PARTE 2: LA CUENTA VACÍA

—Quiero el divorcio.

La frase no fue pronunciada con rabia.

No hubo gritos.

No hubo lágrimas.

Precisamente por eso, el rostro de Chu Yuet cambió por completo.

Durante varios segundos, se quedó mirando el anillo sobre las facturas, como si aquel pequeño círculo de metal fuera un objeto que no reconocía.

Después soltó una risa seca.

—¿Divorciarte?

Se levantó lentamente del sofá.

—Nos casamos hace menos de medio mes y ya estás hablando de divorcio por unas cajas de regalo.

Shen Jingyue lo observó acercarse.

Hasta aquella mañana, aún conservaba una mínima esperanza de que su marido comprendiera la gravedad de lo ocurrido.

Pero él seguía llamándolas “unas cajas”.

Como si el dinero fuera el único problema.

Como si las noches de su madre envolviendo cada regalo no importaran.

Como si entregar su propiedad a otra mujer sin consultarla fuera una simple decisión doméstica.

—No quiero divorciarme por los regalos —respondió ella—. Quiero divorciarme porque robaste mis cosas, mentiste al hotel y utilizaste mi dinero para proteger a otra mujer.

Los ojos de Lin Dao volvieron a llenarse de lágrimas.

—Cuñada, no digas eso. A Yuet solo intentaba ayudarme.

Shen Jingyue giró la cabeza hacia ella.

—Deja de llamarme cuñada.

Lin Dao cerró la boca.

Chu Yuet dio un paso adelante.

—No descargues tu enojo con Dao Dao.

—¿Todavía la estás defendiendo?

—Estoy defendiendo la razón.

Shen Jingyue casi sonrió.

—Entonces explícame dónde está la razón en llevarse bienes valorados en ciento ochenta y seis mil yuanes sin autorización.

—¡Ya te los pagué!

—Con mi dinero.

—Es dinero de los dos.

—Más del setenta por ciento de esa cuenta proviene de mis ahorros y de la dote que me dieron mis padres.

—Ahora estamos casados —replicó Chu Yuet—. Todo lo tuyo también es mío.

Aquellas palabras terminaron de destruir lo poco que quedaba.

Shen Jingyue comprendió que no se trataba de una reacción impulsiva.

Él realmente lo creía.

Creía que el matrimonio le había dado derecho a disponer de su dinero, de sus regalos y de sus esfuerzos.

Quizá incluso de su vida.

Tomó nuevamente el expediente y guardó los documentos en su bolso.

—Mañana recibirás la propuesta de divorcio de mi abogado.

Chu Yuet se interpuso entre ella y la puerta.

—No vas a salir de aquí hasta que hablemos como adultos.

—Ya hemos hablado suficiente.

—No puedes tomar una decisión así tú sola.

—Puedo decidir dejar de ser tu esposa.

Lin Dao se acercó con cautela.

—Jingyue, piénsalo bien. Todo el mundo asistió a su boda. Si se divorcian ahora, la gente se va a reír de ustedes.

Shen Jingyue la miró fijamente.

—¿Eso te preocupa?

—Solo digo que podrían calmarse…

—Tú deberías preocuparte por recuperar los regalos.

Lin Dao apretó los labios.

—Ya entregué la mayoría a los clientes.

—Entonces págame su valor.

—Mi empresa acaba de empezar. No tengo tanto dinero disponible.

—Ese no es mi problema.

Chu Yuet golpeó la mesa con la palma.

—¡He dicho que yo me haré cargo!

—¿Con qué dinero?

La pregunta cayó en medio de la sala.

Chu Yuet se quedó inmóvil.

Shen Jingyue sacó el teléfono y abrió la aplicación bancaria.

—Hace tres meses tenías treinta y nueve mil yuanes ahorrados. Después pagaste parte de la boda y tu aportación a la cuenta conjunta quedó en menos de veinte mil.

Le mostró la pantalla.

—Así que dime, Chu Yuet. ¿Con qué dinero piensas pagar ciento ochenta y seis mil?

