El cuarto quedó en silencio.
Ni los monitores cardíacos parecían hacer ruido.
Elías sintió que las piernas le fallaban.
—¿Qué acabas de decir, Sofía?
La niña lo miró con la inocencia de quien no entiende el peso de sus propias palabras.
—Lo que dijo la abuelita.
Valeria permaneció inmóvil.
Había aprendido a controlar el pulso durante cirugías complicadas, pero aquella frase le hizo sentir un frío imposible de ocultar.
Se acercó despacio a la cama.
—Mi amor, ¿cuándo escuchaste eso?
Sofía abrazó con fuerza la cobija.
—El domingo.
—¿Dónde?
—En casa de la abuelita.
Elías tragó saliva.
Su madre acostumbraba reunir a la familia todos los domingos.
Nunca imaginó que una conversación así hubiera ocurrido delante de la niña.
—¿Quién estaba con ella?
Sofía comenzó a contar con los dedos.
—La abuelita… el tío Rodrigo… y una señora que no conocía.
Valeria intercambió una mirada con Elías.
—¿Recuerdas qué más dijeron?
La pequeña asintió.
—La abuelita dijo que, si tú aparecías otra vez, iban a arreglar el problema antes de que naciera el bebé.
Elías sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Qué problema?
—Tú.
Sofía señaló el vientre de Valeria.
—Y la bebé.
El silencio volvió a caer sobre la habitación.
Elías cerró los ojos unos segundos.
Conocía a su madre.
Sabía que podía ser controladora.
Que nunca aceptó su relación con Valeria.
Pero aquello era distinto.
Era mucho más grave.
Valeria respiró profundamente antes de hablar.
—Sofía, ¿alguien te pidió que no contaras esto?
La niña bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Quién?
—La abuelita.
—¿Qué te dijo?
—Que los niños buenos guardan los secretos de la familia.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
Se inclinó para acomodarle la cobija.
—Escúchame muy bien.
Nunca haces algo malo por decir la verdad.
La verdad nunca es un error.
Sofía asintió despacio.
En ese momento llamaron a la puerta.
Entró una enfermera con una carpeta.
—Doctora Torres, llegaron los resultados de laboratorio.
Valeria tomó el expediente.
Lo abrió distraídamente.
Pero apenas leyó la primera hoja, su expresión cambió.
La enfermera lo notó enseguida.
—¿Ocurre algo?
Valeria volvió a revisar el documento.
Después levantó lentamente la vista hacia Elías.
—¿Sofía toma algún medicamento de forma permanente?
Él negó.
—No.
—¿Estás completamente seguro?
—Sí.
Valeria volvió a mirar los resultados.
Había una sustancia en la sangre de la niña que no correspondía con el tratamiento recibido en urgencias.
No era una concentración alta.
Pero tampoco era normal.
—Necesito repetir estos estudios inmediatamente.
Elías dio un paso al frente.
—¿Por qué?
Valeria cerró la carpeta.
No quería alarmar a Sofía.
—Porque apareció un medicamento que nadie reportó al ingreso.
Elías frunció el ceño.
—¿Qué medicamento?
Valeria dudó unos segundos antes de responder.
—Un sedante.
El cuarto volvió a quedarse completamente en silencio.
Sofía levantó la mano con timidez.
—Creo que sé por qué.
Los dos adultos la miraron al mismo tiempo.
—Antes de ir a la escuela…
La abuelita me dio un juguito.
Dijo que era para que estuviera tranquila y no hablara tanto.
Elías sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
Valeria llamó de inmediato a la enfermera.
—Quiero toxicología completa.
Y avisen al jefe de pediatría.
Ahora.
La enfermera salió corriendo.
Elías permanecía inmóvil junto a la cama de su hija.
Por primera vez en muchos años, el miedo que sentía ya no era por una empresa, un contrato o una reputación.
Era por sus hijos.
Por Sofía.
Y por la bebé que aún no había nacido.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un nombre.
Mamá.
Valeria alcanzó a verlo.
Elías dejó sonar el teléfono unos segundos.
Después contestó.
No tuvo tiempo de decir una sola palabra.
Del otro lado, su madre habló con una tranquilidad que le heló la sangre.

—¿Ya viste a Valeria?
Porque todavía estamos a tiempo de impedir que ese bebé venga a complicarlo todo.