PARTE 2: LA CUENTA QUE LO HUNDIÓ

Esperé hasta que el salón quedó casi vacío para abrir el sobre.

Doña María se sentó a mi lado.

Dentro había movimientos bancarios, copias de transferencias y una solicitud de crédito empresarial.

Al principio no entendí nada.

Luego vi mi nombre.

ELENA HERNÁNDEZ.

Debajo, una firma.

Mi firma.

Solo que yo nunca había firmado ese documento.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Qué es esto?

Doña María respiró hondo.

—Santiago lleva meses usando documentos tuyos para mover dinero de la constructora.

Seguí leyendo.

Había transferencias hacia una sociedad llamada VF Desarrollo.

Las iniciales me golpearon de inmediato.

Valentina Flores.

—No…

—Sí —dijo mi suegra—. Y eso no es lo peor.

Sacó otra hoja.

Era un contrato preliminar para vender parte de las acciones familiares.

Santiago pretendía usar el dinero para financiar un proyecto con Valentina.

Pero las garantías incluían propiedades de la familia.

Y una de ellas era la casa donde vivíamos.

—Pensaba dejarme con las deudas —susurré.

Doña María me miró con dureza.

—Pensaba dejarnos a todos con las deudas.

Por fin entendí su amenaza.

“Busca un buen abogado.”

No hablaba solo del matrimonio.

A la mañana siguiente, Santiago llegó a casa furioso.

—¿Dónde está mi madre?

Yo ya estaba esperándolo en la sala.

Frente a mí había dos abogados, un contador de la empresa y doña María.

Santiago se detuvo.

Su rostro cambió.

—¿Qué significa esto?

Empujé las copias hacia él.

—Significa que quiero saber por qué falsificaste mi firma.

Por primera vez en años, Santiago no tuvo una respuesta preparada.

—Elena, no entiendes cómo funcionan estas operaciones.

—Entonces explícamelo.

Se pasó una mano por el cabello.

—Era temporal.

Doña María soltó una carcajada seca.

—¿Robarnos temporalmente?

—¡No robé nada!

El contador abrió una carpeta.

—Hay más de diecisiete millones de pesos transferidos a empresas relacionadas con la señorita Flores.

Santiago palideció.

—Eso es inversión.

—Sin autorización del consejo —respondió uno de los abogados.

Entonces sonó el teléfono de Santiago.

Miró la pantalla.

Valentina.

No contestó.

Volvió a sonar.

Después llegó un mensaje.

Doña María sonrió.

—Contesta.

—No es asunto tuyo.

—Hazlo, hijo.

Santiago abrió finalmente el mensaje.

Su rostro se volvió blanco.

—¿Qué pasa? —pregunté.

No respondió.

Así que doña María tomó su teléfono de la mesa.

Leyó el mensaje en voz alta.

“Las cuentas están congeladas. ¿Qué hiciste? Llámame ahora.”

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Santiago me miró.

—¿Tú hiciste esto?

Negué con la cabeza.

—Yo apenas descubrí la verdad anoche.

Doña María se puso de pie.

—Fui yo.

Santiago la miró como si no la reconociera.

—Mamá…

—Esta empresa la construyó tu padre durante cuarenta años. No voy a dejar que la destruyas para impresionar a una mujer.

—Valentina no tiene nada que ver.

El contador deslizó otra hoja.

—Curioso. Porque aparece como beneficiaria en cuatro sociedades.

Santiago dejó de hablar.

Yo lo observé.

La noche anterior me había dolido verlo entrar con Valentina.

Ahora comprendía que aquella humillación había sido lo menos grave.

Mi matrimonio no estaba simplemente roto.

Había sido utilizado.

Me quité el anillo.

Lo coloqué sobre la mesa.

—Elena, espera.

—No.

—Podemos arreglarlo.

—¿Qué parte? ¿La infidelidad, la falsificación o las deudas?

Su rostro se endureció.

—No vas a quitarme todo.

Lo miré fijamente.

—Yo no quiero quitarte nada.

Me levanté.

—Solo quiero asegurarme de que respondas por lo que hiciste.

Doña María tomó mi mano.

—Y no estarás sola.

Santiago miró a su madre con incredulidad.

—¿La eliges a ella antes que a tu propio hijo?

Doña María tardó unos segundos en responder.

—Estoy eligiendo lo correcto.

Aquella frase terminó de destruirlo.

Meses después, Santiago perdió su puesto en la constructora mientras las transferencias seguían bajo investigación.

Valentina desapareció en cuanto comprendió que ya no había dinero fácil.

Y yo presenté el divorcio.

La última vez que vi a Santiago fue afuera del despacho de abogados.

—Todo esto empezó porque mi madre te defendió aquella noche —dijo con amargura.

Negué lentamente.

—No, Santiago.

Lo miré por última vez.

—Todo esto empezó cuando pensaste que humillarme era gratis.

Me alejé sin mirar atrás.

Y entonces entendí por qué doña María había guardado aquel sobre azul durante toda la cena.

No estaba esperando el momento de salvar mi matrimonio.

Estaba esperando el momento de mostrarme que ya no quedaba ninguno que salvar.

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