PARTE 2: LA CREDENCIAL QUE CAMBIÓ TODA LA EMBOSCADA

La manija giró lentamente.

Marisol levantó un dedo pidiendo silencio.

Rogelio sintió por primera vez en muchos años algo parecido al miedo.

No por los hombres armados.

Sino porque ya no sabía en quién podía confiar.

La puerta del vestidor comenzó a abrirse.

Un centímetro.

Dos.

Una linterna recorrió los trajes colgados.

—Aquí tampoco hay nadie —murmuró uno de los hombres.

Julián no quedó convencido.

—Revisen bien.

El haz de luz pasó a menos de un metro del rostro de Rogelio.

Marisol permanecía inmóvil.

Con una mano sostenía la pequeña pistola.

Con la otra mantenía el teléfono oculto entre el mandil.

Entonces sonó un golpe seco en la planta baja.

Uno de los hombres gritó desde el pasillo:

—¡Julián! ¡Ven a ver esto!

Él soltó un insulto y salió del dormitorio.

La puerta volvió a cerrarse.

Marisol dejó escapar el aire lentamente.

—Tenemos muy poco tiempo.

Rogelio la sujetó del brazo.

—¿Quién eres?

Ella lo miró unos segundos.

Después metió la mano en el bolsillo interior del mandil.

Sacó una pequeña cartera negra.

La abrió apenas lo suficiente para que él pudiera verla.

Dentro había una credencial oficial.

No alcanzó a leer todos los datos.

Solo distinguió un escudo.

Una fotografía de Marisol.

Y una leyenda que bastó para dejarlo sin palabras.

Unidad Especial de Investigación.

Volvió a guardarla inmediatamente.

—Mi nombre no es Marisol.

Rogelio frunció el ceño.

—¿Desde cuándo estás en mi casa?

—Tres años.

Aquella respuesta cayó como una losa.

Tres años.

Todo ese tiempo sirviéndole café.

Limpiando los pisos.

Escuchando conversaciones.

Pasando completamente desapercibida.

—¿Me estuviste vigilando?

Ella negó con serenidad.

—Al principio sí.

Hizo una pausa.

—Después empecé a vigilar a los que lo rodeaban.

Rogelio permaneció en silencio.

No sabía qué le sorprendía más.

Que una agente hubiera vivido bajo su techo durante tres años…

O que ninguno de sus hombres lo hubiera descubierto.

Marisol volvió a mirar la puerta.

—Escúcheme bien.

Su voz cambió.

Ya no hablaba como una empleada.

Hablaba como alguien acostumbrado a dar instrucciones.

—Esta noche no vinieron a robarle.

—Eso ya lo sé.

Ella negó.

—No.

Se inclinó un poco más hacia él.

—Vinieron porque alguien ya cobró por su muerte.

Rogelio sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Marisol sacó nuevamente el teléfono.

Abrió una fotografía.

Se la mostró apenas un segundo.

Era una transferencia bancaria.

Una cifra millonaria.

Y un concepto escrito en el comprobante.

Pago inicial.

Beneficiario: un nombre que Rogelio conocía demasiado bien.

Teresa Beltrán.

Su esposa.

Él cerró los ojos.

Durante unos segundos no dijo nada.

Luego preguntó con una calma que asustaba más que cualquier grito:

—¿Ella también?

Marisol respondió sin rodeos.

—Tenemos indicios de que sí.

Antes de que pudiera añadir algo más, se escuchó la voz de Julián desde el pasillo.

—¡Registren otra vez arriba!

Los pasos comenzaron a acercarse.

Marisol guardó el teléfono.

—Escuche con atención.

Le entregó un pequeño auricular transparente.

—Dentro de treinta segundos se cortará la electricidad.

Rogelio la miró sorprendido.

—¿Fuiste tú?

Ella negó.

—No.

Su equipo.

Por primera vez en toda la noche, Rogelio comprendió que la mujer a la que había considerado invisible durante tres años no estaba improvisando.

Llevaba meses preparándose para aquella noche.

Y, mientras Julián creía estar cazando a su tío dentro de la casa…

Alguien más llevaba mucho tiempo reuniendo pruebas contra toda la familia.

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