Subí al apartamento, me duché y tiré la comida a la basura.
Después hice una sola llamada.
—Señor Harris, quiero iniciar el divorcio.
Mi abogado guardó silencio.
—¿Está segura?
—Completamente.
A la mañana siguiente, Adrian regresó como si nada hubiera ocurrido.
—¿Comiste lo que te envié?
Lo miré.
—Sí. Fue suficiente para entender cuánto vale este matrimonio para ti.
Frunció el ceño.
—¿Otra vez vas a empezar?
Coloqué los documentos sobre la mesa.
—No. Voy a terminar.
Cuando vio la palabra DIVORCIO, se rio.
—¿Por una cena?
Entonces le mostré la fotografía de Vanessa.
Su sonrisa desapareció.
—Eso fue una cena de trabajo.
—Perfecto. Entonces podrás explicárselo también al consejo.
Adrian palideció.
Había olvidado algo importante.
La empresa donde trabajaba no era suya.
Tres años antes, cuando atravesó una grave crisis financiera, mi padre había comprado silenciosamente el 41 % de las acciones para salvarla.
Después de su muerte, esas acciones pasaron a mí.
Adrian nunca preguntó quién era el accionista detrás del fondo.
Hasta aquella mañana.
Mi teléfono sonó.
Era el presidente del consejo.
—Señora, hemos terminado la revisión que solicitó.
Activé el altavoz.
—Encontramos gastos personales cargados a cuentas corporativas. Hoteles, restaurantes y viajes relacionados con la señorita Vanessa.
Adrian dejó de respirar.
La cena japonesa también aparecía allí.
No la había pagado él.
La había pagado la empresa.
Horas después, Adrian fue suspendido mientras comenzaba una auditoría interna.
Vanessa desapareció de las redes sociales aquella misma tarde.
Y cuando Adrian comprendió que yo controlaba el mayor bloque individual de acciones, apareció frente a mí.
—Podemos arreglarlo.
Negué.
—Ya lo arreglé.
—¿Vas a destruirme por una comida de dos yuanes?
Lo miré por última vez.
—Nunca fue por la comida.
—Entonces ¿por qué?
Abrí la puerta.
—Porque mientras tú gastabas una fortuna intentando hacer sentir especial a otra mujer, necesitaste solo 2,5 yuanes para enseñarme exactamente lo poco especial que era yo para ti.
Cerré.
Adrian creyó que aquella noche había comprado dos cenas.
En realidad había comprado una sola.
La japonesa.

Porque la de 2,5 yuanes…
terminó costándole su matrimonio y su puesto.