Valeria permaneció inmóvil dentro del taxi.
La tarjeta negra seguía entre sus dedos.
Miró una y otra vez el mensaje.
69,400,000 pesos.
Era una cifra imposible.
Pensó que podía tratarse de una broma.
O de una trampa.
Pero conocía demasiado bien a Santiago.
Desde pequeño, cuando tenía miedo, siempre escribía mensajes muy cortos.
Nunca desperdiciaba palabras.
“Yo no te abandoné.”
Aquella última frase le dolió más que todo lo ocurrido en el juzgado.
Le pidió al conductor que cambiara de rumbo.
No regresó a su departamento.
Fue directamente a una sucursal bancaria en Polanco que permanecía abierta por atención preferencial.
Introdujo la tarjeta.
Tecleó lentamente su fecha de nacimiento.
La pantalla tardó unos segundos.
Después apareció el saldo.
69,400,000 pesos.
Las piernas comenzaron a temblarle.
No retiró un solo peso.
Recordó exactamente la advertencia de su hijo.
“No retires nada.”
Solo imprimió el comprobante y guardó cuidadosamente la tarjeta.
Cuando salió del banco, dos hombres vestidos con traje observaban discretamente la entrada.
Uno hablaba por teléfono.
El otro parecía mirar cada persona que abandonaba el edificio.
Valeria sintió un escalofrío.
Tomó un taxi distinto y pidió cambiar tres veces de dirección antes de regresar a casa.
Esa noche apenas pudo dormir.
A las seis de la mañana sonó su teléfono.
Era un número desconocido.
—¿Señora Valeria Robles?
—Sí.
—Soy Héctor Salgado, auditor externo del Grupo Alcázar.
Ella guardó silencio.
—Su hijo me dio este número hace dos meses.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—Me pidió que solo la llamara si él desaparecía de Ciudad de México.
Valeria dejó caer lentamente la taza de café sobre la mesa.
—¿Qué está pasando?
El hombre respiró hondo.
—Su exesposo lleva más de cuatro años utilizando empresas fantasma para desviar dinero destinado a hospitales públicos.
Valeria sintió que el estómago se le cerraba.
—Eso es imposible…
—No.
—Y todos los documentos aparecen firmados por usted.
La sangre abandonó su rostro.
—¿Qué?
—Las autorizaciones llevan su nombre, su antigua firma y copias de su identificación.
Ella recordó inmediatamente los cientos de documentos que Mauricio le hacía firmar durante el matrimonio.
Siempre decía que eran simples trámites internos.
Jamás los revisaba.
Héctor continuó.
—Cuando la auditoría termine, la Fiscalía buscará a la persona que figura como responsable.
—¿Y esa persona soy yo?
—Sí.
Un silencio insoportable cayó entre ambos.
—Entonces… ¿por qué Santiago me dio esa tarjeta?
—Porque esa cuenta contiene el registro completo de todas las transferencias.
—Las originales.
—No las falsas.
Valeria comprendió por fin.
Aquellos casi setenta millones no eran un regalo.
Eran la prueba.
La evidencia que demostraba quién había movido realmente el dinero.
Y también la única forma de salvarla.
Antes de colgar, Héctor dijo una última frase.
—Hay algo más.
—¿Qué cosa?
—Su exesposo ya descubrió que la tarjeta desapareció.
En ese mismo instante alguien golpeó violentamente la puerta del departamento.
Tres golpes secos.
Después una voz masculina.
—¡Señora Valeria Robles!

Ella dejó de respirar.
—¡Somos de la Fiscalía! ¡Necesitamos hablar con usted sobre un fraude por más de cuatrocientos millones de pesos!
Lee la Parte 3 a continuación.