PARTE 2: LA DOBLE VIDA

A las ocho y diecisiete de la mañana, alguien comenzó a golpear mi puerta.

—¡Emily! ¡Abre inmediatamente!

Era Adrian.

Nunca lo había escuchado tan furioso.

Me levanté lentamente del sofá. Todavía sentía molestias después de la cirugía, pero por primera vez en cinco años no tenía miedo de perderlo.

Miré por la mirilla.

Adrian estaba allí, despeinado, con los ojos enrojecidos.

Detrás de él había una mujer rubia.

Sophie Bennett.

La mujer con la que mi prometido había pasado todas sus noches.

Abrí la puerta sin quitar la cadena de seguridad.

—¿Qué quieres?

Adrian levantó su teléfono.

—¿Cancelaste nuestra boda?

—Sí.

—¡Perderemos casi treinta mil dólares en depósitos!

Lo miré fijamente.

—Buenos días para ti también.

Sophie dio un paso adelante.

—Emily, creo que deberíamos hablar como personas adultas.

Solté una pequeña carcajada.

—¿Las personas adultas suelen dormir con los prometidos de otras mujeres?

Su rostro perdió el color.

Adrian apretó la mandíbula.

—No sabes de qué estás hablando.

—Lakeview Gardens. Edificio tres. Apartamento 804.

El silencio fue inmediato.

Sophie miró a Adrian.

Él dejó de respirar por un instante.

—¿Cómo sabes esa dirección?

—Tu reloj inteligente es bastante comunicativo.

Adrian cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.

—Emily, puedo explicarlo.

—Perfecto. Empieza por explicarme por qué me dejaste desangrándome en el suelo mientras dormías con ella.

Sophie se llevó una mano a la boca.

—¿Qué?

Adrian giró bruscamente.

—No le hagas caso. Emily siempre exagera.

Aquellas palabras terminaron de destruir cualquier afecto que todavía pudiera sentir por él.

—Vete, Adrian.

Intentó empujar la puerta.

La cadena resistió.

—¡No puedes terminar cinco años de relación por un malentendido!

Saqué mi teléfono.

—Si vuelves a tocar mi puerta, llamaré a la policía.

Retrocedió.

Pero antes de marcharse, Sophie pronunció algo extraño.

—Adrian, dijiste que ella ya sabía lo de nosotros.

Lo miré.

Él estaba completamente pálido.

Dos horas después, recibí una llamada.

Era la señora Wilson.

—Emily, cariño, hay un hombre preguntando por ti en la recepción.

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

—Dice que se llama Thomas Bennett.

El apellido me hizo incorporarme.

Bennett.

Como Sophie.

—¿Qué quiere?

Mi vecina bajó la voz.

—Dice que necesita hablar contigo antes de que Adrian regrese.

Diez minutos después, Thomas Bennett estaba sentado frente a mí.

Tenía unos cincuenta años, un traje gris y una carpeta de documentos.

—Soy el hermano mayor de Sophie —explicó.

Lo observé con desconfianza.

—Si viene a defenderla, está perdiendo el tiempo.

Negó lentamente.

—No vine por Sophie. Vine porque creo que Adrian está utilizando a las dos.

Colocó una fotografía sobre la mesa.

Mostraba a Adrian y Sophie frente a un edificio gubernamental.

La fecha estaba impresa en una esquina.

14 de junio de 2021.

Cinco años atrás.

—¿Qué significa esto?

Thomas respiró profundamente.

—Ese día se casaron.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Casaron?

—Legalmente. En Illinois.

Miré nuevamente la fotografía.

Adrian llevaba el mismo traje azul que había utilizado en nuestra primera cita.

Recordaba perfectamente aquel día.

Me había dicho que debía viajar por trabajo.

—Eso es imposible —susurré.

Thomas abrió la carpeta.

Había una copia certificada del acta matrimonial.

ADRIAN MILLER.

SOPHIE BENNETT.

Fecha del matrimonio: 14 de junio de 2021.

Me quedé inmóvil.

Durante cinco años había sido la prometida de un hombre casado.

Pero Thomas todavía no había terminado.

—Emily, hay algo que debes entender. Sophie cree que Adrian está divorciado de ti.

Levanté la cabeza.

—¿Divorciado?

—Él le dijo que tú eras su exesposa. Que sufrías problemas emocionales y que continuabas persiguiéndolo.

Sentí náuseas.

—Nunca estuvimos casados.

Thomas asintió.

—Eso fue lo que descubrí ayer.

Cuando Thomas se marchó, llamé a mi abogada, Rebecca Collins.

Había contratado sus servicios una semana antes para revisar ciertos documentos relacionados con mi recuperación.

—Rebecca, necesito que investigues a Adrian Miller.

—Emily, precisamente iba a llamarte.

Su tono me inquietó.

—¿Qué sucede?

—¿Recuerdas la autorización que firmaste cuando ingresaste al hospital?

