PARTE 2: LA CASA YA ESTABA RODEADA

—Está bien… volveré.

Pronuncié aquellas dos palabras con la voz quebrada.

Gabriel soltó una risa de satisfacción al otro lado de la llamada.

—Sabía que terminarías entrando en razón. Te esperaré para firmar.

Colgó sin sospechar nada.

Mi padre dobló lentamente la hoja donde había escrito aquellas instrucciones.

—Perfecto —dijo con una serenidad que contrastaba con el nudo que me cerraba la garganta—. Acaba de cometer el primer error.

La abogada que estaba sentada frente a nosotros abrió otra carpeta.

Dentro había copias certificadas de la escritura de la casa que heredé de mi madre, los contratos falsificados, los préstamos obtenidos con mi identidad y un informe pericial que demostraba que varias firmas habían sido copiadas digitalmente.

—Todo esto bastaría para iniciar un proceso penal —explicó—. Pero todavía falta algo.

Miré a mi padre.

Él respondió antes de que pudiera preguntar.

—Necesitamos que intenten obligarte otra vez.

Sentí un escalofrío.

—¿Y si vuelven a encerrarme?

Samuel negó con la cabeza.

—No tendrán tiempo.

Aquella misma tarde regresamos al fraccionamiento.

Pero no lo hicimos solos.

Dos vehículos sin distintivos permanecían estacionados varias calles más atrás.

En ellos viajaban agentes especializados en violencia familiar, dos peritos informáticos y una fiscal que llevaba semanas investigando a Gabriel por delitos financieros relacionados con otras empresas.

Yo no sabía nada de aquella investigación.

Mi padre sí.

Mientras estuvo destinado fuera del país jamás perdió el contacto con antiguos compañeros de inteligencia.

Cuando escuchó mi historia, una llamada bastó para descubrir que Gabriel ya aparecía mencionado en varias denuncias confidenciales.

Solo necesitaban una prueba definitiva.

Y él estaba dispuesto a entregársela.

Entré en la casa exactamente a las seis de la tarde.

Gabriel me recibió con una sonrisa impecable.

Como si la noche anterior no hubiera escapado de un baño cerrado con llave.

—Sabía que volverías.

Beatriz permanecía sentada en el salón con una taza de té entre las manos.

Ni siquiera fingió sorpresa.

—Las mujeres siempre regresan cuando entienden quién las mantiene.

Respiré hondo.

Recordé las palabras de mi padre.

“No discutas. Haz que hablen.”

Gabriel dejó varios documentos sobre la mesa.

—Firma aquí y todo habrá terminado.

Tomé el bolígrafo.

Mis manos temblaban.

—¿Después me devolverás mis documentos?

Él sonrió.

—Claro.

—¿Y borrarás los videos?

Gabriel soltó una carcajada.

—Valeria… esos videos nunca iban a borrarse.

Sentí que el corazón se aceleraba.

Cada palabra estaba siendo registrada.

Debajo del botón de mi blusa había un pequeño micrófono del tamaño de una moneda.

La fiscal escuchaba todo desde una camioneta estacionada a menos de cien metros.

Continué.

—Entonces… ¿todo fue un plan para quedarte con mi casa?

Gabriel apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No solo con la casa.

Su voz ya no era amable.

—También con las cuentas de tu madre. Y habría funcionado si hubieras firmado hace meses.

Beatriz intervino con una tranquilidad escalofriante.

—Tu padre nunca debía regresar. Veintiún años fuera… era perfecto. Nadie iba a creer la palabra de una mujer emocional contra tres testigos.

Las piernas estuvieron a punto de fallarme.

Necesitaba mantener la conversación unos segundos más.

—¿También falsificaron mi firma?

Gabriel levantó los hombros.

—Renata lo hace desde hace años. Es excelente copiando documentos.

En ese instante sonó el timbre.

Los tres se quedaron inmóviles.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Esperas a alguien?

Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió.

Mi padre entró caminando despacio.

Vestía un traje azul oscuro.

Detrás de él aparecieron la fiscal, cuatro agentes y dos oficiales uniformados.

El silencio fue absoluto.

Samuel miró directamente a Gabriel.

—Gracias por la confesión.

La fiscal levantó unos auriculares.

—Acabamos de escuchar cada una de sus palabras.

El rostro de Gabriel perdió el color.

Beatriz dejó caer la taza de porcelana.

El sonido al romperse fue lo único que se escuchó durante varios segundos.

Pero el golpe definitivo todavía no había llegado.

Uno de los peritos levantó una computadora portátil que acababan de sacar del despacho de Gabriel.

—Fiscal… encontramos una carpeta oculta.

La abrió delante de todos.

Miles de archivos comenzaron a aparecer en la pantalla.

Videos.

Fotografías.

Contratos.

Identificaciones.

Y decenas de nombres de mujeres que ninguno de nosotros conocía.

La fiscal respiró profundamente antes de hablar.

—Señor Montes… me temo que su hija nunca fue la única víctima de esta familia.

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