Don Aurelio encendió el motor otra vez.
No puso rumbo a Bosques de las Lomas.
Tampoco llamó a Iván.
Ni a Marisol.
Durante setenta y un años había aprendido que, cuando alguien mostraba quién era de verdad, lo peor que podía hacer era advertirle que había sido descubierto.
Tomó la salida hacia Santa Fe.
Marcó un solo número.
El abogado contestó al segundo tono.
—Licenciado Salinas.
—Necesito verlo ahora mismo.
La voz de don Aurelio era tan serena que el abogado comprendió inmediatamente que algo grave había ocurrido.
—¿En la oficina?
—No.
En el despacho privado.
Y venga solo.
Treinta y cinco minutos después, la puerta del pequeño salón de juntas se cerró.
Don Aurelio colocó el teléfono sobre la mesa.
—Escuche esto.
Reprodujo la grabación.
El abogado no dijo una sola palabra mientras avanzaba el audio.
La risa de Marisol.
La conversación sobre la caja fuerte.
La referencia a las hierbas.
La mención del supuesto infarto.
Cuando terminó, el silencio fue absoluto.
El licenciado Salinas respiró profundamente.
—¿Cuántas cámaras tienen audio?
—Solo esa.
La instalé después de un robo hace años.
El abogado asintió.
—No elimine absolutamente nada.
Necesitamos preservar el archivo original.
Don Aurelio miró por la ventana.
—No voy a regresar a esa casa.
Todavía no.
—Es lo más prudente.
El abogado abrió su portafolio.
Sacó una carpeta color vino.
—Hay otra cosa que debemos revisar.
Su testamento.
Don Aurelio sonrió con amargura.
—Supongo que ya no tiene mucho sentido dejar todo igual.
Salinas negó lentamente.
—No después de lo que acabo de escuchar.
Sacó el documento vigente.
Todo el patrimonio aparecía destinado a Iván.
Como heredero universal.
Don Aurelio observó aquellas páginas durante varios segundos.
Recordó el primer uniforme escolar de su hijo.
Las noches haciendo cuentas para pagar la universidad.
Las veces que lo rescató de deudas.
Cada oportunidad.
Cada perdón.
Tomó la pluma.
—Quiero hacer un nuevo testamento.
El abogado levantó la vista.
—¿Está completamente seguro?
—Nunca estuve más seguro de nada.
Mientras tanto, en la casa, Iván seguía revisando los cajones del escritorio.
Marisol caminaba por el despacho como si ya fuera suyo.
—¿Encontraste las escrituras?
Él negó con frustración.
—No.
Mi papá debió moverlas.
Martina apareció discretamente en la puerta.
—¿Necesitan algo?
Marisol respondió sin mirarla.
—No.
Y deja de meterte donde nadie te llama.
Martina asintió.
Se retiró.
Pero antes de doblar el pasillo sacó discretamente otro teléfono.
Escribió un mensaje.
“Ya salieron del despacho. No encontraron la carpeta.”
Lo envió.
Don Aurelio leyó el mensaje pocos segundos después.
Contestó con una sola línea.
“Gracias. No haga nada que la ponga en riesgo.”
Horas más tarde, el abogado volvió con varios documentos nuevos.
—Además del testamento…
Le recomiendo algo más.
—¿Qué cosa?
—Revocar inmediatamente todos los poderes notariales vigentes.
Cancelar autorizaciones bancarias.
Y cambiar el acceso a las empresas.
Don Aurelio asintió.
Firmó uno por uno.
No sentía rabia.
Solo una tristeza inmensa.
Al terminar, guardó la pluma.
—Licenciado.
Hay una última instrucción.
—Lo escucho.
Don Aurelio habló sin levantar la voz.
—Nadie debe informar a Iván que sé la verdad.
Quiero que siga creyendo que estoy manejando de regreso a casa.
El abogado comprendió al instante.
—Quiere saber hasta dónde piensa llegar.

Don Aurelio sostuvo su mirada.
—No.
Quiero saber si todavía queda algo de hijo en el hombre que acabo de escuchar.
Porque si esta noche intenta darme ese té…
Ya no tendré ninguna duda sobre la decisión que debo tomar.
Y, mientras en la mansión Iván y Marisol seguían convencidos de que el plan avanzaba exactamente como lo habían imaginado, ignoraban que, a esa misma hora, el documento que los convertía en herederos acababa de quedar sin efecto y que el siguiente paso de don Aurelio no sería volver a casa, sino entregar aquella grabación a las autoridades para que investigaran el contenido de las supuestas hierbas antes de que alguien más corriera peligro.