PARTE 2: LA CASA QUE NUNCA FUE SUYA

Camila cerró los ojos.

El monitor fetal seguía marcando un ritmo estable.

Su hija estaba bien.

Eso era lo único que importaba.

—¿Qué encontraste exactamente? —preguntó por teléfono.

Rebeca respiró hondo.

—Hace tres meses Julián constituyó una sociedad con su madre.

—¿Para qué?

—Para simular que tú les debías dinero.

Mateo tomó inmediatamente el teléfono.

—¿Tienen documentos?

—Sí.

La voz de Rebeca sonó cada vez más grave.

—Hay contratos con firmas presuntamente falsificadas, pagarés y una demanda preparada para presentarse apenas naciera la bebé.

Camila sintió un escalofrío.

—¿Qué buscaban?

—Declararte incapaz de administrar tu patrimonio por “depresión posparto” y solicitar la administración temporal de tus bienes.

Mateo permaneció completamente serio.

—¿Y la custodia?

Hubo un breve silencio.

—También está preparada.

Camila dejó de respirar por un instante.

—¿Qué dice?

—Afirman que eres emocionalmente inestable, que tu embarazo es de alto riesgo y que existen antecedentes de ansiedad.

Camila comprendió entonces por qué Ofelia insistía en llamarla “histérica” delante de vecinos y familiares.

Por qué Julián grababa cada discusión.

Por qué llevaban meses provocándola.

No querían hacerla enojar.

Querían fabricar pruebas.

Mateo cerró lentamente la carpeta.

—Llegaron demasiado lejos.


Tres días después nació Valentina.

Pesó tres kilos ciento veinte gramos.

Lloró apenas unos segundos antes de quedarse dormida sobre el pecho de Camila.

Por primera vez en mucho tiempo, ella sintió paz.

Pero esa paz duró poco.

El séptimo día, exactamente como habían planeado, Ofelia y Julián regresaron de Los Cabos.

Bronceados.

Sonrientes.

Con varias maletas de diseñador.

Ofelia abrió la reja eléctrica utilizando el control remoto.

Nada ocurrió.

Volvió a intentarlo.

La puerta permaneció cerrada.

—¿Qué pasa con este aparato?

Julián bajó del automóvil.

En ese momento observó algo extraño.

Las cerraduras habían sido cambiadas.

También las cámaras.

Y el nombre en el buzón.

Ya no decía Familia Herrera.

Ahora aparecía una elegante placa de acero.

Fideicomiso Salgado. Propiedad privada.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

Antes de que pudiera acercarse, una camioneta de seguridad privada se detuvo frente a la casa.

Descendieron dos guardias.

Después apareció Mateo Alcázar acompañado por una actuaria judicial.

—Buenos días.

Ofelia sonrió con desprecio.

—¿Quiénes son ustedes?

La actuaria mostró una carpeta.

—Venimos a notificarles formalmente.

Julián intentó entrar.

Uno de los guardias le bloqueó el paso.

—No puede ingresar.

—¡Esta es mi casa!

Mateo negó con tranquilidad.

—No.

Le entregó una copia certificada.

—Nunca lo fue.

Julián comenzó a leer.

Las manos empezaron a temblarle.

—¿Qué es esto?

—La escritura original.

Mateo señaló la primera página.

—La residencia pertenece exclusivamente al Fideicomiso Salgado.

Ofelia soltó una carcajada nerviosa.

—Mi hijo está casado con la dueña.

Mateo sonrió apenas.

—Todavía.

La mujer dejó de reír.

—¿Qué quiere decir?

La actuaria abrió otro documento.

—La señora Camila Salgado presentó demanda de divorcio, orden de protección, denuncia penal por privación ilegal de la libertad, administración fraudulenta y violencia familiar.

El rostro de Julián perdió todo el color.

—Camila no haría eso.

Mateo levantó una tableta.

Presionó reproducir.

La voz de Ofelia llenó toda la entrada.

“Enciérrala. Una semana sola le enseñará quién manda en esta familia.”

Después apareció Julián cerrando la puerta con llave desde afuera.

Sin posibilidad de negar nada.

Los vecinos comenzaron a salir de sus casas.

Algunos grababan.

Otros simplemente observaban.

La misma gente ante la que Ofelia presumía aquella residencia como si fuera suya.

La actuaria continuó leyendo.

—También quedan notificados de que deberán entregar todas las tarjetas bancarias, llaves, documentos y bienes pertenecientes a la señora Camila Salgado.

Ofelia dio un paso adelante.

—¡Nos está quitando todo!

Mateo la miró fijamente.

—No.

Su voz fue completamente serena.

—Solo está recuperando lo que siempre fue suyo.

Pensaron que aquello era lo peor.

No lo era.

En ese momento sonó el teléfono de Julián.

Era el director financiero de la empresa donde trabajaba.

Contestó desesperado.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué…?

Colgó lentamente.

Mateo ya conocía la noticia.

—Supongo que también le informaron.

Julián apenas podía hablar.

—¿Informarme de qué?

Mateo sostuvo otra carpeta.

—La auditoría iniciada por Rebeca Luna terminó esta mañana.

Hizo una breve pausa.

—Y descubrió que durante dos años usted y su madre utilizaron empresas fantasma para desviar dinero de la compañía que don Ernesto Salgado dejó en herencia a su hija.

El silencio fue absoluto.

Entonces, por primera vez desde que salió rumbo a Los Cabos, Julián comprendió que perder la casa era apenas el principio.

Porque la siguiente visita no sería la de un abogado.

Sería la de la fiscalía con una orden de aprehensión.

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