PARTE 2: LA CASA QUE NUNCA LE PERTENECIÓ

Camila no respondió al mensaje.

Tampoco golpeó el portón.

Apretó con más fuerza a Renata contra su pecho para protegerla de la lluvia y esperó.

Doce minutos después, una camioneta blanca frenó frente a la residencia.

Lucía bajó sin cerrar siquiera la puerta del vehículo.

Lo primero que hizo fue abrazar a su sobrina.

Lo segundo fue mirar el rostro pálido de Camila.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Casi una hora.

Lucía respiró hondo para contener la rabia.

—Sube al coche.

Camila negó con la cabeza.

—Primero quiero llevarme las cosas de la bebé.

En ese momento volvió a sonar el intercomunicador.

La voz de Rodrigo llenó el silencio.

—¿Ahora trajiste refuerzos?

Lucía levantó la vista hacia la cámara.

—Abre la puerta.

Él soltó una carcajada.

—Esta casa ya no es de Camila.

Lucía sonrió con una calma que lo desconcertó.

—Qué interesante.

Miró a su hermana.

—¿Grabaste eso?

Camila levantó lentamente el teléfono.

La pantalla seguía registrando video.

—Todo.


Media hora después estaban en el despacho del notario Herrera.

El hombre revisó las escrituras una vez más.

Después levantó la vista.

—Legalmente no existe ninguna duda.

Pasó la última página.

—La propiedad pertenece exclusivamente a la señora Camila Ortega.

No forma parte de la sociedad conyugal.

No tiene gravámenes.

Y el señor Rodrigo jamás fue copropietario.

Mariana dejó otra carpeta sobre la mesa.

—Además, aquí están las capitulaciones matrimoniales firmadas antes de la boda.

El notario asintió.

—Son perfectamente válidas.

Camila permanecía en silencio.

Aún le costaba creer que el hombre con el que había compartido seis años hubiera cambiado las cerraduras de una casa que nunca le perteneció.


Mariana abrió su computadora.

—Hay algo más.

Giró la pantalla.

—Mientras veníamos para acá revisé los movimientos de la cuenta destinada al mantenimiento de la residencia.

Camila frunció el ceño.

—¿Qué encontraste?

—Durante los últimos ocho meses hubo varias transferencias que tú nunca autorizaste.

Una lista apareció en la pantalla.

“Decoración habitación Perla.”

“Viaje familiar.”

“Remodelación terraza.”

“Emergencia señora Graciela.”

Montos de cincuenta mil.

Ochenta mil.

Ciento veinte mil pesos.

Todos cargados a una cuenta financiada únicamente por Camila.

Lucía golpeó suavemente la mesa.

—¿Tuvo acceso a esa cuenta?

Camila cerró los ojos.

—Le di una tarjeta adicional para gastos de la casa.

Mariana negó lentamente.

—No la usó para la casa.


El notario cerró la carpeta.

—Señora Camila…

—Sí.

—Si desea recuperar hoy mismo la posesión del inmueble, podemos iniciar el procedimiento de inmediato.

Ella miró a Renata, que dormía profundamente en el portabebés.

Después respondió con absoluta tranquilidad.

—No.

Los tres la miraron sorprendidos.

—¿No?

Camila negó con la cabeza.

—Todavía no.

Mariana comprendió antes que nadie.

—Quieres que regrese.

Camila asintió.

—Está convencido de que ganó.

Quiero que siga creyéndolo unas horas más.


Mientras tanto, en el aeropuerto de Cancún, Rodrigo brindaba con una copa de champaña junto a su madre.

Graciela sonreía satisfecha.

—Te dije que había que poner límites desde el principio.

Rodrigo consultó su teléfono.

No había mensajes de Camila.

Ni llamadas.

Ni súplicas.

Eso alimentaba todavía más su confianza.

—Ya entenderá.

Graciela levantó la copa.

—Al final todas regresan.


A las seis y cuarenta de la tarde, el teléfono de Mariana sonó.

Escuchó unos segundos.

Después sonrió.

—Llegó.

Camila levantó la vista.

—¿Quién?

—El empresario de Monterrey.

Quiere ver la propiedad esta misma noche.

Lucía abrió mucho los ojos.

—¿Tan rápido?

Mariana asintió.

—Viene con una oferta en efectivo.

Y no piensa negociar demasiado.

Camila acarició suavemente la mano diminuta de Renata.

—Que pase.


Dos horas después, el comprador recorrió la residencia acompañado por el notario y por un agente inmobiliario.

Observó los jardines.

La alberca.

La cava.

Los acabados.

Finalmente firmó una carta de intención.

La cifra escrita en la última página hizo que incluso Mariana levantara las cejas.

Era muy superior al precio esperado.

El comprador cerró la carpeta.

—Solo tengo una condición.

Camila lo miró.

—¿Cuál?

—Necesito la entrega material del inmueble en cuarenta y ocho horas.

Ella sonrió.

—La tendrá.


A las nueve de la noche, Rodrigo recibió una notificación en su correo.

La abrió distraídamente.

Pensó que sería publicidad.

Pero al leer el encabezado dejó de sonreír.

“Notificación formal de inicio de proceso de compraventa del inmueble ubicado en Bosques de las Lomas.”

Leyó el documento una segunda vez.

Luego una tercera.

El color desapareció lentamente de su rostro.

Graciela dejó la copa sobre la mesa.

—¿Qué pasa?

Rodrigo apenas pudo responder.

—Camila…

Tragó saliva.

—Está vendiendo la casa.

Y por primera vez desde que había cambiado las cerraduras, comprendió que quizá nunca había entendido quién era realmente la dueña de aquella mansión.

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