PARTE 2: LA CASA YA ESTABA VENDIDA

—¿Qué quieres decir?

Gu Dienshuan pronunció aquellas palabras con el rostro endurecido.

Detrás de él, Fang Nian seguía escondida como si yo fuera una mujer descontrolada capaz de atacarla en cualquier momento.

Sus dedos apretaban la manga de mi esposo.

Un gesto pequeño.

Íntimo.

Demasiado habitual.

La miré.

Después miré el vestido roto dentro del cubo de basura.

Y finalmente sonreí.

—Nada importante.

Gu Dienshuan frunció aún más el ceño.

—Du Wan, no hables con acertijos.

—Dije que no puedes pagarlo.

—¿Un vestido?

Soltó una risa llena de incredulidad.

—Aunque costara diez veces más, podría comprarte otro mañana.

—No hablaba del vestido.

El dormitorio quedó en silencio.

Fang Nian levantó la cabeza.

Por primera vez, la expresión frágil de su rostro mostró una pequeña grieta.

Gu Dienshuan me observó durante varios segundos.

—Entonces, ¿de qué hablas?

Me apoyé en el marco del vestidor.

—Del precio de tratarme como una invitada dentro de mi propia casa.

Él exhaló con impaciencia.

—Otra vez con lo mismo.

—No. Esta será la última vez.

—Du Wan…

—Estoy cansada.

Mi voz no fue alta.

Pero hizo que dejara de hablar.

—Estoy cansada de que cada objeto que me pertenece termine en manos de Fang Nian. Estoy cansada de que mi dormitorio, mi vestidor, mi comida y hasta la huella de la puerta tengan que adaptarse a ella.

Fang Nian negó con rapidez.

—Cuñada, nunca quise quitarte nada.

La miré directamente.

—Llevas tres años viviendo en una casa que no te pertenece, usando cosas que no compraste y aceptando regalos de un hombre casado.

Di un paso hacia ella.

—¿Qué parte de todo eso no significa quitarme nada?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Dienshuan solo me cuida porque crecimos juntos.

—Entonces debería haberte alquilado un apartamento.

—Yo nunca se lo pedí.

—No necesitabas pedirlo. Solo llorabas, y él corría a entregártelo.

Gu Dienshuan se interpuso entre las dos.

—Basta.

Su voz fue fría.

La misma voz con la que hablaba a los empleados que habían cometido un error.

—Nian Nian no te debe ninguna explicación.

Solté una risa baja.

—Tienes razón.

Lo miré.

—El que me debía lealtad eras tú.

Su mandíbula se tensó.

—Nunca te he engañado.

—¿De verdad crees que una traición empieza únicamente cuando dos personas se acuestan juntas?

No respondió.

—También es traición hacer que tu esposa espere fuera mientras otra mujer abre la puerta con su huella.

Señalé el vestidor.

—Es traición permitir que destruya mis cosas y después protegerla a ella.

Mi voz se volvió más baja.

—Es traición convertir mi hogar en el lugar seguro de tu amor de la infancia y hacerme sentir que soy yo quien sobra.

Fang Nian empezó a sollozar.

—No puedo seguir aquí.

Corrió hacia la puerta.

Gu Dienshuan la sujetó del brazo.

—No vas a ninguna parte.

Después me miró con furia.

—¿Ahora estás satisfecha?

—Mucho.

Mi respuesta lo desconcertó.

—¿Qué?

—Me alegra que hayas dicho eso.

Saqué el teléfono del bolsillo.

—Así no podrás afirmar después que Fang Nian estaba aquí contra tu voluntad.

El rostro de ella cambió.

Gu Dienshuan dio un paso hacia mí.

—¿Estás grabando?

—Desde que salí del dormitorio.

—Bórralo.

—No.

Extendió la mano para quitarme el teléfono.

Retrocedí.

—No vuelvas a tocarme.

—Soy tu marido.

—Durante tres días más.

Sus dedos quedaron suspendidos en el aire.

Fang Nian dejó de llorar.

—¿Qué significa eso? —preguntó Gu Dienshuan.

Abrí la pantalla del teléfono.

Entré en mis notas.

Le mostré la cuenta regresiva.

【Abandonar la familia Gu: 3 días.】

Sus ojos recorrieron las palabras.

Después me miró como si estuviera viendo a una desconocida.

—¿Estás planeando irte?

—Sí.