Fruncí el ceño.

—Firmé varios documentos antes de la cirugía.

—Uno de ellos no era un consentimiento médico.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué era?

Rebecca guardó silencio unos segundos.

—Una autorización para acceder a determinada información de tu seguro de vida.

Me quedé helada.

—¿Mi seguro de vida?

—Sí. La póliza que contrataste cuando compraste tu apartamento.

Recordé entonces que Adrian había insistido en ayudarme con los trámites.

Decía que era importante proteger nuestro futuro.

—¿Qué descubrieron?

—Alguien presentó una solicitud para modificar el beneficiario.

—¿A nombre de quién?

—Adrian Miller.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—Pero yo nunca autoricé ese cambio.

—Lo sé. La firma no coincide con las muestras que nos proporcionaste.

Me apoyé contra la pared.

—Rebecca, ¿cuánto vale esa póliza?

—Un millón ochocientos mil dólares.

Cerré los ojos.

De pronto recordé algo.

Tres semanas antes de mi emergencia, Adrian había insistido en que comenzara a tomar unas vitaminas que supuestamente había recomendado un amigo médico.

Me las llevaba personalmente.

Y se molestaba cuando olvidaba tomarlas.

—Rebecca…

—¿Sí?

—Creo que necesitamos hablar de algo más.

Aquella tarde regresé al hospital.

El doctor Harrison, el cirujano que me había atendido, revisó mi expediente.

—Emily, todavía estamos investigando la causa exacta de la hemorragia.

Me incliné hacia él.

—¿Podría haber sido provocada por alguna sustancia?

Su expresión cambió.

—Depende de la sustancia y de otros factores. ¿Por qué lo pregunta?

Saqué de mi bolso el frasco de vitaminas.

—Mi prometido me daba estas cápsulas.

El médico examinó la etiqueta.

—¿Tiene alguna razón para sospechar de ellas?

—Acabo de descubrir que me ha mentido durante cinco años.

El doctor guardó el frasco en una bolsa de evidencia clínica.

—Podemos solicitar un análisis. Pero no debemos sacar conclusiones antes de tener resultados.

Asentí.

No quería imaginar cosas.

Quería pruebas.

A las siete de la tarde, Rebecca me llamó nuevamente.

—Emily, encontramos algo.

Me senté.

—Dime.

—Adrian tiene importantes deudas personales. Más de seiscientos mil dólares.

No respondí.

—Además, hemos localizado mensajes relacionados con la solicitud de cambio de beneficiario. Estamos verificando su autenticidad.

—¿Qué dicen?

Rebecca respiró profundamente.

—Uno menciona que necesitaba resolver sus problemas financieros antes de la boda.

Sentí un frío terrible.

—¿Y el otro?

—Habla de una emergencia médica que podría acelerar el pago de la póliza.

Me quedé sin aliento.

—¿Quién envió esos mensajes?

—Todavía estamos comprobando los números.

Entonces alguien llamó a mi puerta.

Tres golpes suaves.

Me acerqué sin hacer ruido.

Miré por la mirilla.

Era Sophie.

Estaba sola.

Llorando.

Abrí con la cadena puesta.

—¿Qué quieres ahora?

Ella levantó una pequeña caja de cartón.

—Emily, encontré esto escondido en el despacho de Adrian.

Dentro había fotografías mías.

Copias de mis documentos.

Informes médicos.

Y un calendario.

Varias fechas estaban marcadas con tinta roja.

La última correspondía a la noche en que casi morí.

Sophie comenzó a temblar.

—Pensé que estaba planeando una sorpresa para ti.

Miré el calendario.

Junto a la fecha de mi hospitalización aparecían dos palabras.

«PAGO PENDIENTE».

Sentí que se me helaba la sangre.

—Sophie, ¿por qué me estás mostrando esto?

Ella comenzó a llorar con más fuerza.

—Porque Adrian acaba de descubrir que falta la caja.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

«Emily, no confíes en Sophie. Ella fue quien preparó las cápsulas».

Levanté lentamente la mirada.

Sophie seguía llorando.

Pero ahora tenía los ojos fijos en mi teléfono.

—¿Quién te escribió? —preguntó.

No respondí.

Entonces vi algo que antes no había notado.

En su muñeca llevaba una pulsera de hospital.

Y debajo de su manga sobresalía una fotografía pequeña.

Una ecografía.

—Sophie… —susurré—. ¿Estás embarazada?

Su rostro se descompuso.

—Emily, hay algo que Adrian nunca te contó.

—¿Qué?

Me miró con una mezcla de miedo y desesperación.

—El bebé que estoy esperando no es de Adrian. Y él lo sabe.

Retrocedí.

Sophie apretó la caja contra su pecho.

—Por eso necesitaba el dinero de tu seguro. Porque el verdadero padre de mi hijo está amenazando con revelar lo que hicimos aquella noche.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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