Mateo no respondió de inmediato.
Solo escuché su respiración.
Lenta.
Controlada.
La misma respiración que hacía cuando estaba a punto de tomar una decisión de la que nadie podía hacerlo retroceder.
—¿Dónde estás? —preguntó al fin.
—En el sótano de la casa de Santiago.
—¿Renata?
Miré a mi hija.
Seguía abrazada a mí, con la frente vendada de forma improvisada y el vestido rosa completamente manchado de sangre.
—Está herida.
Del otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto.
Después escuché otra voz.
Era Gabriel, mi segundo hermano.
—¿Qué pasó?
Mateo no le explicó.
Solo dijo una frase.
—Reúne a todos.
La llamada terminó.
Guardé el teléfono.
Durante veinte minutos no ocurrió nada.
Solo el sonido de Renata respirando y el eco lejano de la música que aún seguía sonando en la fiesta.
A las nueve con once minutos, la puerta metálica volvió a abrirse.
Entró Valeria.
Traía una bandeja con un vaso de agua y un plato de comida.
Sonrió con esa falsa compasión que llevaba años perfeccionando.
—Santiago dice que si firmas una disculpa pública, todo terminará esta noche.
Levantó una hoja.
Ya estaba redactada.
“Reconozco haber destruido por celos un vestido perteneciente a la señorita Valeria Montemayor…”
No terminé de leer.
Rompí el papel en cuatro pedazos.
Valeria dejó de sonreír.
—Sigues sin entender.
—No.
La miré directamente.
—La que no entiende eres tú.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que esta es la última noche en la que alguien me obliga a pedir perdón por algo que no hice.
Valeria soltó una risa breve.
—¿Y quién va a impedirlo?
En ese instante toda la casa quedó en silencio.
La música se detuvo.
Después se escuchó el sonido de varios vehículos entrando al jardín principal.
Uno.
Dos.
Cinco.
Diez.
Valeria giró hacia la puerta.
—¿Qué pasa ahí arriba?
Uno de los escoltas bajó corriendo las escaleras.
Tenía el rostro completamente pálido.
—Señorita…
Respiraba con dificultad.
—Hay… hay una caravana completa afuera.
Valeria salió detrás de él.
Yo permanecí donde estaba.
Sabía perfectamente quién había llegado.
Un minuto después apareció Santiago.
Ya no tenía aquella expresión de superioridad.
Estaba confundido.
—¿A quién llamaste?
No respondí.
Él dio otro paso.
—¡Te estoy hablando!
Entonces escuchamos una voz proveniente del jardín.
Firme.
Potente.
Inconfundible.
—¡Santiago Arriaga!
Era Mateo.
—Abre la puerta.
Ahora.
Santiago soltó una carcajada.
—¿Y quién demonios se cree para darme órdenes?
Uno de sus asistentes entró corriendo al sótano con una tableta en la mano.
—Señor…
Le mostró la pantalla.
—Tiene que ver esto.
Santiago observó unos segundos.
Toda la sangre abandonó su rostro.
La transmisión en directo de los canales financieros mostraba el mismo titular.
“Grupo Mendoza anuncia la adquisición del 38% de las acciones de Grupo Arriaga y solicita una reunión extraordinaria del consejo.”
Santiago levantó lentamente la vista hacia mí.
Por primera vez desde que lo conocía…
Tuvo miedo.
—¿Qué hiciste?
Acomodé con cuidado a Renata entre mis brazos.
—Nada.
Sonreí con absoluta serenidad.
—Solo llamé a mi familia.
Él negó una y otra vez.
—Eso es imposible.
—No.
Respondí mientras me ponía de pie.
—Lo imposible era creer que podías golpear a una Mendoza… y que los Mendoza nunca aparecerían.
En ese momento la puerta principal de la residencia se abrió de golpe.
Pasos firmes descendieron por las escaleras del sótano.
No era solo Mateo.
Detrás de él venían Gabriel, Nicolás, Tomás y Alejandro.
Mis cinco hermanos.
Los cinco hombres más influyentes del grupo empresarial que Santiago llevaba años intentando superar.
Mateo fue el primero en verme.
Luego miró la sangre en el vestido de Renata.
Y finalmente las marcas de cinturón que comenzaban a aparecer sobre mi espalda.
Sus ojos se oscurecieron.
Nunca olvidaré la frase que pronunció después.
Porque no iba dirigida a mí.

Iba dirigida a Santiago.
—Escúchame bien.
Hoy todavía puedes perder una empresa.
Pero cuando termine esta noche… vas a descubrir que eso era lo menos valioso que tenías.