Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que pensé que Iván podría escucharlo a través de la cámara.
En la pantalla del teléfono vi cómo colocaba la carpeta sobre la cama.
Mi madre intentó apartarse.
No podía.
Él le sujetó la muñeca con una fuerza brutal.
—Solo una huella.
Después todo termina.
Ella negó desesperadamente.
Las pinzas aparecieron en su mano derecha.
No eran herramientas médicas.
Eran unas pinzas para sujetar los dedos.
Iván las colocó sobre el pulgar de mi madre para inmovilizarlo.
Luego abrió el cojín de tinta.
—No me obligues a hacerte más daño.
Mi madre comenzó a llorar.
Con la única mano que todavía podía mover intentó empujarlo.
Él reaccionó dándole un fuerte golpe contra el colchón.
Comprendí inmediatamente cómo habían aparecido aquellos moretones.
Salí del automóvil.
Mientras corría hacia el ascensor marqué el número de emergencias.
—Necesito una patrulla.
Mi esposo está agrediendo a una persona discapacitada.
El operador comenzó a hacer preguntas.
Yo seguía corriendo.
Cuando llegué al piso escuché la voz de Iván detrás de la puerta.
—Tu hija nunca descubrirá nada.
Solo necesito esta firma.
Abrí con mi llave.
Entré sin hacer ruido.
Iván estaba completamente concentrado en la mano de mi madre.
No me vio.
Solo cuando levantó el documento para comprobar la huella giró lentamente la cabeza.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Sofía?
No respondí.
Tomé la carpeta.
Él intentó arrebatármela.
Di dos pasos atrás.
Entonces vi el documento completo.
No era una simple cesión del terreno.
Era un contrato de garantía hipotecaria.
Beneficiario.
Banco del Occidente.
Monto adeudado.
Tres millones ochocientos mil pesos.
Levanté lentamente la vista.
—¿Qué es esto?
Iván tragó saliva.
—Puedo explicarlo.
Pasé la siguiente página.
Mi madre aparecía como garante solidaria.
La huella aún estaba incompleta.
Solo faltaba una impresión válida para terminar el trámite.
—¿Intentabas hipotecar el terreno de mi madre?
Él negó con rapidez.
—Era la única forma de salvarnos.
—¿Salvarnos de qué?
No respondió.
En ese instante sonó el timbre.
Los policías acababan de llegar.
Iván corrió hacia la puerta.
—Oficiales.
Mi esposa está alterada.
No le hicieron caso.
Uno de ellos observó inmediatamente las pinzas, la tinta y los documentos sobre la cama.
Otro se acercó a mi madre.
Ella comenzó a llorar otra vez.
Con enormes esfuerzos levantó la mano sana.
Señaló directamente a Iván.
Los agentes intercambiaron una mirada.
—Señor.
Necesitamos que nos acompañe.
Mientras lo esposaban, yo seguía revisando la carpeta.
Había algo que no cuadraba.
El préstamo era reciente.
Pero la deuda llevaba más de dos años acumulándose.
Miré la última hoja.
Allí aparecía el destino del dinero.
Transferencias mensuales.
Vehículos de lujo.
Viajes.
Y una empresa desconocida.
Propietario.
Carlos Méndez.
Nunca había escuchado ese nombre.
Pensé que todo había terminado.
Hasta que uno de los policías encontró otro sobre escondido dentro de la carpeta.
—Señora…
Creo que debería ver esto.
Era una póliza de seguro de vida.
La asegurada era mi madre.
El beneficiario.

Iván Torres.
Indemnización por fallecimiento.
Cinco millones de pesos.
Y la fecha de contratación coincidía exactamente con el día en que él insistió en que Rosa María se mudara a vivir con nosotros.