Él no respondió.

Lin Dao bajó lentamente la mirada.

La expresión de ambos fue suficiente para despertar una nueva sospecha.

Shen Jingyue abrió el historial de movimientos de la cuenta conjunta.

Había revisado la transferencia que acababa de devolver, pero no los movimientos anteriores.

Deslizó el dedo hacia abajo.

Una transferencia de veinte mil yuanes.

Otra de treinta mil.

Una tercera de cincuenta mil.

Todas realizadas durante las semanas previas a la boda.

Todas enviadas a la misma cuenta empresarial.

Tecnología Lin Dao Limitada.

Shen Jingyue sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Levantó la vista.

—¿Qué es esto?

Chu Yuet se acercó para mirar la pantalla y cambió de expresión.

Intentó quitarle el teléfono.

Ella retrocedió.

—No me toques.

—Puedo explicarlo.

—Has transferido cien mil yuanes de nuestra cuenta a su empresa.

Lin Dao intervino rápidamente.

—Fue un préstamo.

—¿Un préstamo autorizado por quién?

—A Yuet dijo que no habría problema.

—No te pregunté qué dijo él. Te pregunté quién autorizó el uso de mi dinero.

Lin Dao guardó silencio.

Shen Jingyue abrió los detalles de la primera transferencia.

En el concepto aparecía escrito:

“Inversión familiar”.

La segunda decía:

“Apoyo temporal”.

La tercera no tenía descripción.

—¿Desde cuándo financias su empresa? —preguntó Shen Jingyue.

Chu Yuet se pasó una mano por el rostro.

—Desde antes de la boda.

—¿Cuánto dinero le has dado en total?

—No lo sé exactamente.

—Mírame y dime cuánto.

—No conviertas esto en un interrogatorio.

—¿Cuánto?

La voz de Shen Jingyue retumbó en la sala.

Chu Yuet respiró con fuerza.

—Doscientos ochenta mil yuanes.

El silencio fue absoluto.

Shen Jingyue lo miró sin comprender.

—Eso es imposible.

—Parte salió de otras cuentas.

—¿Qué otras cuentas?

Él apartó la mirada.

Y entonces ella lo entendió.

Corrió hacia el despacho.

Chu Yuet intentó detenerla, pero Shen Jingyue cerró la puerta antes de que pudiera alcanzarla.

Abrió el cajón donde guardaba los documentos de la boda.

El sobre que contenía las tarjetas bancarias entregadas por sus padres ya no estaba.

Tampoco estaba la libreta de una cuenta de ahorro que su madre había abierto a su nombre cuando ella era niña.

Buscó en el segundo cajón.

Después en el armario.

Nada.

Cuando salió del despacho, Chu Yuet seguía junto a la puerta.

—¿Dónde están mis tarjetas?

—Jingyue…

—¿Dónde están?

—Las guardé en un lugar seguro.

—¿Qué dinero sacaste de ellas?

Él permaneció callado.

Shen Jingyue tomó aire lentamente.

—Voy a llamar al banco.

—No hace falta.

—Entonces responde.

—Usé ciento ochenta mil.

Ella sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

—¿Ciento ochenta mil yuanes de mis ahorros personales?

—Era una inversión.

—¿En su empresa?

Chu Yuet apretó los dientes.

—Dao Dao tenía una oportunidad única. Si conseguía cerrar ese contrato, la empresa multiplicaría su valor.

Shen Jingyue miró a Lin Dao.

La mujer que había entrado en su casa sonriendo.

La mujer que le había transferido ochocientos ochenta y ocho yuanes como si le estuviera haciendo un favor.

La mujer que había utilizado los regalos de su boda para impresionar a clientes financiados con el dinero de la novia.

—Por eso necesitabas mis regalos —dijo Shen Jingyue—. El contrato dependía de ellos.

Lin Dao palideció.

—No fue exactamente así.

—¿Tus clientes creyeron que habías comprado obsequios exclusivos para ellos?

—Era una estrategia comercial.

