Daniel Reed tardó veinte minutos en encontrar el primer problema.
—Ava, mira esta fecha.
La garantía había sido firmada tres semanas antes de que Lucas supuestamente contrajera aquella deuda de juego.
—Entonces ¿qué garantizaron?
Daniel pidió una revisión completa.
Dos días después tuvimos la respuesta.
Lucas debía dinero, sí.
Pero una parte importante del préstamo había terminado en una empresa creada meses atrás.
Los titulares eran Ethan y Mia.
Mi casa no iba a salvar únicamente al hermano de su amante.
Iba a financiar la nueva vida que Ethan planeaba construir después de divorciarse de mí.
Habían contado con que yo firmaría los últimos documentos por cansancio.
No lo hice.
La entidad financiera recibió mi denuncia formal por la firma cuestionada y suspendió cualquier operación sobre la propiedad mientras se investigaba la documentación.
Después llegaron las cámaras.
Mia aparecía entrando en mi despacho cuando yo no estaba y fotografiando documentos.
Ethan le había dado la llave.
Cuando los confrontaron, comenzaron a culparse.
Mia aseguró que Ethan había organizado todo.
Ethan dijo que ella le había prometido solucionar las deudas de Lucas.
Lucas, intentando protegerse, entregó mensajes de ambos.
En uno, Ethan había escrito:
“Cuando Ava firme el divorcio, ya no revisará nada.”
Ese fue su verdadero error.
Confundió divorciarme con rendirme.
La casa quedó fuera de aquella operación mientras el caso se resolvía, y mi abogado inició las acciones correspondientes por el uso de mis documentos.
Mia perdió rápidamente el interés romántico.
Un mes después supe que había dejado a Ethan.
Él me llamó aquella misma noche.
—Me utilizó.
Casi me reí.
—¿Y eso debería importarme?
—Perdí todo por ella.
—No.
Lo corregí.
—Perdiste tu matrimonio por tus propias decisiones. Mia solo estaba allí mientras las tomabas.
Hubo silencio.
Después preguntó:
—¿Nunca podremos empezar de nuevo?
Miré las llaves de mi casa sobre la mesa.
—Ya empecé de nuevo.
Colgué.
Meses después vendí aquella propiedad.
No porque Ethan hubiera conseguido quitármela.
Precisamente porque no lo había conseguido.
Compré un apartamento más pequeño, sin firmas falsificadas, sin secretos y sin recuerdos suyos en cada habitación.
El día de la mudanza encontré una fotografía antigua.
Mia estaba detrás de mí sonriendo mientras yo la ayudaba a preparar su primera entrevista de trabajo.
La rompí y la tiré.
Ella había llegado al Registro Civil fingiendo un embarazo porque creyó que un bebé inexistente despertaría mi compasión.
Pero yo llevaba algo mucho más difícil de falsificar.
Pruebas.
Y al final, el certificado más importante que recogí aquel día no fue el de divorcio.
Fue la certeza de que Ethan Morrison nunca volvería a firmar nada en mi nombre.