—¿Por este vestido?

—No.

Guardé el teléfono.

—Por los últimos tres años.

Gu Dienshuan soltó una risa breve.

No era una risa de diversión.

Era la reacción arrogante de un hombre convencido de que yo no podía sobrevivir sin él.

—¿Adónde irás?

—Eso no te importa.

—No tienes trabajo.

—Eso crees tú.

—Tus gastos mensuales son enormes. No durarías ni una semana fuera de esta casa.

—Eso también lo crees tú.

Me observó con visible irritación.

—Du Wan, no hagas amenazas que no puedes cumplir.

—No es una amenaza.

Salí del vestidor y me dirigí hacia el baño.

—Duerme tranquilo. Pronto podrás registrar todas las huellas de Fang Nian que quieras.

Cerré la puerta.

Al otro lado escuché cómo Gu Dienshuan intentaba consolarla.

No entró detrás de mí.

No preguntó por qué llevaba toda la tarde pálida.

No notó que una de mis manos seguía apoyada sobre la parte baja de mi abdomen.

Mucho menos preguntó por el informe que había ocultado en el bolso.

Acaricié el papel doblado.

Seis semanas de embarazo.

Durante años había deseado darle un hijo.

Ahora, al imaginar a mi bebé creciendo dentro de aquella casa, sentí miedo.

No quería que aprendiera que amar significaba tolerar que otra persona ocupara tu lugar.

Tampoco quería que un día Gu Dienshuan tratara a nuestro hijo como me trataba a mí.

Respiré profundamente.

Luego abrí la aplicación de mensajería y escribí a mi abogado.

“Prepare los documentos del divorcio. No incluya ninguna reclamación sobre bienes de la familia Gu”.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

“Señora Du, la mayoría de los bienes importantes pertenecen a usted. ¿Confirma que desea iniciar también la recuperación de activos?”

Miré mi reflejo en el espejo.

“Sí”.

Después añadí:

“Y acelere la venta de la villa”.

Al día siguiente, Gu Dienshuan se fue temprano.

Antes de marcharse dejó una tarjeta bancaria sobre la mesa.

—Compra otro vestido.

No lo miré.

—No hace falta.

—Tómala.

—He dicho que no.

Fang Nian bajó las escaleras con un vestido mío.

No se había molestado siquiera en pedir permiso.

Al verme, fingió sorpresa.

—Cuñada, pensé que ya no lo usabas.

Gu Dienshuan la recorrió con la mirada.

—Te queda bien.

Ella sonrió.

—¿De verdad?

—Mejor que a algunas personas.

No necesité preguntar a quién se refería.

Fang Nian bajó la cabeza con una sonrisa satisfecha.

Tomé la tarjeta bancaria de la mesa.

Gu Dienshuan arqueó una ceja, convencido de que finalmente había aceptado su compensación.

Pero caminé hacia Fang Nian y deslicé la tarjeta dentro del bolso que llevaba.

—Quédate con ella.

La sonrisa de ambos desapareció.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él.

—Como todo lo mío termina siendo para ella, prefiero ahorrar tiempo.

—Du Wan.

—Llegarás tarde al trabajo.

Me dirigí a la cocina.

Gu Dienshuan me siguió.

—Esta actitud tuya tiene que terminar.

Abrí el refrigerador.

Todo el segundo compartimento estaba lleno de melocotones.

—Terminará pronto.

—¿Sigues pensando en marcharte?

—No lo estoy pensando.

Cerré la puerta.

—Ya lo decidí.

Me tomó de la muñeca.

Su agarre fue fuerte.

—No te permitiré convertir un problema pequeño en un escándalo.

Lo miré a los ojos.

—Suéltame.

—Primero dime qué quieres.

—¿Ahora quieres saberlo?

—Dinero, una casa, un coche. Pon una cifra.

No pude evitar sonreír.

—Esa es la diferencia entre nosotros.

—¿Qué diferencia?

—Tú sigues creyendo que todo puede comprarse porque nunca entendiste qué cosas ya eran mías.

Se quedó quieto.

Antes de que pudiera preguntar, el timbre sonó.

Dos hombres con uniformes de una empresa de seguridad esperaban en la entrada.

Detrás de ellos estaba el agente inmobiliario.

Gu Dienshuan abrió la puerta.

—¿Quiénes son ustedes?

El agente me saludó.

