PARTE 2: LA DECISIÓN QUE SOLO NOS PERTENECÍA

Nadie habló durante varios segundos.

Daniel seguía arrodillado frente a mí.

El anillo temblaba ligeramente entre sus dedos.

Mi madre lloraba en silencio.

La suya tenía las manos unidas como si estuviera rezando.

Yo respiré hondo.

Después tomé la caja y la cerré con cuidado.

Daniel bajó la mirada.

Pensó que era un rechazo.

Me agaché frente a él.

—No.

Levantó la cabeza.

—No quiero que me pidas matrimonio porque estoy embarazada.

Su rostro perdió todo el color.

—Lucía…

Le sujeté las manos.

—Pero tampoco quiero terminar una relación solo porque tengo miedo.

Él tragó saliva.

—Entonces…

—Entonces quiero que decidamos nosotros.

No nuestros padres.

No los bebés.

Nosotros.

Se hizo un silencio absoluto.

Mi padre fue el primero en levantarse.

Tomó su vaso de café.

—Tiene razón.

Todos lo miraron sorprendidos.

—Cuando su madre quedó embarazada de Lucía, también teníamos miedo.

Vivíamos en un cuarto rentado.

Yo manejaba el autobús doce horas al día.

Ella trabajaba hasta el último mes de embarazo.

Sonrió con nostalgia.

—Pero nadie decidió por nosotros.

Miró a las dos familias.

—Y nosotros tampoco vamos a decidir por ellos.

La madre de Daniel bajó lentamente la cabeza.

—Solo queríamos ayudar.

—Lo sabemos.

Respondí con una sonrisa.

—Y se los agradecemos.

Pero necesito saber si Daniel quiere estar aquí…

Aunque no existieran los bebés.

Todos volvieron a mirarlo.

Él respiró profundamente.

—Llevo tres meses escondiendo ese anillo.

Porque quería casarme contigo.

No porque estuvieras embarazada.

Porque eres la persona con la que quiero despertar cuando tenga treinta…

Cuarenta…

O setenta años.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

—¿Y si perdemos todo?

Pregunté.

—Entonces volveremos a empezar.

—¿Y si ninguno consigue trabajo?

—Trabajaré de día y de noche.

—¿Y si no alcanzamos?

Él sonrió por primera vez desde el hospital.

—Entonces les preguntaremos a esos cuatro locos.

Señaló a nuestros padres.

Todos terminaron riéndose entre lágrimas.

Aquella misma tarde fuimos a ver apartamentos.

No para comprar.

Solo para entender cuánto costaba realmente empezar una vida.

Visitamos cinco.

El primero era diminuto.

El segundo tenía humedad.

El tercero estaba demasiado lejos de la universidad.

Cuando salimos del cuarto, el agente inmobiliario sonrió.

—Tengo otro.

Es pequeño.

Pero está frente al hospital universitario.

Subimos.

Era un apartamento modesto.

Dos habitaciones.

Una cocina estrecha.

Un balcón tan pequeño que apenas cabían dos personas.

Pero al abrir la ventana se veía directamente el campus.

Daniel me tomó la mano.

—Podríamos terminar la carrera caminando.

Yo imaginé dos cunas junto a la pared.

Un escritorio lleno de apuntes.

No era la vida que había planeado.

Pero, por primera vez, dejó de parecer imposible.

Esa noche nuestras familias regresaron a casa.

Solo quedamos Daniel y yo.

Sentados en un banco frente a la universidad.

Él seguía con la caja azul en el bolsillo.

Yo llevaba las dos pulseritas de plata entre las manos.

—¿Puedo preguntarte algo?

Dijo en voz baja.

Asentí.

—¿Esta mañana…

De verdad pensabas irte?

No pude mentir.

—Sí.

Él cerró los ojos.

—Anoche yo también pensé que me dejarías.

Nos miramos al mismo tiempo.

Y comprendimos algo muy simple.

Los dos habíamos pasado la peor noche de nuestra vida…

Convencidos de que el otro estaba buscando escapar.

Cuando, en realidad, ambos intentábamos proteger a la persona que amábamos.

Daniel sacó nuevamente la caja.

—No voy a pedirte una respuesta hoy.

Ni mañana.

Ni la próxima semana.

Guardó el anillo otra vez.

—Primero terminemos la carrera.

Primero aprendamos a ser padres.

Y cuando estemos seguros de que seguimos eligiéndonos…

Volveré a hacerte la misma pregunta.

Sonreí.

Aquella promesa me pareció mucho más valiosa que cualquier boda apresurada.

Sin embargo, cuando nos levantábamos para volver a la residencia, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de la universidad.

“Se informa a la estudiante Lucía Martínez que, debido a una denuncia anónima, se ha abierto una investigación sobre una posible infracción al reglamento estudiantil relacionada con su embarazo y su condición de becaria. Deberá presentarse ante el comité disciplinario el lunes a las 9:00 a. m.”

Leí el mensaje dos veces.

Daniel hizo lo mismo.

Después levantó lentamente la vista.

Alguien no solo quería complicarnos la llegada de nuestros hijos.

También estaba intentando arrebatarnos el futuro que todavía ni siquiera habíamos tenido tiempo de construir.

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