PARTE 2: LA CUENTA QUE LUCIA HABÍA ESCONDIDO DURANTE CUARENTA AÑOS

Jorge marcó un número y habló en voz baja.

—Sí. La cuenta acaba de aparecer. El titular sigue activo.

Me miró.

—Está aquí conmigo.

Después de unos segundos, colgó.

—Arthur, necesito hacerte una pregunta muy importante. ¿Tu esposa alguna vez te habló de una fundación llamada Aurora?

Negué con la cabeza.

—Nunca.

Jorge abrió un archivo confidencial en su ordenador.

—Entonces será mejor que te sientes.

En la pantalla apareció el número de la libreta.

Debajo había una cifra.

$3,840,000,000.

Me quedé sin palabras.

—Eso es imposible.

Jorge negó lentamente.

—Ojalá lo fuera.

Me mostró una lista de movimientos.

Depósitos pequeños.

Inversiones.

Adquisiciones.

Transferencias realizadas durante más de cuatro décadas.

Todas bajo el nombre de una fundación que yo jamás había escuchado.

—¿Quién era realmente Lucia? —pregunté.

Jorge no respondió.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

Tres golpes.

Luego una voz masculina:

—Señor Medina, abra. Policía federal.

Jorge se levantó y abrió.

Dos agentes entraron.

El primero llevaba una carpeta negra.

—Señor Arthur, necesitamos hablar con usted.

—¿Sobre mi esposa?

El agente asintió.

—Sobre su esposa, su cuenta bancaria y una investigación que lleva diecinueve años.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Diecinueve años?

El agente dejó una fotografía sobre el escritorio.

Era Lucia.

Pero no era la mujer que yo conocía.

Llevaba un traje oscuro y estaba entrando a un edificio gubernamental.

—¿Dónde consiguieron esto?

—En un archivo clasificado.

Entonces el segundo agente añadió:

—Su esposa no estaba escondiendo dinero de usted.

—Estaba protegiéndolo.

Miré la fotografía.

—¿De quién?

El agente deslizó otra fotografía sobre la mesa.

Esta vez aparecía Valerie.

Después Sergio.

Y debajo había una fecha.

Seis meses antes.

—Su hija y su yerno llevan tiempo intentando acceder a determinados activos de la familia.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué tiene que ver la libreta?

El agente señaló el número de cuenta.

—La cuenta contiene fondos vinculados a una investigación federal sobre fraude financiero.

—Pero está a nombre de Lucia.

—No exactamente.

Jorge levantó la mirada.

—Arthur…

El agente abrió la carpeta negra.

—La cuenta fue diseñada para transferir automáticamente los activos a una persona cuando Lucia falleciera.

—¿A quién?

El agente me miró directamente.

—A usted.

Mi corazón se detuvo.

—Entonces, ¿por qué me llamó la policía?

El agente respiró profundamente.

—Porque hace cuarenta y ocho horas alguien intentó retirar todo el dinero.

—¿Quién?

Colocó un documento frente a mí.

La firma era de mi hija.

Valerie.

Sentí que las manos comenzaban a temblarme.

—Ella no sabía que existía esta cuenta.

El agente negó con la cabeza.

—Quizá no sabía cuánto había.

Luego colocó otro documento sobre la mesa.

Era una solicitud de acceso presentada por Sergio.

La fecha era de tres días antes del funeral.

Me quedé mirando ambos nombres.

Valerie.

Sergio.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje de Valerie.

“Papá, ¿dónde estás? Sergio dice que necesitas volver a casa inmediatamente. Hay unos documentos de mamá que tenemos que revisar.”

Leí el mensaje dos veces.

El agente observó mi rostro.

—No les diga todavía que sabemos lo de la cuenta.

—¿Por qué?

Su respuesta fue inmediata:

—Porque creemos que su esposa descubrió quién estaba detrás de los movimientos de dinero.

Se inclinó hacia mí.

—Y si estamos en lo correcto, Arthur, Lucia no murió dejando un secreto.

Hizo una pausa.

—Murió dejando una trampa.

En ese instante, Jorge recibió una alerta en su ordenador.

La abrió.

Su rostro cambió por completo.

—Arthur…

—¿Qué?

Jorge giró lentamente la pantalla hacia mí.

Alguien acababa de intentar transferir otros 180 millones de dólares.

Y la orden llevaba una autorización electrónica que solo podía haber sido generada desde mi propia casa.

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