PARTE 2: LA CRUZ ROJA

Mariana dejó caer el sobre sobre el escritorio de la dirección.

Las manos le temblaban tanto que apenas podía respirar.

Damián tomó la fotografía con una calma que no sentía.

Luz dormía abrazada al mismo jaguar morado que le había regalado durante el funeral.

Alguien había tomado la imagen desde el exterior de la ventana.

No era una fotografía robada al azar.

Era un mensaje.

Y la cruz roja pintada sobre el rostro de la niña no dejaba espacio para interpretaciones.

—¿Quién puede hacer algo así? —preguntó Mariana, con la voz quebrada.

Damián no respondió de inmediato.

Observó el borde de la fotografía.

El papel era grueso.

De laboratorio profesional.

En la esquina inferior había un diminuto sello que casi nadie habría notado.

Él sí.

Conocía ese sello desde hacía veinte años.

—Ya sé quién la envió.

Mariana levantó la vista.

—¿Quién?

—Alguien que quiere que deje de venir aquí.

Ella sintió un escalofrío.

—¿Tu gente?

Damián negó lentamente.

—Peor.

Guardó la fotografía dentro del sobre.

—Mi propia familia.

El silencio cayó entre los dos.

Desde el patio llegaban las risas de los niños jugando fútbol con un balón desgastado.

Ese sonido hacía que la amenaza resultara todavía más cruel.

Mariana respiró hondo.

—Si esto tiene que ver contigo, vete.

Él la miró sorprendido.

—¿Qué?

—Si desapareces de nuestras vidas, quizá ellos nos dejen tranquilos.

Damián bajó la cabeza unos segundos.

Era exactamente la decisión lógica.

También era la que más le dolía.

Porque por primera vez en muchos años había encontrado un lugar donde nadie esperaba dinero, favores ni miedo.

Solo lo trataban como a una persona.

—No funciona así —contestó finalmente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque los conozco.

Se acercó a la ventana.

Dos niños discutían por quién sería el portero.

Luz corría detrás de ellos riéndose.

Ni siquiera imaginaba que alguien la estaba utilizando para enviar un mensaje.

—Cuando alguien de mi mundo marca un objetivo…

Hizo una pausa.

—…no deja de perseguirlo aunque yo desaparezca.

Mariana sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Entonces mi hija ya está condenada.

—No.

La voz de Damián sonó firme.

—Mientras yo respire, nadie la va a tocar.

Ella soltó una risa amarga.

—¿Y debo confiar en un hombre cuya familia vive de sembrar miedo?

La pregunta golpeó más fuerte que cualquier insulto.

Damián no intentó defenderse.

—No.

Mariana frunció el ceño.

Él continuó.

—No tienes por qué confiar en mí.

—Entonces, ¿qué propones?

—Que confíes en lo que haga.

Antes de que pudiera responder, uno de los voluntarios entró corriendo.

—¡Directora!

Los dos giraron al mismo tiempo.

—Hay unos hombres afuera preguntando por Luz.

Mariana palideció.

Damián salió primero.

Frente al portón azul había una camioneta blanca sin placas.

Tres hombres vestidos con trajes oscuros fingían revisar unos documentos.

Uno de ellos levantó la vista.

Sonrió al reconocer a Damián.

Era Iván Leal.

El hijo de Mauricio.

El muchacho con quien Damián había crecido como si fuera un hermano.

Iván dio unos pasos hacia el portón.

—Qué casualidad encontrarte aquí.

—¿Qué haces?

—Solo vine a conocer el lugar que tanto te gusta.

Sus ojos recorrieron el patio.

Se detuvieron exactamente sobre Luz.

La niña seguía jugando sin darse cuenta de nada.

Damián avanzó hasta quedar frente a Iván.

—Mírala otra vez y te vas.

Iván sonrió con tranquilidad.

—No puedes hablarme así.

—¿Por qué no?

—Porque tu padre ya no está.

Se inclinó apenas hacia él.

—Y el verdadero dueño del imperio todavía no eres tú.

Damián no reaccionó.

Pero aquellas palabras encendieron todas las alarmas en su cabeza.

Iván nunca se habría atrevido a desafiarlo en público.

Solo podía hacerlo si alguien mucho más poderoso lo respaldaba.

—¿Mauricio te mandó?

Iván soltó una carcajada.

—Mi padre ya no recibe órdenes de muertos.

Subió a la camioneta.

Antes de cerrar la puerta dijo una última frase.

—Abre la caja número siete, Damián.

Descubrirás que el viejo Rogelio nunca fue quien tú creías.

La camioneta arrancó levantando polvo.

Damián permaneció inmóvil.

Había escuchado exactamente las mismas palabras en la carta de su padre.

Pero ahora sonaban completamente diferentes.

Porque, si Mauricio también conocía la existencia de la caja siete…

Significaba que llevaba años esperando el momento en que Damián la abriera.

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