Miré el amanecer a través de la ventana de la clínica antes de contestar.
—Recuperé mi casa.
Al otro lado hubo un golpe seco.
Como si Martín acabara de patear la puerta.
—¡Abre ahora mismo!
—Ya no tienes llaves.
—¡Soy tu marido!
Respiré despacio.
—Y precisamente por eso las cerraduras se cambiaron con orden notarial.
El silencio duró apenas un segundo.
Después comenzó a insultarme.
Colgué.
Cinco minutos más tarde llegó otro mensaje.
Era Teresa.
“Después de todo lo que hicimos por ti, nos echas como perros.”
Lo borré sin responder.
A las nueve de la mañana, Lucía apareció en la clínica con una carpeta azul.
—Ya está hecho.
Se sentó frente a mi cama.
—Los agentes retiraron sus pertenencias personales y levantaron acta del estado de la vivienda.
Abrí la carpeta.
Había fotografías.
El salón estaba revuelto.
Varios cajones abiertos.
Mi despacho completamente registrado.
Fruncí el ceño.
—Han buscado algo.
Lucía asintió.
—Eso creemos.
Pasó otra página.
—Y encontramos esto.
Era una fotografía de la caja fuerte empotrada detrás de un cuadro.
La puerta estaba abierta.
Sonreí.
—Llegaron tarde.
—¿Los documentos?
—Están donde siempre debieron estar.
Lucía devolvió la sonrisa.
—En la caja bancaria.
Asentí.
Tres meses antes había trasladado allí la escritura original de la casa, los documentos de la herencia de mi abuela y todos los registros financieros.
Convivir con Martín me había enseñado una cosa.
Nunca dejar las pruebas donde quien te traiciona pueda alcanzarlas.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez era un número desconocido.
—¿Señora Clara?
—Sí.
—Soy el inspector Vega. Hemos revisado la denuncia y necesitamos hacerle unas preguntas sobre unas transferencias relacionadas con su esposo.
Miré a Lucía.
Ella levantó una ceja.
—¿Qué transferencias?
—Detectamos varios movimientos desde una empresa vinculada a su marido hacia una cuenta a nombre de Teresa Ruiz.
Sentí un escalofrío.
—Yo no sabía nada de eso.
—Lo imaginábamos.
Hizo una pausa.
—Pero hay algo más.
—¿Qué ocurre?
—Los pagos comenzaron exactamente dos semanas después de que usted heredara la casa.
Mi respiración se hizo más lenta.
Cinco años.
Cinco años de matrimonio.
Cinco años durante los que Teresa repetía que yo debía estar agradecida por formar parte de su familia.
Y, al mismo tiempo, recibía dinero de Martín en secreto.
Cuando colgué, Lucía ya estaba revisando su portátil.
—Acabo de encontrar algo.
Giró la pantalla hacia mí.
Era una copia del Registro Mercantil.
En el consejo de administración de la pequeña empresa de Martín aparecía un nombre que jamás había visto.
Teresa Ruiz.
Administradora solidaria.
—Nunca me habló de esa empresa.
Lucía negó con la cabeza.
—Porque no quería que supieras que el dinero salía de allí antes de desaparecer.
En ese momento llamaron a la puerta de la habitación.
Entró el inspector Vega.
Traía una carpeta mucho más gruesa que la nuestra.
La dejó sobre la mesa.
—Señora Clara…
Abrió lentamente la primera página.
—La investigación ya no trata solo de una agresión.
Lo miré en silencio.
Él deslizó una fotografía hasta quedar frente a mí.
Era la escritura de mi casa.
Pero no era la original.
Alguien había intentado falsificar mi firma para transferir la propiedad.
El inspector levantó la vista.

—Y quien presentó este documento falso… lo hizo hace cuatro días.
Es decir…
Antes incluso de que Martín me golpeara.