PARTE 2: LA CLÁUSULA OLVIDADA

Sergio volvió a leer el párrafo.

Una vez.

Dos.

Tres.

Las palabras seguían allí.

No eran una interpretación.

No eran una esperanza.

Era una cláusula redactada por el mismo despacho que Mariana había insistido en contratar antes de la boda.

En aquel entonces ella había dicho:

—No quiero que, si algún día nos va bien, alguien piense que estoy contigo por interés.

Qué irónico sonaba ahora.

Guardó cuidadosamente el acuerdo prenupcial.

Luego abrió la carpeta del banco.

La solicitud del crédito por dos millones doscientos mil pesos seguía sin una sola firma.

Solo faltaba la suya.

Tomó el teléfono.

Marcó al ejecutivo bancario.

—Buenas noches, licenciado.

—Disculpe la hora. Necesito cancelar inmediatamente cualquier trámite relacionado con ese crédito.

—¿Ocurrió algún problema?

Sergio respiró hondo.

—Cambiaron las circunstancias.

El ejecutivo confirmó la cancelación provisional.

Colgó.

Cinco minutos después sonó otro mensaje.

Era Mariana.

“¿Amor, viniste al hospital? La enfermera me dejó unas flores. Gracias. Te amo.”

Sergio observó la pantalla durante varios segundos.

Aquellas dos palabras ya no significaban nada.

Respondió únicamente:

“Descansa. Mañana hablamos.”

A la mañana siguiente llegó al despacho de Mauricio exactamente a las ocho.

Su amigo ya lo esperaba con café recién hecho.

Bastó una mirada para entender que la situación era grave.

—Cuéntamelo todo.

Sergio no omitió un solo detalle.

Las flores.

La conversación.

Alejandro.

La casa.

El crédito.

Y el acuerdo prenupcial.

Mauricio permaneció en silencio hasta el final.

Después abrió una libreta.

—Primero.

Escribió una palabra.

Patrimonio.

—Nadie firma absolutamente nada.

Escribió otra.

Pruebas.

—Necesitamos demostrar que existía un engaño antes de solicitar el crédito.

Sergio asintió.

—Solo tengo lo que escuché.

Mauricio sonrió apenas.

—Tal vez tengas más de lo que crees.

Abrió una carpeta.

—¿Recuerdas que hace seis meses ayudé a una empresa de organización de eventos?

Sergio frunció el ceño.

—Sí.

—La dueña era Mariana.

Le mostró varios contratos.

—Ella me pidió revisar los documentos de constitución de la empresa.

Sergio sintió un escalofrío.

—¿Y?

Mauricio colocó sobre el escritorio una copia del acta constitutiva.

—Nunca te hizo socio.

El silencio llenó la oficina.

—¿Qué?

—Todo estaba únicamente a su nombre.

Incluso el proyecto que, según ella, era “el sueño de los dos”.

Sergio bajó la mirada.

No le dolía el dinero.

Le dolía descubrir que llevaba años siendo un espectador de una vida que creía compartir.

Mauricio continuó revisando los documentos.

Entonces encontró algo que hizo que levantara las cejas.

—Espera…

Sacó una factura.

Luego otra.

Después una reserva de hotel.

Todas estaban emitidas un mes antes.

Destino.

San Miguel de Allende.

Sergio reconoció inmediatamente ese viaje.

Había sido él quien lo pagó.

Mariana le dijo que asistiría a una feria internacional de bodas.

Mauricio giró lentamente una de las hojas.

La factura tenía dos huéspedes.

Mariana Cárdenas.

Alejandro Fuentes.

Sergio sintió un vacío en el pecho.

—Entonces… ya estaban juntos.

—Al menos desde hace un mes.

Mauricio guardó todos los documentos.

—Y probablemente desde antes.

En ese instante sonó el teléfono de Sergio.

Era Mariana.

Contestó.

—¿Dónde estás?

Su voz sonaba dulce.

Cariñosa.

Como si la conversación del hospital nunca hubiera existido.

—En el trabajo.

Mintió con absoluta tranquilidad.

—Perfecto.

Ella rió suavemente.

—Cuando salga del hospital quiero que vayamos al banco.

Hay que aprovechar que ya aprobaron el crédito.

Sergio cerró los ojos apenas un segundo.

—Claro.

—Sabía que podía confiar en ti.

Colgó.

Mauricio dejó lentamente su taza sobre el escritorio.

—¿Qué vas a hacer?

Sergio observó las escrituras de la casa que había restaurado con las manos de su abuelo.

Luego miró el acuerdo prenupcial.

Y finalmente las facturas del viaje.

—Lo mismo que ella.

—¿Mentir?

Él negó despacio.

—Esperar.

Porque quien cree que ya ganó siempre deja de esconderse.

Y Sergio acababa de comprender que la verdadera batalla no era demostrar una infidelidad.

Era descubrir hasta dónde llegaba el plan que Mariana llevaba meses construyendo… usando su casa, su confianza y su apellido.

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