PARTE 2: LA DECISIÓN DEL MILLONARIO CAMBIÓ DOS VIDAS PARA SIEMPRE

Gustavo permaneció unos segundos mirando a los gemelos.

Después se agachó hasta quedar a su altura.

—Escúchenme bien.

Emiliano seguía abrazando a su hermano.

—¿Nos va a llevar con el DIF?

Gustavo negó despacio.

—Primero los va a revisar un médico.

Luego veremos qué sigue.

Pero puedo prometerles una cosa.

Miró a ambos alternativamente.

—Mientras yo pueda evitarlo, nadie los va a separar.

Mateo rompió a llorar por primera vez.

No era un llanto fuerte.

Era el llanto de un niño que llevaba demasiado tiempo intentando ser valiente.

Gustavo le acarició el cabello con torpeza.

Nunca había consolado a un niño.

No sabía cómo hacerlo.

Solo sabía que no podía dejarlos allí.

Llamó a su abogada.

—Claudia, necesito que vengas a la carretera vieja rumbo a Valle de Bravo.

Trae también a alguien de trabajo social.

Y averigua cuál es el procedimiento correcto.

No quiero hacer nada fuera de la ley.

Una hora después, los gemelos ya estaban en un hospital para una revisión médica.

Desnutrición moderada.

Anemia.

Varias cicatrices antiguas.

Y un expediente completamente vacío.

Nadie encontraba actas de nacimiento.

Ni registros escolares recientes.

Ni familiares que hubieran preguntado por ellos.

Mientras los médicos trabajaban, Gustavo observaba desde el pasillo.

Claudia se acercó con una carpeta.

—Encontré algo.

Él levantó la vista.

—¿Qué?

—La policía municipal recibió un reporte hace ocho meses.

Una mujer dejó a dos menores en esa zona diciendo que volvería por ellos al día siguiente.

Nunca regresó.

Gustavo cerró los ojos unos segundos.

—¿La identificaron?

Claudia abrió una fotografía.

Era la misma mujer que aparecía en la imagen arrugada encontrada en la casucha.

—Se llama Verónica Salas.

Treinta y dos años.

Sin domicilio fijo desde hace varios meses.

Gustavo devolvió la fotografía.

—¿La buscaron?

—Sí.

Pero desapareció.

Los niños fueron considerados en situación de abandono.

Él volvió la vista hacia la habitación donde los gemelos dormían.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella enorme fortuna que había construido no le parecía suficiente para reparar tanto daño.

Tres semanas después, tras cumplir todos los procedimientos iniciales, Gustavo obtuvo una autorización para convertirse en familia de acogida temporal mientras avanzaba el proceso legal.

La mansión de Las Lomas cambió por completo.

Donde antes solo había silencio, ahora aparecían mochilas escolares.

Balones.

Zapatos pequeños en la entrada.

Y dos voces que corrían por los pasillos.

Emiliano seguía siendo desconfiado.

Mateo sonreía cada vez un poco más.

Una tarde, mientras Gustavo ayudaba a Emiliano con la tarea, el niño levantó la cabeza.

—¿De verdad no nos vas a devolver?

Gustavo dejó el lápiz sobre la mesa.

—No pienso abandonarlos.

Los ojos del niño comenzaron a humedecerse.

—Nadie nos había dicho eso antes.

Gustavo apenas alcanzó a responder.

Porque en ese momento sonó el timbre.

El mayordomo apareció unos minutos después.

—Señor…

Hay una mujer que insiste en verlo.

Dice que viene por sus hijos.

Gustavo sintió un vuelco en el pecho.

Salió hasta la entrada.

Una mujer de cabello desordenado esperaba junto al portón.

Era la misma de la fotografía.

Verónica.

Al verla, Mateo salió corriendo.

—¡Mamá!

La abrazó con todas sus fuerzas.

Ella respondió al abrazo… pero sus ojos no estaban puestos en el niño.

Recorrían lentamente la residencia.

Los jardines.

Los automóviles.

La fachada.

Calculando.

Midiendo.

Como si estuviera descubriendo cuánto valía todo aquello.

Entonces miró directamente a Gustavo y sonrió.

—Qué bueno que los encontró.

Ahora será más fácil llegar a un acuerdo.

Aquella frase hizo que el abogado de Gustavo, que acababa de llegar detrás de él, frunciera el ceño.

Porque una madre que llevaba ocho meses desaparecida no preguntó si sus hijos estaban bien.

Lo primero que quiso saber fue cuánto podía obtener de aquel hombre millonario.

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