Sofía tardó unos segundos en responder.
—Entonces puedes venderla. Pero hay algo que debes saber.
—¿Qué?
—Tu suegra ya está intentando registrarse como residente permanente en esa dirección.
Me quedé inmóvil dentro del ascensor.
—¿Qué?
—Acabo de revisar los documentos. Alguien presentó una solicitud esta mañana.
Mi estómago se cerró.
Rosa no quería quedarse unos días.
Quería apoderarse de mi casa.
—Sofía, ponla en venta hoy.
—¿Hoy?
—Hoy.
Dos horas después, publiqué la propiedad a través de una inmobiliaria.
No necesitaba explicar nada.
El apartamento tenía una ubicación excelente, estaba completamente pagado y no tenía ninguna carga registrada.
En menos de cuatro horas llegaron tres ofertas.
Acepté la más alta.
Cuando el comprador entregó el anticipo, sentí por primera vez que podía respirar.
Esa noche, Adrián apareció en casa de mis padres.
No vino solo.
Rosa, Lucía y dos de sus tíos estaban detrás de él.
—Clara, tenemos que hablar.
Lo miré desde la puerta.
—Ya hablamos.
Rosa dio un paso adelante.
—¿Es verdad que vendiste la casa?
—Sí.
Su rostro perdió el color.
—¡No podías hacerlo!
—La casa era mía.
—¡Pero mi hijo vive allí!
—Vivía.
Adrián apretó los dientes.
—Somos marido y mujer. No puedes tomar decisiones así sin consultarme.
Saqué una copia de la escritura.
—La compré cuatro años antes de conocerte.
Silencio.
—No tienes ningún derecho sobre ella.
Rosa comenzó a gritar.
—¡Nos dejaste sin techo!
La miré tranquilamente.
—No. Ustedes decidieron quedarse en una casa que nunca les perteneció.
Entonces Adrián sacó un documento.
—Pues tenemos una solución.
Lo abrió frente a mí.
Era un acuerdo que supuestamente demostraba que yo había aceptado convertir el apartamento en vivienda familiar.
Sonreí.
—¿De dónde sacaste eso?
—Lo firmaste.
Sofía, que estaba detrás de mí, extendió la mano.
—Déjame verlo.
Lo revisó durante unos segundos y luego levantó la mirada.
—Clara, esto es interesante.
—¿Qué?
—La firma es tuya.
Adrián sonrió.
—¿Ves?
Sofía señaló la última página.
—Pero la fecha es posterior a la fecha de compra y el documento no fue registrado.
La sonrisa de Adrián desapareció.
Sofía continuó:
—Y hay algo todavía más grave.
Sacó su teléfono.
—La firma electrónica fue generada desde el dispositivo de tu esposo.
Rosa se quedó completamente quieta.
Yo miré a Adrián.
—Intentaste falsificar un documento para quedarte con mi casa.
Él no respondió.
Entonces mi teléfono vibró.
Era el agente inmobiliario.
Había encontrado algo durante la revisión final de la propiedad.
Un antiguo archivo de seguridad.
Con nombres.
Pagos.
Y transferencias realizadas por Adrián durante los últimos tres años.
Abrí el archivo.
Mi rostro cambió.
No era solo dinero.
Adrián había estado transfiriendo cantidades mensuales a una cuenta a nombre de Rosa.
Y cada transferencia llevaba el mismo concepto:
“Pago por vivienda de Clara”.
Levanté lentamente la mirada.
—Adrián…
Él palideció.
—¿Qué?
—¿Por qué tu madre te cobraba alquiler por vivir en mi casa?
Nadie respondió.
Entonces Sofía abrió otro documento.
—Porque esto no empezó después de la boda.
Me mostró una transferencia de hacía cuatro años.
Antes de que Adrián y yo nos conociéramos.
Mi corazón dio un vuelco.
El dinero había salido de una cuenta de mi futura suegra.
Y había terminado en una cuenta vinculada a una empresa que pertenecía a Adrián.
Sofía me miró.
—Clara, creo que tu matrimonio no comenzó cuando te casaste.
—¿Qué quieres decir?
Ella señaló la pantalla.

—Creo que Adrián te estaba investigando mucho antes de conocerte.
Y entonces vi el nombre del archivo.
“PROYECTO CLARA BENÍTEZ”.