PARTE 2: LA DEUDA NUNCA DESAPARECIÓ

Jameson se rio.

—Ruby, esta casa está a mi nombre.

—No.

La sonrisa desapareció apenas.

Me acerqué a Brooke.

—Primero, quítate mi bata.

Ella soltó una carcajada.

—¿Perdón?

—La compró mi abuela para mí. Así que quítatela.

Brooke miró a Jameson esperando que la defendiera.

Él sonrió.

—Déjala, cariño.

Entonces levanté el teléfono.

—Segundo… antes de echarme, deberían haber revisado qué pagué realmente ayer.

Jameson frunció el ceño.

—Pagaste mi deuda.

—No exactamente.

Abrí el correo que había recibido aquella mañana.

—Compré la deuda.

El silencio cayó de golpe.

Su padre dejó de cerrar una caja.

—¿Qué significa eso? —preguntó Eliana.

—Que los ciento cincuenta mil dólares no fueron enviados para liberar a Jameson.

Deslicé un documento sobre la isla.

—Compré el pagaré completo a su acreedor.

Jameson leyó la primera página.

Su rostro cambió.

—Esto es imposible.

—Ahora yo soy la acreedora.

Su padre se acercó.

—¿Y qué importa? Sigue siendo una deuda pagada.

—No.

Saqué la segunda página.

—La deuda estaba garantizada con participaciones de la empresa de Jameson, su automóvil y varios bienes personales.

Jameson comenzó a palidecer.

—Ruby…

—Y había una cláusula de vencimiento inmediato si intentabas transferir activos o declarabas información falsa al acreedor.

Brooke dejó lentamente mi taza sobre el mostrador.

—Jameson, dijiste que ya estaba solucionado.

—Cállate.

Sonreí.

—Esa no es la mejor parte.

Saqué la escritura de la casa.

—Esta propiedad fue comprada por mi fideicomiso dos años antes de casarnos.

Eliana me arrebató los papeles.

—¡Pero Jameson paga la hipoteca!

—No existe hipoteca.

Silencio.

La casa estaba totalmente pagada.

Jameson se había pasado años diciéndole a su familia que era suya.

—Así que —continué— ustedes están guardando mis pertenencias en cajas dentro de mi casa mientras intentan echarme.

Jameson golpeó la isla.

—¡Somos marido y mujer! Tengo derechos.

—Por eso ya envié el divorcio a mi abogada.

Tomé los papeles que él había arrojado.

—Y gracias por traer tu propia petición. Nos ahorrará tiempo.

Brooke comenzó a quitarse la bata.

—Yo me voy.

—Todavía no.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—La bata.

Se la quitó furiosa y me la lanzó.

La sostuve entre mis manos.

Entonces mi teléfono vibró.

Era mi abogada.

Puse el altavoz.

—Ruby, acabamos de confirmar el origen de la deuda de Jameson.

Su expresión cambió inmediatamente.

—No es necesario hablar de eso —dijo.

Demasiado tarde.

—Los ciento cincuenta mil dólares no proceden de una mala inversión —continuó mi abogada—. Fueron transferidos durante dieciocho meses a una cuenta conjunta.

Miré a Brooke.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué cuenta?

Mi abogada respondió:

—Una registrada a nombre de Jameson… y Brooke Ellis.

Brooke abrió la boca.

—Yo no tengo ninguna cuenta con él.

Ahora fue Jameson quien evitó mirarla.

—Entonces ¿quién la abrió? —pregunté.

Hubo un silencio breve.

—Eso estamos investigando. Pero encontramos algo más.

Brooke empezó a gritar.

—¡Jameson, dijiste que el dinero era para nuestro nuevo apartamento!

Él intentó callarla.

—Brooke, basta.

—¡Me dijiste que Ruby había pagado todo y que hoy la sacaríamos!

Su madre dejó caer la cinta adhesiva.

Mi abogada habló otra vez:

—Ruby, la empresa que recibió la mayor parte de esos fondos fue creada hace seis meses.

—¿Propietario?

—El padre de Jameson.

Todos miramos al hombre junto a las cajas.

Su rostro perdió el color.

Jameson se giró lentamente.

—Papá…

Nadie respondió.

Y en ese instante comprendí que la amante, el divorcio y la humillación en mi cocina solo eran la superficie.

La deuda que Jameson creyó que yo había borrado no era un accidente financiero.

Era dinero que su propia familia llevaba meses moviendo a escondidas.

Y ahora que yo era la dueña de esa deuda…

también tenía derecho a revisar exactamente adónde había ido cada centavo.

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