PARTE 2: LA CUENTA QUE NADIE DEBÍA ENCONTRAR

Rodrigo dejó de mirar la mano quemada de Mariana.

Ahora solo veía la pantalla de su teléfono.

—¿Qué cuenta?

Mariana bloqueó el celular.

—La que llevas dieciocho meses intentando esconder.

El jardín quedó en silencio.

Los invitados seguían inmóviles, con los teléfonos apuntando hacia ellos.

Ofelia dio un paso adelante.

—Basta de hacer escándalos.

Mariana la miró por primera vez desde la agresión.

—¿Escándalo?

Levantó lentamente la mano quemada.

La piel estaba roja, con ampollas que comenzaban a formarse.

—Esto sí es un escándalo.

Nadie encontró palabras.

Uno de los socios de Rodrigo bajó discretamente su copa.

Otro comenzó a alejarse de la parrilla.

Rodrigo intentó recuperar el control.

—Fue un accidente.

Mariana soltó una risa breve.

—Qué curioso.

Sacó una memoria USB del bolsillo del mandil.

—Porque las cámaras de seguridad no suelen confundir un accidente con una agresión.

El color desapareció del rostro de Rodrigo.

—¿Qué hiciste?

—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.

En ese instante se abrió el portón principal.

Entraron dos personas de traje.

Detrás de ellas caminaba la abogada de Mariana, Verónica Salas.

Traía una carpeta negra.

Y otra azul.

Verónica saludó con un movimiento de cabeza.

—Buenas tardes.

Ofelia frunció el ceño.

—¿Quién la dejó entrar?

—La copropietaria de esta residencia.

Respondió Verónica sin apartar la vista de Mariana.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Rodrigo dio un paso hacia su esposa.

—¿Qué significa todo esto?

Verónica colocó ambas carpetas sobre la mesa principal.

Abrió la negra.

—Auditoría financiera de Alcázar Desarrollos.

Después la azul.

—Y resultados de la investigación patrimonial.

Extrajo un estado de cuenta.

Lo levantó para que todos lo vieran.

—Durante los últimos tres años desaparecieron exactamente $76,400,000 de las cuentas de la empresa.

Los socios comenzaron a intercambiar miradas.

Uno de ellos levantó la mano.

—Nos dijeron que esas pérdidas correspondían a materiales.

Verónica negó.

—No hubo materiales.

Pasó otra hoja.

—Ni maquinaria.

Otra más.

—Ni proveedores.

Señaló una serie de transferencias.

—El dinero terminó en cuatro empresas fantasma.

Rodrigo tragó saliva.

—Eso no prueba nada.

—Todavía no.

Respondió Verónica.

Sacó otro documento.

Era el registro de beneficiarios finales.

Los nombres aparecieron claramente.

Dos empresas pertenecían a Rodrigo.

Una tercera…

A Ofelia.

La cuarta hizo que varios invitados dejaran escapar una exclamación.

Estaba registrada a nombre del presidente municipal que también asistía a la carne asada.

El hombre se puso de pie inmediatamente.

—Yo no conozco esa empresa.

Verónica sostuvo su mirada.

—Entonces alguien utilizó su identidad.

Los agentes de la Fiscalía, que acababan de entrar discretamente por el jardín, comenzaron a acercarse.

Rodrigo ya no podía ocultar el nerviosismo.

—Mariana…

Intentó tomarle el brazo.

Ella retrocedió.

—No me vuelvas a tocar.

Uno de los agentes observó la quemadura.

—¿Quién hizo eso?

Mariana no respondió.

Simplemente señaló a Rodrigo.

El agente tomó nota.

Mientras tanto, Verónica abrió la última carpeta.

—Hay algo más importante que el dinero.

Mariana la observó.

Aquella parte ni siquiera ella la conocía.

—¿Qué encontraste?

Verónica respiró profundamente.

—La auditoría comenzó buscando desvíos de recursos.

Levantó un sobre sellado.

—Pero terminó encontrando otra cosa.

Sacó una copia certificada de un acta de nacimiento.

Después otra.

Y finalmente un expediente de adopción.

Ofelia dio un paso atrás.

—No…

Sus labios comenzaron a temblar.

Verónica leyó en voz alta.

—Hace treinta y cuatro años nació un niño registrado como Rodrigo Alcázar.

Miró directamente a Ofelia.

—Pero ese niño falleció nueve días después del parto.

El jardín entero quedó en absoluto silencio.

Rodrigo sintió que las piernas dejaban de responderle.

—¿Qué…?

Verónica colocó sobre la mesa una prueba genética.

—El hombre que hoy conoce como Rodrigo Alcázar no es hijo biológico de la familia Alcázar.

Ofelia rompió a llorar.

Don Ernesto dejó caer lentamente el vaso de whisky.

—Eso debía permanecer enterrado…

Verónica continuó.

—El verdadero heredero murió siendo un bebé.

Semanas después apareció otro recién nacido con documentación falsificada.

Nadie respiraba.

Mariana apenas podía procesar lo que escuchaba.

Entonces Verónica pronunció la frase que hizo comprender que el fraude de $76,400,000 era apenas una consecuencia de un secreto mucho más antiguo.

—Si esta identidad fue creada mediante documentos falsificados…

Hizo una pausa.

—Todas las herencias, acciones, contratos y propiedades inscritas durante los últimos treinta y cuatro años a nombre de Rodrigo Alcázar podrían ser legalmente nulas.

Y, por primera vez desde que comenzó la reunión, hasta los socios dejaron de mirar el dinero.

Porque acababan de entender que toda la fortuna de la familia Alcázar podía desaparecer de un solo golpe.

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