Declan Sullivan no durmió.
Intentó trabajar.
Revisó informes.
Firmó contratos.
Escuchó a dos capitanes discutir sobre rutas de transporte.
Pero cada cinco minutos miraba el reloj.
7:15.
7:32.
7:48.
8:01.
Y la única imagen que aparecía en su cabeza era Elena sentada frente a otro hombre.
Sonriendo.
Riéndose.
Mirándolo como jamás lo había mirado a él.
Aquello era ridículo.
Infantil.
Indigno.
Y aun así sentía algo oscuro creciendo dentro de su pecho.
A las ocho y veinte, Tomas apareció en el estudio.
—Sigues despierto.
—Estoy trabajando.
—Claro.
Declan levantó la vista.
—¿Tienes algo que decir?
—Sí.
Tomas se sentó sin pedir permiso.
Era uno de los pocos hombres que podían hacerlo.
—Si rompes las reglas por ella, la destruirás.
Declan permaneció callado.
—Y si sigues fingiendo que no la amas, te destruirás tú.
Aquello dolió más de lo que esperaba.
Porque era verdad.
Dos años.
Dos años observándola desde la distancia.
Dos años encontrando excusas para pasar por la cocina.
Dos años preguntando por detalles insignificantes solo para escucharla hablar.
Dos años protegiéndola de enemigos que ella ni siquiera sabía que existían.
Y dos años sin decir una sola palabra.
Porque ella merecía algo mejor que un hombre como él.
Al menos eso se repetía constantemente.
A las nueve y doce de la noche sonó el teléfono de la mansión.
No era Elena.
Era María.
La cocinera.
—Señor Sullivan.
—¿Qué pasa?
—La señorita Elena llamó.
Declan se puso de pie de inmediato.
—¿Está bien?
María pareció confundida por la velocidad de la pregunta.
—Sí.
Solo dijo que llegará más tarde.
La cena se alargó.
Aquello fue peor.
Mucho peor.
Porque significaba que la cita iba bien.
Demasiado bien.
A las diez y media, Declan ya había terminado una botella entera de whisky.
Sin sentir una sola gota.
A las once y cuarto, la puerta principal se abrió.
Elena entró.
Declan estaba esperándola en el vestíbulo.
Ni siquiera intentó fingir que no.
Ella se detuvo al verlo.
—Señor Sullivan.
—Llegaste tarde.
Elena parpadeó.
—Dije que volvería antes de medianoche.
—Son las once y diecisiete.
—Exactamente.
Declan apretó la mandíbula.
Aquello era insoportable.
Porque técnicamente ella tenía razón.
Y aun así quería discutir.
Solo para seguir escuchándola.
Elena dejó el bolso sobre una mesa lateral.
Parecía cansada.
Pero tranquila.
Extrañamente tranquila.
—¿La cena fue buena?
La pregunta salió demasiado rápido.
Demasiado directa.
Elena lo observó durante unos segundos.
Y algo cambió en su expresión.
Como si finalmente estuviera viendo algo que llevaba mucho tiempo oculto.
—Sí.
Declan sintió una punzada desagradable.
—Me alegra.
Mentira.
Completa mentira.
Ella bajó la mirada.
Y entonces sonrió.
Pequeño.
Suave.
Casi divertido.
—No te alegra.
El corazón de Declan se detuvo.
Porque era la primera vez.
La primera vez en dos años.
Que ella lo tuteaba.
Ella también pareció darse cuenta.
Pero no se retractó.
No corrigió la frase.
No volvió al “señor Sullivan”.
Simplemente sostuvo su mirada.
Y por primera vez, el silencio entre ellos no parecía profesional.
Parecía personal.
Peligrosamente personal.
—¿Quién era? —preguntó él.
Elena suspiró.
—Sigues obsesionado con eso.
—No he dicho que esté obsesionado.
—Llevas cuatro horas esperando en el vestíbulo.
Declan abrió la boca.
Y la volvió a cerrar.
Porque no tenía defensa.
Ninguna.
Ella caminó lentamente hacia la escalera.
—Buenas noches, Declan.
Otra vez.
Declan.
No señor Sullivan.
No jefe.
Declan.
Aquella simple palabra fue más devastadora que cualquier bala.
Pero justo cuando ella puso un pie en el primer escalón, él habló.
—¿Lo amas?
Elena se detuvo.
La mansión entera pareció contener la respiración.
—¿Qué?
—Al hombre de esta noche.
Ella permaneció inmóvil.
—¿Lo amas?
Por primera vez, la voz del hombre más temido de Milán sonó vulnerable.
Humana.
Casi rota.
Elena giró lentamente.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Comenzó a reír.
No una carcajada.
Una risa suave.
Incrédula.
Como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
Declan frunció el ceño.
—¿Qué tiene de gracioso?
—Dios mío…
Ella se cubrió la boca.
Todavía sonriendo.
—Llevas dos años aterrorizando media Italia y nunca te diste cuenta.
—¿De qué?
Los ojos de Elena brillaban.
Y por primera vez desde que llegó a la mansión, parecía completamente libre de miedo.
—No tuve una cita.
Declan se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Nunca tuve una cita.
—Dijiste…
—Dije que tenía planes para cenar.
Silencio.
—¿Con quién estabas?
La sonrisa de Elena se suavizó.
Y entonces sacó algo del bolso.
Una carpeta.
Vieja.
Gastada.
La misma carpeta que llevaba semanas escondiendo.
Se la entregó.
Declan la abrió.
Dentro había documentos médicos.
Resultados.
Informes.
Facturas.
Y una fotografía.
Una mujer mayor acostada en una cama de hospital.

Elena bajó la mirada.
—Mi madre.
Declan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Está enferma.
—Desde hace meses.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque trabajo para ti.
Aquello golpeó directamente en el corazón.
Porque esa era exactamente la distancia que él había construido.
Ella continuó.
—La cena era con ella.
La voz se quebró ligeramente.
—Le llevé sopa.
Me quedé acompañándola.
Eso era todo.
Declan cerró la carpeta lentamente.
Y por primera vez entendió algo devastador.
No estaba celoso de otro hombre.
Estaba celoso de una mentira creada por su propio miedo.
Elena observó su rostro.
Luego sonrió con tristeza.
—Buenas noches, Declan.
Y comenzó a subir las escaleras.
Pero esta vez él no la dejó ir.
—Elena.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
Declan respiró profundamente.
Como un hombre preparándose para saltar desde un precipicio.
Porque después de dos años ya no podía esconderse detrás de títulos, reglas ni muros.
—La próxima vez…
Ella esperó.
—La próxima vez que cenes con alguien importante para ti…
Elena lo observó en silencio.
—Me gustaría acompañarte.
Y por primera vez desde que llegó a aquella mansión, el hombre más poderoso de Milán dejó de sonar como un jefe.
Y empezó a sonar como un hombre enamorado.