—Señora Du, venimos a realizar la inspección final de la propiedad y a cambiar el sistema de acceso, como solicitó.

El rostro de mi esposo se quedó vacío.

—¿Qué inspección?

El agente miró sus documentos.

—La relacionada con la venta de la villa.

Gu Dienshuan giró lentamente hacia mí.

—¿Qué villa?

No respondí.

No era necesario.

El agente señaló la casa.

—Esta propiedad.

Fang Nian bajó corriendo las escaleras.

—¿Van a vender la casa?

Gu Dienshuan arrebató los documentos.

—Esto es absurdo. Yo no he autorizado ninguna venta.

El agente lo miró con cautela.

—La propiedad está registrada únicamente a nombre de la señora Du. No necesitamos su autorización.

El salón quedó en absoluto silencio.

Gu Dienshuan leyó la primera página.

Después la segunda.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Esta casa fue nuestro regalo de boda.

—Fue mi regalo de boda —corregí—. Mis padres la compraron antes del matrimonio y la registraron a mi nombre.

—Pero vivimos aquí.

—Hasta hoy.

Levantó la mirada.

—¿Qué significa “hasta hoy”?

—Que el comprador adelantó la fecha de entrega.

El agente asintió.

—La vivienda debe quedar desocupada antes de las seis de la tarde.

Fang Nian abrió los ojos.

—¿Hoy?

—Sí.

Ella se acercó a Gu Dienshuan.

—Pero todas mis cosas están aquí.

El agente consultó su reloj.

—Entonces le recomiendo empezar a empacar.

Gu Dienshuan arrojó los documentos sobre la mesa.

—No puedes vender nuestra casa sin decírmelo.

—Lo hice.

—¿Cuándo?

—Ayer, mientras me dejabas esperando fuera porque habías regalado mi acceso a Fang Nian.

Su rostro se oscureció.

—¿Todo esto por una huella digital?

—No.

Me acerqué a la puerta.

—La huella fue solo el momento en que comprendí que ya no quedaba ningún lugar para mí aquí.

Fang Nian se apresuró a hablar.

—Cuñada, puedo borrar mis huellas ahora mismo.

—Ya no importa.

—También puedo devolverte el vestido.

—Está roto.

—Te pagaré otro.

—No puedes pagarlo.

Esta vez sí comprendió mis palabras.

No hablaba del precio de la tela.

Hablaba de todo lo que había destruido.

Gu Dienshuan llamó de inmediato a su abogado.

Caminó de un lado a otro mientras explicaba la situación.

Poco a poco, su voz perdió seguridad.

Finalmente colgó.

—El contrato todavía puede impugnarse.

—No.

—Soy tu esposo. Es nuestra residencia matrimonial.

—Era un bien mío anterior al matrimonio.

—Invertí dinero en reformas.

—La empresa de decoración también está a mi nombre.

Se quedó inmóvil.

Fang Nian me miró con incredulidad.

—¿La empresa también es tuya?

—Sí.

Gu Dienshuan apretó los puños.

—¿Qué más me has ocultado?

—Nada.

Mi voz fue tranquila.

—Tú nunca preguntaste.

Durante años, él había presentado nuestra riqueza como fruto exclusivo de su esfuerzo.

La realidad era distinta.

Mi familia había financiado su primera empresa.

La villa era mía.

La mayor parte de sus inversiones iniciales procedían de un fondo que mi padre había creado antes de nuestra boda.

Gu Dienshuan no era pobre.

Pero el prestigio, el estilo de vida y los contactos de los que presumía habían nacido gracias a mi familia.

Yo nunca se lo recordaba.

Pensaba que un matrimonio no necesitaba llevar cuentas.

Él interpretó mi silencio como dependencia.

A las once comenzaron a llegar empleados para embalar los muebles incluidos en la venta.

Fang Nian corría por la casa intentando rescatar sus bolsos y vestidos.

—¡Esto es mío!

Uno de los trabajadores sostuvo una lámpara.

—La lámpara está incluida en el inventario.

—Pero siempre ha estado en mi habitación.

—La habitación tampoco es suya.

Su rostro se puso rojo.

Gu Dienshuan permanecía en el salón, llamando a bancos, abogados y familiares.

Nadie pudo detener la operación.

Finalmente caminó hacia mí.

—Dime cuánto quiere el comprador.

—No se trata de dinero.

—Le pagaré el doble.

—No puedes.