—Una estrategia pagada por mí.

Chu Yuet volvió a interponerse.

—Cuando la empresa crezca, recuperaremos el dinero con intereses.

—¿Recuperaremos?

Shen Jingyue dejó escapar una risa amarga.

—¿Tengo acciones en la empresa?

Nadie respondió.

—¿Mi nombre aparece en algún contrato de inversión?

Silencio.

—¿Firmaste algún reconocimiento de deuda, Lin Dao?

Ella negó lentamente.

Shen Jingyue se volvió hacia su marido.

—Entonces no invertiste nuestro dinero. Se lo regalaste.

—No seas tan calculadora.

—¿Y tú no seas tan generoso con el dinero que no te pertenece!

Lin Dao comenzó a llorar.

—Yo no quería causar problemas entre ustedes.

Shen Jingyue caminó hacia ella.

—Recibiste casi trescientos mil yuanes de un hombre comprometido. Aceptaste el dinero de la cuenta que compartía con su futura esposa. Después, el día siguiente a nuestra boda, te llevaste doscientos regalos sin preguntarme.

Lin Dao retrocedió hasta chocar con el sofá.

—Él dijo que estabas de acuerdo.

—¿También dijo que estaba de acuerdo cuando retiró dinero de mis cuentas privadas?

Los labios de Lin Dao temblaron.

—No sabía que era tuyo.

Shen Jingyue la observó durante varios segundos.

—¿De verdad quieres que crea que nunca preguntaste de dónde salía el dinero?

Lin Dao no respondió.

Chu Yuet perdió la paciencia.

—¡Basta! Todo lo hice yo. No la presiones más.

—Perfecto —dijo Shen Jingyue—. Entonces tú responderás por todo.

Sacó el teléfono.

Primero llamó al banco y bloqueó las tarjetas.

Después cambió las contraseñas de todas sus cuentas.

Finalmente marcó el número de su abogado.

Chu Yuet se abalanzó hacia ella.

—¿A quién llamas?

Shen Jingyue activó el altavoz.

—Abogado Gao, necesito que prepare una demanda de divorcio y una denuncia por apropiación de fondos.

El rostro de Chu Yuet se volvió ceniciento.

—¡Somos marido y mujer! No puedes denunciarme por usar dinero familiar.

La voz del abogado respondió con calma desde el teléfono.

—Si los fondos provenían de bienes personales anteriores al matrimonio y fueron retirados sin consentimiento, sí puede hacerlo.

Chu Yuet miró el teléfono como si acabara de recibir una bofetada.

—¿Ya tenías un abogado preparado?

Shen Jingyue no contestó.

Le dio al abogado una explicación breve y acordaron reunirse a primera hora de la mañana.

Cuando terminó la llamada, Lin Dao se acercó a Chu Yuet.

—A Yuet, quizá debería irme.

—Tú no vas a ninguna parte —dijo Shen Jingyue.

Lin Dao se quedó congelada.

—He solicitado al hotel las grabaciones, los registros de llamadas y el documento que firmaste al retirar los regalos. Mañana presentaré una denuncia formal.

—Pero yo no sabía…

—Eso lo decidirán las autoridades.

Chu Yuet agarró a Shen Jingyue del brazo.

—No vas a destruir la vida de Dao Dao por una discusión matrimonial.

Ella bajó la vista hacia la mano que la sujetaba.

—Suéltame.

Él apretó un poco más.

—Retira la denuncia.

—Te he dicho que me sueltes.

La puerta de la casa se abrió de repente.

La madre de Shen Jingyue entró acompañada por su padre y por dos hombres vestidos con traje oscuro.

Doña Shen contempló la escena.

Su mirada cayó primero sobre la mano de Chu Yuet sujetando el brazo de su hija.

Después vio el anillo de bodas abandonado sobre la mesa.

—Aparta la mano de mi hija —dijo.

Chu Yuet la soltó inmediatamente.

—Mamá, esto es un malentendido.

—No me llames mamá.

La voz de la mujer no fue fuerte, pero hizo que todos guardaran silencio.

