PARTE 2: LA CLÁUSULA DEL TRAIDOR

Leonardo sonreía mientras salía del estacionamiento del Hospital Ángeles.

Por primera vez en meses sentía que todo estaba saliendo exactamente como lo había planeado.

Mariana desaparecería de su vida.

Los trillizos serían un asunto de abogados.

Y muy pronto podría vivir públicamente con Valeria.

Ni siquiera había recorrido cinco calles cuando sonó su teléfono.

En la pantalla apareció un nombre que no esperaba.

Notaría Guzmán.

Contestó con desgano.

—¿Sí?

—Licenciado Santillán, necesitamos que se presente hoy mismo en la lectura de un instrumento privado relacionado con el patrimonio familiar.

Él frunció el ceño.

—¿Qué patrimonio?

—El fideicomiso constituido por el señor Arturo Robles.

Leonardo sonrió con suficiencia.

Arturo.

Su suegro.

El hombre que llevaba años enfermo y que siempre había confiado en él.

—Perfecto. Estaré ahí en una hora.

Colgó sin darle importancia.

Incluso escribió a Valeria.

“Primero resolveré un trámite. Después celebramos.”


A las diez y media de la mañana entró en la notaría.

Lo esperaban tres personas.

El notario.

La contadora del grupo Robles.

Y un hombre de cabello completamente blanco que Leonardo apenas reconoció.

Era Ignacio Salas.

El abogado personal de Arturo desde hacía más de treinta años.

Nadie sonreía.

—¿Dónde está mi suegro? —preguntó Leonardo.

Ignacio respondió con serenidad.

—En terapia intensiva del mismo hospital donde dejó a su hija.

Leonardo desvió la mirada.

—Entonces hagan esto rápido.

El notario abrió una carpeta gruesa.

—Antes de iniciar, necesitamos confirmar un hecho.

—¿Cuál?

—¿Ratifica usted que desde las nueve con diecisiete minutos de esta mañana promovió la ejecución de la cláusula de divorcio previamente pactada con la señora Mariana Robles?

—La ratifico.

El notario hizo una pequeña anotación.

Después abrió un sobre lacrado con el sello de la familia Robles.

—Entonces debo proceder.

Leonardo comenzó a impacientarse.

—¿Proceder con qué?

Ignacio colocó sobre la mesa un documento firmado ocho años atrás.

—Con la activación de la cláusula séptima del fideicomiso patrimonial.

Leonardo soltó una pequeña risa.

—No tengo idea de qué están hablando.

El abogado comenzó a leer.

—”En caso de que cualquier cónyuge abandone, traicione o solicite la disolución del matrimonio mientras uno de los beneficiarios directos se encuentre hospitalizado con riesgo vital derivado del nacimiento de un hijo común…”

Leonardo dejó de sonreír.

Ignacio continuó.

—”…quedará automáticamente excluido de todo beneficio económico, societario y sucesorio relacionado con el Grupo Robles.”

El silencio se volvió pesado.

Leonardo levantó lentamente la vista.

—Eso es absurdo.

La contadora colocó otra carpeta frente a él.

—No lo es.

Abrió una página marcada con varios separadores.

—Durante años usted creyó que el grupo constructor Santillán era el activo más importante del matrimonio.

Se equivocó.

Sacó un organigrama corporativo.

—El sesenta y dos por ciento de las acciones que permitieron el crecimiento de su empresa pertenecen, en realidad, al fideicomiso Robles.

Leonardo sintió un vacío en el estómago.

—Eso no puede ser.

—Sí puede.

La contadora pasó otra hoja.

—Su empresa utilizó líneas de crédito respaldadas por ese fideicomiso.

Los principales terrenos también fueron aportados por la familia Robles.

Y la garantía personal que permitió obtener los contratos más grandes fue firmada por don Arturo.

Leonardo comenzó a leer frenéticamente los documentos.

Cada página empeoraba la anterior.

Nunca había sido realmente el dueño absoluto del imperio que presumía.

Había sido su administrador.

Ignacio volvió a hablar.

—Hace años, cuando Mariana decidió casarse con usted, su padre aceptó ayudarlo.

Pero también dejó una condición.

Empujó el documento hacia él.

—La lealtad hacia su hija era el requisito para conservar ese patrimonio.

Leonardo golpeó la mesa.

—¡Esto es una trampa!

El notario negó con tranquilidad.

—No, señor Santillán.

Es un contrato que usted leyó, firmó y aceptó voluntariamente.

En ese momento sonó el teléfono de la contadora.

Respondió.

Escuchó unos segundos.

Después levantó la vista.

—Acaban de confirmar que el consejo extraordinario ya fue convocado.

Leonardo frunció el ceño.

—¿Qué consejo?

—El que designará un nuevo administrador del grupo.

—Yo soy el presidente.

—Lo era.

Ignacio cerró lentamente la carpeta.

—Desde el instante en que firmó el divorcio en esas circunstancias, dejó de cumplir los requisitos para ejercer el cargo.

El rostro de Leonardo perdió completamente el color.

Su teléfono vibró casi al mismo tiempo.

Era un mensaje del director financiero.

“Los bancos suspendieron temporalmente las líneas de crédito hasta aclarar el cambio de control corporativo.”

Otro mensaje.

“La Bolsa solicita información urgente.”

Y otro más.

“Los consejeros piden su renuncia inmediata.”

Leonardo levantó la vista con desesperación.

—Necesito hablar con Mariana.

Ignacio lo observó fijamente.

—Hace una hora decidió que ya no era su esposo.

Ahora tendrá que esperar, igual que todos los demás, para saber si ella decide volver a hablarle… si es que sobrevive.

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