—Deja de repetirme eso.

—La casa fue vendida por trescientos veinte millones de yuanes.

El teléfono que sostenía resbaló ligeramente entre sus dedos.

—¿Cuánto?

—Trescientos veinte millones.

Fang Nian apareció en la escalera con dos maletas.

—¿Esta casa vale tanto?

La miré.

—La casa donde te sentías más segura que en la tuya.

Su expresión se endureció.

Gu Dienshuan se acercó más.

—¿Dónde está el dinero?

—En mi cuenta.

—Somos esposos.

—Hasta que firmes el divorcio.

—No pienso firmar nada.

Saqué la carpeta que mi abogado había enviado esa mañana.

La dejé sobre la mesa.

—Entonces lo resolveremos ante un tribunal.

Abrió el documento.

Sus ojos se detuvieron en una línea.

—¿Estás embarazada?

Fang Nian dejó caer una maleta.

El ruido resonó en el suelo de mármol.

Gu Dienshuan levantó la cabeza.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Volví a casa para hacerlo.

Miré la cerradura de la puerta.

—Pero no pude entrar.

Durante varios segundos no dijo nada.

Después se acercó a mí.

—Du Wan, escucha. Todo esto ha sido un malentendido.

—No.

—Nian Nian se marchará.

Fang Nian palideció.

—Dienshuan…

Él ni siquiera la miró.

—Borraré sus huellas. Sacaré sus cosas. Nunca volverá a vivir con nosotros.

—Hace unos minutos dijiste que no iría a ninguna parte.

—No sabía que estabas embarazada.

La frase terminó de destruir lo poco que aún podía sentir por él.

—Entonces mi dignidad no era suficiente.

Mi voz tembló por primera vez.

—Tuviste que descubrir que llevaba a tu hijo para considerar que merecía respeto.

—No quise decir eso.

—Pero eso dijiste.

Me aparté cuando intentó abrazarme.

—No me toques.

—Du Wan, vamos a hablarlo.

—Lo hicimos durante tres años.

—Nunca me dijiste que te sentías así.

—Cada vez que protestaba, decías que era calculadora, consentida o cruel.

Lo miré fijamente.

—No querías escucharme. Querías que dejara de hablar.

Fang Nian comenzó a llorar.

—Todo es culpa mía. Me iré. No quiero separar una familia.

Me volví hacia ella.

—Tú no separaste nuestra familia sola.

Luego miré a Gu Dienshuan.

—Él te abrió la puerta.

A las cinco y media, la villa estaba casi vacía.

Mis pertenencias habían sido enviadas a un apartamento que poseía en el centro.

Fang Nian tenía seis maletas, doce cajas de ropa y una expresión de absoluta desesperación.

—¿Dónde voy a llevar todo esto?

Gu Dienshuan seguía intentando convencerme.

—Puedes vivir temporalmente en uno de mis apartamentos.

Fang Nian se animó.

—¿El de Riverside?

Él se quedó callado.

Aquella vivienda estaba hipotecada.

El resto pertenecía a su empresa.

Y esa empresa atravesaba dificultades financieras que él me había ocultado.

Vi cómo Fang Nian comprendía por primera vez que el hombre rico y poderoso al que se había aferrado no poseía ni una fracción de lo que ella imaginaba.

—¿No tienes ninguna otra casa? —preguntó.

Gu Dienshuan respondió con irritación:

—Podemos quedarnos en un hotel.

—¿Los tres?

Él la miró.

—Du Wan vendrá conmigo.

—No —respondí.

Entregué las llaves al agente.

—Vosotros podéis ir donde queráis.

Mi esposo bloqueó mi camino.

—No permitiré que te lleves a mi hijo.

—Todavía no ha nacido.

—Tengo derechos.

—Y yo tengo grabaciones, mensajes y tres años de pruebas que demuestran que permitiste que otra mujer ocupara el hogar matrimonial.

—Nunca tuve una relación con ella.

Fang Nian apretó los labios.

Su reacción fue breve.

Pero la vi.

Y supe que él estaba mintiendo.

Saqué el teléfono.

—Qué extraño.

—¿Qué?

—Porque tu asistente me envió las reservas del hotel donde os alojasteis juntos durante tus últimos cuatro viajes.

Su rostro perdió el color.

Fang Nian retrocedió.

—¿Tu asistente hizo qué?

—También me envió fotografías.