Shen Jingyue se quedó mirando a sus padres.

—¿Cómo supieron que pasaba algo?

Su madre levantó una bolsa de plástico transparente.

Dentro estaba la tarjeta de felicitación manchada y rota que Shen Jingyue había encontrado en la basura.

—El gerente del hotel me llamó para disculparse.

Los ojos de la mujer estaban enrojecidos.

—Me dijo que las tarjetas que escribí terminaron en bolsas de basura.

Lin Dao dio un paso adelante.

—Señora Shen, fue un error de los empleados. Yo no sabía que esas tarjetas tenían tanto valor sentimental.

Doña Shen la miró.

—¿Tú eres Lin Dao?

—Sí.

—¿Tú ordenaste quitar el envoltorio que diseñó mi hija?

Lin Dao tragó saliva.

—Era necesario para entregarlo a los clientes.

—¿Y era necesario tirar nuestras tarjetas a la basura?

—Yo no supervisé ese detalle.

La madre de Shen Jingyue abrió la bolsa y sacó la tarjeta dañada.

—Escribí doscientas tarjetas.

Su voz tembló por primera vez.

—Me dolían tanto las manos que tu padre tuvo que ayudarme a sostener los palillos para cenar. Pero seguí escribiendo porque mi hija me dijo que quería que cada invitado recibiera un mensaje personal.

Lin Dao bajó la cabeza.

Doña Shen dejó la tarjeta sobre la mesa.

—No quiero tus disculpas.

Miró a Chu Yuet.

—Quiero saber por qué el hombre que prometió cuidar de mi hija permitió que alguien tratara su esfuerzo como basura.

Chu Yuet abrió la boca.

—Solo intentaba ayudar a una amiga.

—¿Con los regalos de tu esposa?

—Los regalos habían sobrado.

—No habían sobrado —respondió la madre—. Eran para familiares que viajarían mañana. Tú lo sabías.

Chu Yuet se quedó inmóvil.

Shen Jingyue giró lentamente hacia él.

—¿Lo sabías?

Su madre la miró con sorpresa.

—Te envié la lista hace una semana. Chu Yuet respondió diciendo que él se encargaría de guardar las cajas.

Shen Jingyue sintió una nueva punzada de frío.

No había sido una decisión de último momento.

Él sabía que los regalos tenían destinatarios.

Aun así, los entregó.

—¿Por qué? —preguntó ella.

Chu Yuet no respondió.

Entonces Lin Dao comenzó a sollozar.

—Fue por el contrato.

Todos la miraron.

Chu Yuet se volvió bruscamente.

—¡Dao Dao!

Pero ella ya había empezado a hablar.

—El cliente dijo que firmaría si nuestra empresa demostraba capacidad para atender a doscientos socios importantes. Necesitábamos obsequios de lujo, pero no teníamos presupuesto.

Se secó las lágrimas.

—A Yuet me dijo que después de la boda habría exactamente doscientas cajas preparadas.

Shen Jingyue sintió que el corazón se le endurecía.

—¿Exactamente doscientas?

Lin Dao comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.

Aquello demostraba que habían planeado llevárselas antes de la boda.

Chu Yuet cerró los ojos.

El padre de Shen Jingyue, que hasta entonces no había pronunciado una sola palabra, dejó una carpeta sobre la mesa.

—Entonces esto también estaba planeado.

Chu Yuet miró la carpeta.

—¿Qué es?

—El informe de movimientos de la cuenta de mi hija.

El padre abrió la primera página.

—Hace dos meses, alguien intentó solicitar un crédito empresarial utilizando como garantía el apartamento que le regalamos a Jingyue antes de la boda.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

Shen Jingyue miró a su padre.

—¿Mi apartamento?

—El banco me llamó porque yo aparecía como contacto secundario.

Su padre señaló una firma.

—La solicitud fue rechazada porque la firma de Jingyue no coincidía.

Chu Yuet comenzó a retroceder.

—Eso no tiene relación conmigo.

