Rebeca sintió que el teléfono le temblaba entre las manos.
Volvió a reproducir el audio.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
No había duda.
Era la voz de doña Ofelia.
—Mañana la declaramos inestable, le quitamos la empresa y asunto arreglado.
Después se escuchó la risa de una mujer.
La voz de una de las tías respondió:
—¿Y si denuncia lo del restaurante?
Doña Ofelia soltó una carcajada.
—¿Quién va a creerle? Todos vimos cómo exageró. Además, Adrián solo intentó calmarla.
Entonces apareció la voz de Adrián.
Fría.
Segura.
—Con el historial médico que ya preparamos, cualquier juez pensará que perdió el control.
Rebeca dejó de respirar.
—¿Historial médico? —susurró.
La abogada Camila levantó la vista.
—¿Qué historial?
El video continuó.
Doña Ofelia respondió con absoluta tranquilidad.
—El psiquiatra firmará lo mismo que firmó hace cuatro años.
Rebeca sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Cuatro años.
Exactamente cuando comenzó su matrimonio.
Camila tomó una libreta.
—Rebeca…
¿Alguna vez te internaron?
Ella negó inmediatamente.
—Nunca.
—¿Alguna evaluación psiquiátrica?
—Jamás.
Camila frunció el ceño.
—Entonces alguien está utilizando documentos falsos.
En ese momento, el número desconocido volvió a escribir.
“No vea solo el audio. Mire el video completo.”
Rebeca abrió el archivo.
La grabación comenzaba segundos después de que ella abandonara el restaurante.
La cámara permanecía escondida detrás de la barra.
Nadie parecía notar que el mesero seguía grabando.
Adrián regresó a la mesa limpiándose las manos con una servilleta.
Su madre levantó la copa.
—Ahora sí podemos cenar tranquilos.
Varias personas rieron con incomodidad.
Entonces habló el padre de Adrián, don Ernesto.
Hasta ese momento había permanecido en silencio.
—Te pasaste.
La mesa quedó inmóvil.
Adrián respondió sin mirarlo.
—Era necesario.
Ernesto golpeó suavemente la mesa con los dedos.
—La humillaste delante de cuarenta personas.
Doña Ofelia intervino enseguida.
—Si no la rompemos ahora, nunca firmará.
Firmará.
Camila detuvo el video.
—¿Firmar qué?
Rebeca sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
No tenía idea.
Reanudaron la grabación.
Adrián sacó una carpeta negra de su portafolio.
La dejó sobre la mesa.
—Después de esto aceptará vender sus acciones.
Doña Ofelia sonrió.
—Y cuando la empresa quede a tu nombre, ya podremos pedir el divorcio.
El silencio llenó la oficina de la abogada.
Rebeca cerró los ojos.
Así que nunca había sido un matrimonio.
Había sido un plan.
Un plan que llevaba años preparándose.
Camila hizo una copia inmediata del archivo.
—Esto cambia completamente el caso.
Pero el mensaje del desconocido aún no había terminado.
Llegó otro video.
Mucho más corto.
Solo duraba doce segundos.
Era la cocina del restaurante.
Se veía claramente al joven mesero guardando el teléfono cuando un hombre de traje se acercó apresuradamente.
Era el gerente.
—Dame ese celular.
—¿Por qué?
—Porque grabaste algo que no debías.
El muchacho retrocedió.
—No pienso borrarlo.
El gerente bajó la voz.
—La señora Ofelia es socia del restaurante.
Si ese video sale de aquí, mañana ya no tendrás trabajo.
La imagen terminó bruscamente.
Rebeca volvió a mirar el número desconocido.
Escribió un mensaje.
“¿Quién es usted?”
La respuesta llegó menos de un minuto después.
“El mesero ya no trabaja allí.”
Otro mensaje.
“Lo despidieron esa misma noche por negarse a borrar la grabación.”
Camila intercambió una mirada con Rebeca.
—Necesitamos encontrarlo.
Antes de que pudieran responder, apareció un último mensaje.
No era texto.
Era una fotografía.

En ella se veía al joven mesero sentado dentro de un automóvil.
Tenía un vendaje sobre la ceja y un hematoma en el pómulo izquierdo.
Debajo de la imagen solo había una frase:
“No lo golpearon por grabar el video.”
“Lo golpearon porque escuchó el verdadero motivo por el que Adrián necesitaba que Rebeca desapareciera.”