Mariana cerró las puertas del coche con el seguro.
Miró alrededor del estacionamiento vacío antes de responder.
—Sí… estoy sola.
La mujer del banco bajó la voz.
—Necesito hacerle una pregunta importante.
—Dígame.
—¿Usted autorizó las transferencias realizadas durante los últimos ocho días?
Mariana tragó saliva.
—No.
—¿Ni los retiros en efectivo?
—Tampoco.
Hubo un breve silencio.
Después la empleada habló con un tono mucho más serio.
—Entonces tenemos un posible fraude de alta prioridad.
Mariana apoyó la cabeza contra el volante.
—Me robaron todo.
—Señorita Aguilar… hay algo que no entendemos.
Frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Su cuenta principal no funcionaba como una cuenta bancaria normal.
Mariana levantó lentamente la cabeza.
—¿Cómo que no?
La mujer revisó nuevamente el expediente.
—Aparece registrada como una cuenta patrimonial con doble autorización histórica.
El corazón de Mariana comenzó a acelerarse.
—Eso… no puede ser.
—¿Conocía al cotitular?
Cotitular.
Aquella palabra hizo que recordara algo olvidado durante años.
Su abuelo Emilio.
Cuando cumplió dieciocho años, él insistió en abrir aquella cuenta personalmente.
Le había dicho:
“Nunca aceptes una cuenta donde cualquiera pueda tocar lo que tanto te costó ganar.”
Ella creyó que, tras su fallecimiento, todo había quedado únicamente a su nombre.
Nunca volvió a preguntar.
—¿Quién figura como segundo titular? —preguntó con un hilo de voz.
La empleada respiró hondo.
—Legalmente la cuenta sigue protegida por el patrimonio sucesorio del señor Emilio Aguilar.
Mariana dejó de respirar unos segundos.
—¿Qué significa eso?
—Que para retirar cantidades tan altas debieron presentarse documentos adicionales.
—¿Qué documentos?
—Una autorización.
—Yo jamás firmé nada.
La mujer respondió inmediatamente.
—Precisamente por eso la estamos llamando.
Abrió la aplicación del banco otra vez.
Ahora veía los movimientos con otros ojos.
No solo había retiros.
También aparecía un documento digital cargado tres días antes.
Autorización de disposición patrimonial.
La firma llevaba su nombre.
Pero no era su firma.
Ni siquiera se parecía.
Sintió un escalofrío.
Alguien había falsificado documentos oficiales.
La ejecutiva continuó.
—Ya bloqueamos todas las operaciones restantes.
Pero necesito preguntarle algo más.
—Sí.
—¿Algún familiar tenía acceso a sus documentos personales?
Mariana cerró los ojos.
Recordó su habitación.
Los cajones abiertos.
Su mochila.
Su carpeta con certificados.
Su identificación.
Su acta de nacimiento.
Todo había quedado dentro de aquella casa.
Todo.
—Sí.
La respuesta apenas fue un susurro.
—Mi familia.
La ejecutiva permaneció en silencio unos segundos.
—Entonces debe presentar una denuncia inmediatamente.
No solo por fraude.
También por robo de identidad y falsificación documental.
Mariana sintió que el estómago se le encogía.
Pensó en Diego.
En Brenda.
En sus padres.
No habían tomado dinero escondiendo una tarjeta.
Habían preparado aquello durante semanas.
Quizá durante meses.
Colgó el teléfono.
Permaneció inmóvil dentro del automóvil.
Afuera seguía lloviendo.
Entonces recibió un mensaje.
No era del banco.
Era de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
La abrió.
Era una imagen tomada dentro de la notaría donde supuestamente se había firmado la autorización bancaria.
En la fotografía aparecía Diego.
También Brenda.
Y, detrás de ellos…

Su propia madre.
Teresa sostenía una carpeta azul mientras sonreía para la cámara.
Debajo de la imagen había una única frase.
“No todos en tu familia participaron por las mismas razones.”
Antes de que pudiera reaccionar, el mismo número envió un segundo mensaje.
“No presentes la denuncia todavía. Si lo haces esta noche, destruirán la única prueba que puede recuperar tu dinero… y demostrar quién fue realmente la persona que falsificó tu firma.”