Austin sostuvo con firmeza la pequeña mano de Jacey mientras se inclinaba hasta quedar a su altura.
—No voy a enviarte a ningún sitio. Desde este momento, nadie volverá a tocarte.
La niña lo observó durante unos segundos, buscando alguna señal de mentira en aquellos ojos que parecían incapaces de temblar.
Al final, asintió muy despacio.
Rosa la condujo hacia las escaleras, pero antes de desaparecer en el pasillo, Jacey volvió la cabeza.
—Mamá dijo que, si tú seguías vivo… todavía existía una posibilidad.
Aquellas palabras pesaron más que cualquier amenaza.
Cuando la puerta del piso superior se cerró, el inmenso vestíbulo quedó envuelto en un silencio inquietante.
Austin dobló cuidadosamente la carta de Elena y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
Luego miró a todos los hombres presentes.
—Nadie sale de la casa.
Bruno frunció el ceño.
—¿Crees que la siguieron?
—No.
Austin levantó lentamente la vista.
—Creo que el enemigo ya está aquí.
Nadie respondió.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando los enormes ventanales.
Austin caminó hasta su despacho privado.
Introdujo la llave.
Giró el picaporte.
La puerta se abrió.
Todo parecía exactamente igual.
Los libros.
El escritorio de nogal.
La caja fuerte empotrada.
Las fotografías familiares.
Pero algo no encajaba.
Se acercó despacio al escritorio.
Una pluma estaba ligeramente desplazada.
Apenas unos centímetros.
Demasiado poco para que cualquiera lo notara.
Excepto él.
Austin abrió el cajón secreto oculto bajo la superficie de madera.
Estaba vacío.
El disco duro cifrado que contenía años de registros sobre la organización Bullard había desaparecido.
Nadie conocía aquel compartimento.
Nadie…
Excepto dos personas.
Él.
Y Marcus Delaney.
Austin cerró lentamente el cajón.
No sintió rabia.
Eso habría sido más fácil.
Sintió decepción.
Quince años de lealtad acababan de desmoronarse en un segundo.
Bruno apareció en la puerta.
—Acaban de llamar desde el puerto.
Austin no apartó la vista del escritorio.
—¿Quién?
—Marcus.
Hubo un largo silencio.
—Dice que encontró una pista sobre Elena.
Austin dejó escapar una leve sonrisa.
No era una sonrisa amable.
Era la de un hombre que acababa de confirmar la peor de sus sospechas.
Sacó el teléfono y marcó un único número.
Al otro lado contestaron al instante.
—Aquí el director Hale.
Austin habló con una calma absoluta.
—Se acabó el juego.
—¿La encontraste?
—No.
Hizo una pausa mientras observaba la lluvia deslizarse por el cristal.
—Pero ya sé quién la entregó.
En ese mismo instante, arriba, Jacey abrió su vieja mochila para ponerse ropa seca.

Mientras buscaba entre sus pocas pertenencias, sus dedos rozaron un pequeño compartimento oculto que nunca había visto.
Lo abrió con curiosidad.
Dentro había una memoria USB envuelta en plástico y una nota escrita con la letra de Elena.
“Si Austin descubre al traidor… entrégale esto. Él aún no sabe quién es el verdadero enemigo.”