PARTE 2: LA DOBLE VIDA DE DANIEL

Las puertas del ascensor se cerraron lentamente.

Isabel permaneció inmóvil mientras el reflejo de Vanessa desaparecía en el acero pulido.

No necesitaba una prueba de ADN para reconocer aquellos ojos.

Los había visto cientos de veces en las fotografías infantiles de Daniel que su suegra guardaba con orgullo en el salón.

El mismo gesto.

La misma forma de sonreír.

La misma manera de inclinar la cabeza cuando hacía una pregunta.

Sintió un vacío en el estómago.

Pero no lloró.

Cuando llegó al piso quince, respiró hondo y caminó directamente hacia su apartamento.

Daniel seguía encerrado en el estudio.

Ni siquiera salió cuando escuchó abrirse la puerta.

Isabel entró en el dormitorio, cerró con llave y conectó su teléfono al portátil.

Durante casi dos horas revisó una por una las grabaciones de las cámaras del edificio.

No tardó en descubrir un patrón.

Los miércoles y viernes Daniel pasaba exactamente dos horas en el apartamento 1402.

Los domingos permanecía allí casi toda la tarde.

Y había algo todavía más extraño.

Nunca llevaba bolsas.

Nunca llevaba regalos.

Pero siempre bajaba con una mochila negra.

Y siempre regresaba sin ella.

Isabel anotó cada fecha.

Cada horario.

Cada detalle.

A las seis de la tarde sonó el timbre.

Era Rosa.

Traía una pequeña caja de cartón entre las manos.

Tenía los ojos hinchados.

—Perdón por venir sin avisar.

Isabel la dejó entrar.

—¿Qué ocurre?

Rosa colocó la caja sobre la mesa.

—Mientras recogía mis cosas encontré esto en la despensa.

Dentro había una libreta.

Varias facturas.

Y un teléfono móvil antiguo.

—¿De quién es?

Rosa bajó la cabeza.

—Del señor Daniel.

—¿Por qué estaba escondido?

—Porque él me pidió que nunca lo tocara.

Isabel encendió el aparato.

No tenía contraseña.

Solo una aplicación de notas.

La primera llevaba por título:

“Gastos Vanessa.”

Abrió el archivo.

Cada mes aparecía una lista.

Renta.

Colegio infantil.

Seguro médico.

Comida.

Ropa.

Juguetes.

Todo pagado por Daniel.

Con dinero que jamás había salido de la cuenta familiar.

Isabel siguió revisando.

Había fotografías.

Daniel celebrando el primer cumpleaños del niño.

Daniel montando una bicicleta pequeña junto a él.

Daniel dormido en un sofá mientras el niño descansaba sobre su pecho.

En ninguna fotografía aparecía Vanessa.

Parecía una familia completa.

Solo que la esposa no era Isabel.

Rosa comenzó a llorar.

—Quise decírselo muchas veces.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque el señor Daniel decía que todo era temporal… que algún día arreglaría las cosas.

Isabel soltó una risa amarga.

—Sí.

Miró otra fotografía.

—Las arregló bastante bien durante tres años.

En ese momento el teléfono de Daniel vibró sobre la mesa del comedor.

Se había olvidado de él al entrar al estudio.

La pantalla se iluminó.

Vanessa ❤️

Isabel leyó el mensaje sin tocar el dispositivo.

“Leo tiene fiebre. Pregunta por ti. ¿Puedes bajar cuando Isabel duerma?”

Segundos después apareció otro.

“Te extraña mucho, papá.”

Papá.

No “Daniel”.

No “cariño”.

Papá.

Antes de que Isabel pudiera reaccionar, la puerta del estudio se abrió.

Daniel salió estirándose los puños de la camisa.

Al ver el teléfono, corrió hacia la mesa.

Pero ya era demasiado tarde.

Isabel levantó lentamente la vista.

—Ahora entiendo por qué conocías tan bien sus horarios.

Daniel quedó inmóvil.

Miró el mensaje.

Luego a Rosa.

Después a Isabel.

Su rostro perdió completamente el color.

—Déjame explicarte…

—No.

Ella levantó el teléfono antiguo.

—Primero explícame esto.

Le mostró la fotografía donde aparecía abrazando al niño.

Daniel cerró los ojos.

Por unos segundos nadie habló.

Finalmente dejó caer los hombros.

—Pensaba decírtelo algún día.

Isabel sonrió con una calma que lo asustó más que cualquier grito.

—No.

Hizo una pausa.

—Pensabas seguir mintiendo mientras nadie descubriera la verdad.

Daniel dio un paso adelante.

—No amo a Vanessa.

—Entonces, ¿por qué mantuviste otra familia durante tres años?

No respondió.

El silencio volvió a condenarlo.

En ese instante sonó el timbre.

Los tres giraron hacia la puerta.

Isabel abrió.

Era el administrador del edificio.

Traía un sobre certificado.

—Señora Monroe…

Ella firmó el recibo.

—¿Qué es?

—Un documento que llegó esta tarde para usted.

Isabel abrió el sobre delante de todos.

Dentro había un informe del Registro Civil.

Solo necesitó leer la primera línea para comprender por qué alguien se lo había enviado de forma anónima.

Levantó lentamente la vista hacia Daniel.

—Así que ni siquiera eso era verdad…

Él tragó saliva.

—¿Qué dice?

Isabel dejó el documento sobre la mesa.

En la primera página podía leerse claramente:

“Acta de nacimiento de Leo Carter.”

Y en el apartado reservado para el padre, no figuraba el nombre de Daniel Monroe.

Figuraba el de otro hombre.

Uno que Isabel conocía muy bien.

Su propio cuñado.

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