La imagen se acercó.
Reconocí inmediatamente el borde grabado de la copa.
Era la misma que Sylvia llevaba cada mañana a mi habitación.
El Dr. Reed observó la pantalla durante varios segundos.
—¿Bebías de esa copa todos los días?
Asentí.
—Siempre decía que era una mezcla para fortalecer al bebé.
La expresión de la doctora se endureció.
—Necesito que recuerdes exactamente desde cuándo.
—Desde el cuarto mes.
La enfermera dejó de escribir.
El teléfono de Aaron volvió a sonar en mi bolso.
Esta vez no contesté.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
El Dr. Reed se acercó y bajó la voz.
—Todavía no puedo decirte qué contiene esa bebida. Pero hay algo más preocupante.
Señaló la pantalla del ultrasonido apagado.
—La estructura que encontré no apareció por casualidad.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Necesitamos comparar tus estudios anteriores.
Me quedé inmóvil.
—Aaron los tiene.
La doctora me miró directamente.
—Exactamente.
En ese instante, la puerta de la clínica recibió otro golpe.
—¡Anna! —gritó Aaron—. ¡Sé que estás ahí!
La enfermera comprobó el monitor.
—Está intentando entrar por la puerta lateral.
El Dr. Reed tomó rápidamente mi teléfono.
—¿Tienes acceso a alguna cuenta médica que él no controle?
Pensé unos segundos.
—Mi correo personal.
—Ábrelo.
Lo hice.
Había docenas de informes médicos archivados.
Busqué los estudios de los primeros meses de embarazo.
Uno de ellos mostraba una ecografía realizada cuando tenía doce semanas.
La abrimos.
El Dr. Reed palideció.
—Esto fue manipulado.
—¿Qué?
Amplió la imagen.
—Mira la fecha.
La fecha coincidía.
Pero el archivo había sido modificado tres semanas después.
—Alguien reemplazó la imagen original.
Mi respiración se aceleró.
—¿Por qué?
La doctora no respondió.
Revisó otro archivo.
Luego otro.
Todos habían sido alterados.
Entonces apareció un informe que yo nunca había visto.
Tenía el nombre de Aaron como médico responsable.
Y debajo había una anotación escrita a mano.
La enfermera la leyó en voz alta:
—“Eliminar evidencia antes de la próxima revisión”.
Sentí que el cuerpo entero se me congelaba.
—¿Qué evidencia?
Antes de que el Dr. Reed pudiera responder, la puerta principal se abrió violentamente.
Aaron había conseguido entrar.
Sylvia estaba detrás de él.
Pero ninguno de los dos parecía furioso.
Parecían desesperados.
Aaron avanzó por el pasillo.
—Anna, tenemos que irnos.
El Dr. Reed se interpuso.
—No va a ninguna parte.
Aaron la miró fijamente.
—Doctora, no sabe con quién está tratando.
—Sí sé.
La doctora levantó el teléfono.
—Y ahora también sé lo que usted intentó ocultar.
Aaron se quedó inmóvil.
Sylvia dejó caer la copa.
El metal golpeó el suelo.
Dentro había una pequeña bolsa transparente.
Y en su interior, una sustancia blanca que la enfermera reconoció inmediatamente.
—Doctor…
El Dr. Reed miró a Aaron.
—¿Por qué estaba llevando esto al hospital?
Aaron no respondió.
Entonces Sylvia hizo algo inesperado.
Se volvió hacia mí.
Y con lágrimas en los ojos susurró:
—Anna, tienes que escucharme.
Señaló a su propio hijo.
—Él no fue quien empezó esto.
Aaron cerró los ojos.
—Mamá, cállate.

Ella negó con la cabeza.
—Ya no puedo.
Luego me miró directamente.
—La persona que ordenó todo esto fue alguien que tú jamás sospecharías.
Y entonces pronunció un nombre que hizo que el mundo entero se detuviera.