El padre de Shen Jingyue sacó otra hoja.

—La persona que presentó la solicitud dejó una copia de su documento de identidad.

Colocó la página frente a todos.

La fotografía pertenecía a Chu Yuet.

Shen Jingyue lo miró con una calma que ya no contenía dolor.

Solo asco.

—Intentaste hipotecar mi apartamento.

—Solo estaba explorando opciones.

—Falsificaste mi firma.

—No llegué a recibir ningún dinero.

—Porque el banco te descubrió.

Lin Dao se cubrió la boca.

—A Yuet, dijiste que el apartamento era tuyo.

Chu Yuet la miró con furia.

—¡Cállate!

Pero aquella reacción terminó de confirmar todo.

El padre de Shen Jingyue cerró la carpeta.

—Los dos hombres que nos acompañan son representantes legales. A partir de este momento, cualquier comunicación con mi hija se hará a través de ellos.

Chu Yuet perdió finalmente el control.

—¡Esta es mi casa! ¡No pueden entrar y darme órdenes!

Shen Jingyue levantó la vista hacia él.

—No, Chu Yuet.

Sacó del bolso una copia del contrato de propiedad.

—Esta casa está alquilada a nombre de la empresa de mi padre.

El rostro de Chu Yuet se quedó completamente vacío.

—¿Qué?

—Te dije que la había conseguido a través de un conocido. Nunca preguntaste más porque estabas demasiado ocupado presumiendo ante tus amigos que la habías comprado.

Shen Jingyue señaló la puerta.

—El contrato termina hoy.

—No puedes echarme.

—El propietario puede hacerlo después de descubrir que utilizaste la dirección para solicitar créditos fraudulentos.

Uno de los abogados dio un paso adelante.

—Señor Chu, dispone de una hora para recoger sus pertenencias personales. Un inventario quedará registrado en video.

Lin Dao tomó su bolso.

—Yo me voy.

Pero antes de llegar a la puerta, el teléfono de Shen Jingyue vibró.

Era el gerente del hotel.

Respondió.

—Señorita Shen, disculpe que vuelva a molestarla. Revisamos los documentos de recepción y encontramos algo extraño.

—¿Qué cosa?

—La señorita Lin no fue la única persona que firmó la retirada.

Shen Jingyue miró a Lin Dao.

—¿Quién más firmó?

El gerente guardó silencio unos segundos.

—La señora Chu.

La madre de Chu Yuet.

Shen Jingyue frunció el ceño.

La mujer había fingido estar enferma aquella mañana y aseguró que no podía levantarse de la cama después de la boda.

—Envíeme una copia.

Un instante después, llegó una fotografía.

En el acta de entrega aparecían dos firmas.

Lin Dao.

Y la madre de Chu Yuet.

Debajo de ambas había una nota manuscrita:

“Retirar primero los regalos. Después proceder con el plan de la vivienda.”

Shen Jingyue amplió la imagen.

—¿Qué significa “el plan de la vivienda”?

Chu Yuet palideció.

Lin Dao retrocedió hasta la pared.

Ninguno respondió.

Entonces la madre de Shen Jingyue tomó el teléfono y observó la nota.

—Yo reconozco esa letra.

Todos volvieron la mirada hacia ella.

—No la escribió la madre de Chu Yuet.

Shen Jingyue sintió un escalofrío.

—¿Quién la escribió?

Su madre levantó lentamente los ojos.

—La escribió tu suegro.

En ese mismo instante, alguien introdujo una llave en la cerradura desde el exterior.

La puerta se abrió.

El padre y la madre de Chu Yuet aparecieron en la entrada, cargando dos maletas.

La señora Chu miró a Shen Jingyue, después a los abogados y finalmente al expediente abierto sobre la mesa.

Su expresión cambió.

Pero el suegro de Shen Jingyue no pareció sorprendido.

Entró con calma, cerró la puerta detrás de él y dijo:

—Ya que todos conocen una parte de la historia, será mejor que hablemos de la casa que Jingyue todavía no sabe que posee.

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