PARTE 2: LA DEMANDA QUE CAMBIÓ EL JUEGO

Sofía permaneció inmóvil detrás de la columna.

Las últimas palabras de Adrian seguían repitiéndose en su cabeza.

“Ella todavía nos sirve.”

No sintió ganas de llorar.

Sintió algo mucho más peligroso.

Lucidez.

Esperó a que ambos abandonaran la terminal.

Solo entonces salió caminando con la carpeta firmemente abrazada contra el pecho.


Una hora después estaba de nuevo en el despacho del abogado.

Él levantó la vista al verla regresar.

—¿Ocurrió algo?

Sofía dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Sí.

Respiró profundamente.

—Ya confirmé que el fraude continúa.

El abogado frunció el ceño.

—¿Fraude?

—Mi falso esposo acaba de besar a su esposa legal en el aeropuerto.

El hombre cerró lentamente los ojos.

—Entiendo.

Sofía se sentó frente a él.

—Quiero saber exactamente cuántos delitos cometieron.

El abogado abrió otra carpeta.

—A simple vista hay varios posibles frentes.

Fue pasando documentos uno por uno.

—Uso de documentación falsa.

—Posible fraude civil.

—Engaño patrimonial.

—Y dependiendo de cómo se manejaron sus bienes durante estos seis años, podrían aparecer más responsabilidades.

Sofía permanecía completamente serena.

—Empiece por congelar cualquier transferencia desde mis cuentas hacia las empresas de Adrian.

—Ya quedó ordenado.

—También quiero recuperar cada documento que firmé creyendo que era mi esposo.

El abogado asintió.

—Nuestro equipo empezará hoy mismo.


Mientras tanto, Adrian llegó a la mansión convencido de que todo seguía bajo control.

Entró silbando.

—¿Sofía?

Nadie respondió.

Sobre la isla de la cocina encontró una pequeña caja.

Dentro estaba la pulsera que acababa de comprar.

Y una nota escrita con una sola frase.

“Guárdala para tu verdadera esposa.”

Su sonrisa desapareció.

Marcó inmediatamente el teléfono de Sofía.

No contestó.

Volvió a llamar.

Nada.

Por primera vez en seis años sintió una inquietud difícil de explicar.


Al día siguiente, la junta de inversionistas comenzó como cualquier otra.

Adrian estaba presentando el plan para salvar su empresa cuando la secretaria abrió la puerta.

—Señor Blake…

Él levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

—Hay unos abogados que insisten en verlo.

Tres personas entraron con portafolios negros.

El director jurídico del grupo los observó con atención.

El más veterano dejó un sobre sobre la mesa.

—Venimos en representación de la señorita Sofía Whitmore.

Adrian sonrió con seguridad.

—Mi esposa.

El abogado lo corrigió sin alterar la voz.

—No.

Sacó una copia certificada del Registro Civil.

—Legalmente nunca lo fue.

La sala quedó completamente en silencio.

Los miembros del consejo comenzaron a intercambiar miradas.

Adrian sintió que el pulso se aceleraba.

—Eso es un error administrativo.

El abogado abrió otra carpeta.

—También tenemos copia del acta de matrimonio legal entre usted y la señora Clara Hayes, registrada tres días después de la ceremonia pública con mi clienta.

Nadie habló.

El director financiero miró incrédulo a Adrian.

—¿Es cierto?

Él permaneció completamente inmóvil.

El abogado continuó.

—A partir de este momento, cualquier negociación que pretendiera utilizar el patrimonio de la señorita Whitmore queda formalmente revocada.

Después deslizó otro documento.

—Y queda usted notificado de una demanda por fraude, falsificación documental y daños patrimoniales.

Las manos de Adrian comenzaron a temblar.

Pero el golpe definitivo aún no había llegado.

Uno de los abogados recibió una llamada.

Escuchó unos segundos y sonrió levemente.

—Acabamos de recibir confirmación.

Miró directamente a Adrian.

—La herencia del señor Whitmore ya fue transferida íntegramente.

Adrian respiró con alivio por un instante.

Hasta que escuchó la siguiente frase.

—Los cuatro mil ochocientos millones de dólares quedaron depositados exclusivamente en cuentas personales de la señorita Sofía Whitmore.

El alivio desapareció de inmediato.

Porque comprendió, demasiado tarde, que el dinero con el que pensaba salvar su imperio nunca había estado a su alcance.

Y ahora, además de perder aquella fortuna, tendría que explicar ante un tribunal por qué había construido durante seis años toda una vida sobre un matrimonio que jamás existió.

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