—No abras esa puerta.
Me giré.
Graciela estaba detrás de mí.
A su lado, Tomás sostenía las llaves de la cadena.
—¿Qué le hicieron a mi madre? —pregunté.
Graciela intentó sonreír.
—Tu tía está confundida. Se pone agresiva. Tuvimos que encerrarla por seguridad.
Entonces, desde dentro, escuché la voz débil de mi madre.
—Mijo…
No necesité escuchar nada más.
Le arrebaté las llaves a Tomás y abrí.
El olor encerrado me golpeó primero.
Luego la vi.
Mi madre estaba acostada en una cama vieja, mucho más delgada de lo que recordaba. En una mesa había un vaso casi vacío y un plato con comida seca.
Me arrodillé junto a ella.
—Mamá… ¿qué pasó?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pensé que ya no volverías.
Sentí que el pecho se me partía.
—Yo le mandaba dinero todos los meses.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Dinero? Mijo, hace más de un año que no recibo nada.
Miré a Graciela.
Ella retrocedió.
—Eso no es verdad.
Saqué el teléfono.
Tenía registradas todas las transferencias.
Una tras otra.
Siempre a su cuenta.
Tomás comenzó a ponerse nervioso.
—Podemos explicarlo.
—Entonces empiecen.
Graciela cruzó los brazos.
—Tu madre nos debía dinero.
Mi madre intentó incorporarse.
—Yo jamás les pedí nada.
Entonces señaló con una mano temblorosa hacia un viejo cajón.
—Busca ahí.
Dentro encontré una carpeta.
Había documentos de propiedad.
Pero algo estaba mal.
El terreno entero aparecía transferido a nombre de Graciela.
—¿Qué es esto?
Mi madre comenzó a llorar.
—Me hicieron firmar papeles diciendo que eran para cobrar tu dinero.
Sentí una rabia helada.
—¿La engañaron para quedarse con su casa?
Tomás intervino.
—Legalmente, ella firmó.
—¿Encerrada y sin saber qué estaba firmando?
Nadie respondió.
Entonces escuchamos un motor acercándose.
Una camioneta se detuvo frente a la casa.
Bajaron el médico del pueblo y un hombre con una carpeta.
Graciela palideció.
—¿Quién los llamó?
El médico me miró.
—Yo vine porque su madre faltó a tres citas. Cada vez que preguntaba por ella, Graciela decía que usted se la había llevado al extranjero.
La miré.
—¿También mentiste sobre eso?
El hombre de la carpeta dio un paso al frente.
—Soy el notario que supuestamente certificó la transferencia del terreno.
Graciela dejó de respirar.
—¿Supuestamente?
Él abrió la carpeta.
—Mi firma fue falsificada.
Tomás salió corriendo hacia su casa.
Pero antes de llegar, aparecieron dos agentes en la entrada del terreno.
Graciela comenzó a llorar.
—Primo, por favor. Somos familia.
Miré a mi madre acostada detrás de mí.
—Ella también era tu familia.
Los agentes entraron a la casa de Graciela.
Minutos después regresaron cargando una caja.
Dentro había estados de cuenta, documentos y recibos.
Mi dinero.
Mes tras mes.
No se había usado para cuidar a mi madre.
Había pagado una camioneta, muebles nuevos y la ampliación de la casa de Graciela.
Pero entre los papeles apareció algo peor.
Una solicitud de venta.
El comprador ya había entregado un anticipo por todo el terreno.
Y la operación debía cerrarse al día siguiente.
Mi madre no estaba encerrada solamente para que nadie descubriera cómo vivía.
La habían encerrado porque necesitaban mantenerla escondida hasta venderle la casa.
Tomé su mano.
—Se acabó, mamá.
Ella me miró con los ojos húmedos.
—Hay algo que todavía no sabes, mijo.

—¿Qué cosa?
Señaló lentamente hacia la casa de Graciela.
—Esa mujer nunca fue tu prima.
Me quedé inmóvil.
Mi madre cerró los ojos un instante.
—Tu tía no murió cuando Graciela tenía doce años.
Respiró con dificultad y terminó la frase:
—Se fue porque descubrió quién era realmente el padre de Graciela.
Y cuando escuché el nombre, comprendí por qué mi madre había permitido que aquella mujer viviera tantos años en su terreno.