Tomás cerró el seguro de la puerta con un movimiento lento.
Dejó las llaves sobre la mesa.
El sonido metálico hizo que Mariana sintiera un escalofrío.
—Ahora sí —repitió él—. ¿Qué le contaste a tu tío?
Ella permaneció inmóvil.
—Nada.
Tomás sonrió.
Era la sonrisa que siempre aparecía antes de la violencia.
—¿Crees que soy estúpido?
Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de su rostro.
—Ese viejo me estaba interrogando.
—Solo hacía conversación.
—¡Mientes!
La empujó contra el refrigerador.
El golpe le hizo perder el aire.
—Escúchame bien —susurró junto a su oído—. Si tu familia se mete en nuestro matrimonio, el único que va a sufrir será ellos… y tú.
Le soltó el brazo de golpe.
—Mañana llamarás a tu madre.
Le dirás que exageró todo.
Que esos moretones fueron por una caída.
¿Entendido?
Mariana asintió.
No porque pensara obedecer.
Sino porque ya conocía el precio de responder.
A las ocho de la mañana siguiente, Tomás salió del departamento con la misma imagen impecable de siempre.
Traje azul.
Zapatos italianos.
Reloj de lujo.
Besó a Mariana en la frente delante del portero.
—Te amo.
Cuando el ascensor se cerró, ella apoyó la espalda contra la pared y dejó escapar el aire.
A las nueve y doce sonó su teléfono.
Era Julián.
—No respondas nada. Solo escucha.
La voz de su tío sonaba tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Está contigo?
—No.
—Bien. En una hora entenderás por qué te pedí paciencia.
La llamada terminó.
Mariana no entendía nada.
Exactamente a las diez y tres minutos, el celular volvió a sonar.
Esta vez era Tomás.
Contestó de inmediato.
Al otro lado solo se escuchaba respiración agitada.
—¿Qué hiciste?
—¿De qué hablas?
—¡¿Qué demonios le dijiste a tu tío?!
Ella frunció el ceño.
—Nada.
—¡Acaban de congelar todas mis líneas de crédito!
Mariana permaneció en silencio.
—Hay un pagaré por ochocientos mil dólares que vence hoy.
Dicen que un inversionista exige el pago inmediato.
Eso era imposible.
Tomás siempre decía que ganaba millones.
Que su empresa crecía cada año.
Que el dinero nunca sería un problema.
Entonces…
¿por qué estaba desesperado por una sola deuda?
Él siguió gritando.
—¡Llama a Julián!
—No tengo su número.
—¡No juegues conmigo!
La llamada terminó.
Mientras tanto, Julián entraba caminando al edificio corporativo donde supuestamente trabajaba Tomás.
No llegó solo.
Lo acompañaban dos auditores.
Un abogado mercantil.
Y un representante del fondo de inversión que aparecía como acreedor del pagaré.
La recepcionista sonrió.
—¿Tiene cita?
Julián mostró una carpeta.
—Solo necesito hablar con el señor Tomás Varela.
Cinco minutos después, Tomás apareció intentando conservar la calma.
—Señor Julián…
Qué sorpresa.
Julián dejó el documento sobre la mesa.
—Hace años invertí en varios proyectos logísticos.
Uno de ellos fue esta empresa.
Tomás tragó saliva.
—No entiendo…
—Sí entiendes.
Golpeó suavemente la carpeta.
—El préstamo de ochocientos mil dólares vence hoy.
No hubo respuesta.
Julián continuó.
—Anoche revisé tus cifras.
Los contratos que presumiste…
Los clientes que mencionaste…
Las rutas…
Nada coincide.
Entonces pedí una auditoría urgente.
El color desapareció del rostro de Tomás.
—Esto es un error administrativo.
Uno de los auditores habló por primera vez.
—No, señor.
El problema no es la deuda.
El problema es que la empresa prácticamente no existe.
El silencio cayó como una losa.
Julián abrió otra carpeta.
—Facturas falsas.
Empresas fantasma.
Ingresos inflados.
Préstamos obtenidos con estados financieros alterados.
Miró fijamente a Tomás.
—Y varias transferencias hechas desde cuentas que pertenecían legalmente a Mariana.
Tomás dio un paso hacia atrás.
—Eso…
Eso no puede demostrarse.
En ese momento entraron dos agentes de la Fiscalía Especializada en Delitos Financieros.
Uno de ellos mostró una orden judicial.
—Señor Tomás Varela.
Necesitamos que nos acompañe.
Mientras los empleados observaban atónitos desde sus oficinas de cristal, Tomás giró desesperado hacia Julián.
—¡Esto es por los golpes!
—No.
Respondió Julián con una serenidad que helaba la sangre.
—Eso hará que pases más tiempo en prisión.
Pero hoy estás aquí por algo mucho peor.

Se inclinó apenas unos centímetros.
—Llevas años estafando inversionistas usando a mi sobrina como pantalla financiera.
Y acabamos de descubrir que…
ni siquiera ella era la primera víctima.