discutir esto en una boda de sociedad —dije—. Mis abogados se encargarán.

Me alejé.

Pero Julián me siguió.

—¡Clara, espera!

Me sujetó del brazo.

—¡No puedes destruir todo lo que construimos!

Lo miré directamente.

—Julián, hace tres horas me dijiste que no estaba a tu altura.

Su mano comenzó a temblar.

—Estaba enfadado.

—No. Estabas siendo sincero.

Me liberé suavemente.

—Y yo también voy a serlo: no volveré a casa contigo.

A medianoche, llegué a mi residencia privada.

Nathan me esperaba en el despacho con una expresión preocupada.

—Señora Sterling, encontramos algo durante la última revisión.

Dejó una fotografía sobre la mesa.

Mostraba a Julián entrando en un edificio médico junto a Victoria.

—¿Qué significa esto?

—Es una clínica especializada en reproducción asistida.

Fruncí el ceño.

—¿Y?

Nathan respiró profundamente.

—Victoria está embarazada.

Sentí un dolor inesperado.

Durante ocho años, Julián me había dicho que no quería hijos.

Que debíamos concentrarnos en su carrera.

—¿De cuánto tiempo?

—Dieciséis semanas.

Cerré los ojos.

Pero Nathan todavía no había terminado.

—Hay algo más. Encontramos pagos realizados desde Vance Enterprises a un laboratorio privado.

Me mostró otro documento.

Reconocí inmediatamente mi nombre.

Clara Sterling.

—¿Por qué aparece mi nombre aquí?

Nathan vaciló.

—Hace seis meses, alguien presentó una autorización médica con su firma.

Me incorporé.

—Yo nunca firmé nada.

—Lo sabemos. La firma parece falsificada.

Pasé la página.

Había un consentimiento para utilizar material genético almacenado.

Sentí que el corazón se me detenía.

Cinco años atrás, antes de que Julián decidiera que no quería formar una familia, habíamos iniciado un tratamiento de fertilidad.

Después me aseguró que todas las muestras habían sido destruidas.

—Nathan… ¿qué hicieron?

Su rostro se volvió sombrío.

—Todavía estamos verificando los registros. Pero encontramos indicios de que se utilizaron embriones sin su autorización.

Me llevé una mano a la boca.

—¿En Victoria?

Nathan asintió lentamente.

—Eso es lo que sugieren los documentos.

El mundo comenzó a girar.

La amante de mi marido estaba embarazada.

Y existía la posibilidad de que aquel bebé fuera biológicamente mío.

Entonces sonó mi teléfono.

Era Julián.

Contesté.

—Clara, necesitamos hablar.

Su voz temblaba.

—¿Sobre Victoria? —pregunté.

Hubo un silencio absoluto.

—¿Qué sabes?

Miré los documentos.

—Sé que falsificaste mi firma.

Escuché cómo se le cortaba la respiración.

—Clara, puedo explicarlo.

—Entonces empieza por decirme qué hiciste con nuestros embriones.

Julián guardó silencio durante varios segundos.

Finalmente susurró:

—Victoria no podía quedarse embarazada.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Y decidiste utilizar los míos?

—No fue así de sencillo…

—¡RESPÓNDEME!

Su voz se quebró.

—Sí.

Me quedé inmóvil.

Pero entonces añadió algo que me heló la sangre.

—Clara, hay una razón por la que nunca quise que investigaras aquella clínica.

—¿Qué razón?

Julián comenzó a llorar.

—Porque Victoria no es la primera mujer que ha llevado uno de tus embriones.

Apreté el teléfono.

—¿Qué acabas de decir?

Su respuesta fue apenas un susurro.

—Clara… tienes una hija de cuatro años. Y yo sé dónde está.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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