La pluma apenas dejó una línea temblorosa sobre el papel.
El notario esperó pacientemente.
Después confirmó mi identidad frente a la cámara.
—Señor Ernesto Salgado, ¿firma este documento de manera libre y consciente?
Asentí.
—Sí.
Mi voz apenas era un susurro.
Pero quedó perfectamente registrada.
El hombre guardó el testamento dentro del portafolio y sacó otro documento.
—Ahora necesitamos grabar su declaración.
Miré directamente a la cámara.
—Si mi muerte ocurre antes de que los médicos determinen una causa natural plenamente acreditada, solicito que ninguna de mis propiedades sea entregada hasta concluir una investigación pericial independiente.
El notario levantó la vista.
Era una cláusula que yo mismo había pedido agregar aquella madrugada.
Continué hablando.
—Y si se demuestra que cualquier heredero participó directa o indirectamente en acelerar mi fallecimiento, quedará automáticamente excluido de toda sucesión.
La habitación quedó en silencio.
Mateo me observó sin decir una palabra.
Entonces saqué lentamente mi teléfono de debajo de la sábana.
—También quiero entregar esto.
El notario conectó el aparato a su computadora.
Presionó reproducir.
La voz de Valeria llenó la habitación.
—La digoxina hizo su trabajo… en dosis equivocadas destruye el corazón.
Después se escuchó su risa.
—Iván y yo ya elegimos una casa en Los Cabos.
Mateo dejó de respirar.
El notario cerró inmediatamente la computadora.
—Esto cambia completamente el procedimiento.
Guardó una copia del audio en un dispositivo cifrado.
Luego otra.
Y una tercera.
—Nadie podrá eliminar esta evidencia.
…
Esa misma tarde, Valeria regresó al hospital con un enorme ramo de flores blancas.
Entró llorando.
Tomó mi mano.
Besó mi frente delante de las enfermeras.
—Mi amor…
Voy a cuidarte hasta el final.
Si no hubiera escuchado su confesión horas antes, quizá habría vuelto a creerle.
El médico entró detrás de ella.
Revisó mis signos vitales.
Frunció el ceño.
—Extraño…
Valeria levantó la mirada.
—¿Qué ocurre, doctor?
—Los niveles de digoxina bajaron de forma inesperada.
Ella quedó completamente inmóvil.
—¿Cómo dice?
—La concentración en sangre es mucho menor que ayer.
Eso no debería suceder tan rápido.
Vi cómo el color abandonaba lentamente su rostro.
No sabía que, después de su confesión, el cardiólogo había suspendido toda la medicación para repetir los análisis.
…
Aquella noche, Mateo regresó a mi habitación.
Traía una carpeta nueva.
—Don Ernesto…
El laboratorio entregó los resultados preliminares.
Me incorporé con dificultad.
—¿Qué dicen?
—Confirman intoxicación por digoxina.
Pero hay algo más.
Abrió el informe.
—La dosis encontrada no corresponde al tratamiento que aparece en su expediente médico.
Sentí un escalofrío.
Eso significaba que alguien había añadido medicamento fuera del protocolo.
No era una complicación.
Era un intento de homicidio.
…
A la mañana siguiente, Valeria llegó acompañada de Iván.
Creían que yo seguía sin poder hablar.
No sabían que el biombo de la habitación ocultaba al notario y a dos agentes de la Fiscalía.
Ella volvió a inclinarse sobre mi cama.
—Resiste un poquito más.
Solo falta firmar unos papeles del banco.
Iván sonrió.
—Después venderemos la fábrica primero.
Ya encontramos comprador.
Cerré los ojos, fingiendo debilidad.
Valeria acercó aún más su rostro.
—No te preocupes.
En dos días todo habrá terminado.
Fue entonces cuando una voz sonó desde detrás del biombo.
—Sí.
Pero no de la forma que usted imagina.
Los dos se giraron sobresaltados.
El notario salió primero.
Detrás de él aparecieron los agentes.
Valeria dio un paso hacia atrás.
—¿Qué significa esto?
Uno de los investigadores levantó una carpeta.
—Significa que acabamos de escuchar una conversación muy interesante.
Pero lo que terminó de destruir la tranquilidad de Valeria no fue ver a la Fiscalía.
Fue escuchar la siguiente frase del notario.

—Señora Valeria Salgado…
Usted ya no figura como heredera en el último testamento.
Y tampoco sabe quién heredó realmente los ochenta y dos millones de pesos.