Gu Dienshuan intentó quitarme el teléfono.

El agente de seguridad se interpuso.

—Señor, debe abandonar la propiedad.

—Esta es mi casa.

—Ya no.

Fueron dos palabras sencillas.

Pero lo derrumbaron.

Gu Dienshuan miró el salón vacío.

Después miró la cerradura donde había registrado las huellas de Fang Nian.

El técnico estaba retirándola.

Aquel mecanismo que había utilizado para humillarme ya ni siquiera pertenecía a la casa.

—Du Wan —dijo con la voz ronca—. No puedes borrar tres años de matrimonio en un día.

—No los borré en un día.

Sostuve su mirada.

—Tú los fuiste borrando cada vez que elegiste protegerla a ella.

Salí de la villa sin volver la cabeza.

Tres días después presenté formalmente el divorcio.

Gu Dienshuan se negó al principio.

Después intentó reconciliarse.

Me envió flores.

Cartas.

Regalos.

Incluso las diez cajas de nido de pájaro que había prometido.

Las devolví todas.

Cuando descubrió que Fang Nian había utilizado sus tarjetas para acumular deudas y que llevaba años desviando dinero mediante compras falsas, intentó echarla de su vida.

Ella respondió publicando fotografías privadas de sus viajes.

La imagen de “amigos de la infancia” se desmoronó en cuestión de horas.

La junta directiva empezó a investigar los gastos de Gu Dienshuan.

Mi padre retiró el fondo que sostenía su empresa.

Sin aquel respaldo, los bancos exigieron el pago de varias deudas.

En menos de seis meses perdió su puesto, su reputación y casi todos los bienes que realmente estaban a su nombre.

Fang Nian lo abandonó cuando comprendió que ya no podía mantener su estilo de vida.

Antes de marcharse, declaró públicamente que él le había prometido divorciarse de mí desde hacía años.

Gu Dienshuan negó todo.

Pero ya nadie le creyó.

El día de la última audiencia, me esperaba fuera del tribunal.

Parecía más delgado.

Ya no vestía trajes hechos a medida.

—Du Wan.

Seguí caminando.

—¿Podemos hablar?

—No tenemos nada que hablar.

—Quiero saber del bebé.

Me detuve.

Llevaba seis meses de embarazo.

Mi vientre ya era evidente.

Sus ojos se llenaron de una emoción que habría deseado ver meses atrás.

—Es una niña —dije.

Él sonrió débilmente.

—Siempre quisimos una hija.

—Yo quería una hija.

La sonrisa desapareció.

—Déjame formar parte de su vida.

—Podrás solicitar visitas cuando nazca.

—No quiero ser un visitante.

—Entonces debiste actuar como un esposo cuando todavía tenías una familia.

Bajó la cabeza.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Pensé que nunca te irías.

Aquella fue la primera confesión completamente sincera que escuché de su boca.

No pensó que yo no sufriera.

Sabía que sufría.

Simplemente creyó que lo soportaría para siempre.

—Ese fue tu mayor error.

Me giré para marcharme.

Él me llamó una vez más.

—¿Por qué vendiste la casa tan deprisa?

Miré hacia atrás.

—Porque aquella puerta me enseñó algo.

—¿Qué?

—Una casa no es tu hogar cuando tienes que esperar a que alguien que te desprecia te permita entrar.

El divorcio se aprobó aquel mismo día.

Meses después nació mi hija.

La llamé Anran.

Paz.

No creció en una villa de cientos de millones.

Creció en un apartamento luminoso donde nadie tenía que pedir permiso para entrar.

Cuando cumplió tres años, me preguntó por qué siempre comprobaba dos veces que la puerta estuviera abierta antes de salir.

Me agaché y le sonreí.

—Porque una vez viví en una casa muy grande donde olvidé que también tenía derecho a una llave.

Ella no lo entendió.

Y me alegré.

Nunca tendría que entenderlo.

Gu Dienshuan creyó que regalarle a Fang Nian las últimas plazas de la cerradura era un gesto pequeño.

Una simple huella digital.

Pero no comprendió que, al dejarme fuera de aquella puerta, también me mostró con absoluta claridad que ya estaba fuera de su corazón.

Él eligió darle acceso a otra mujer.

Yo elegí vender la casa entera.

Y cuando quiso volver a abrir aquella puerta…

Ya no quedaba nada detrás de ella que le perteneciera.

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