El folleto terminó en el bote de basura esa misma noche.
Pensé que todo había sido un comentario desafortunado.
Quise convencerme de que Mariana solo intentaba distraerse.
Me equivoqué.
Dos días después regresó del trabajo con una sonrisa que no le veía desde hacía semanas.
—Ven.
Dejó una carpeta sobre la mesa del comedor.
La abrió lentamente.
Era el catálogo de un fraccionamiento privado frente al mar.
Casas con alberca.
Muelle privado.
Acabados italianos.
Seguridad las veinticuatro horas.
Señaló una fotografía.
—Esta.
Leí el precio.
Casi doce millones de pesos.
Pensé que era una broma.
—¿Qué tiene?
Ella apoyó los codos sobre la mesa.
—Es la que vamos a comprar.
La miré sin entender.
—¿Con qué dinero?
Mariana soltó una risa suave.
—Daniel… ya no hace falta fingir.
Fruncí el ceño.
—¿Fingir qué?
—Todos sabemos que tu papá tenía muchísimo dinero escondido.
Sentí un vacío en el estómago.
—No sabes de qué estás hablando.
—Claro que sí.
Sacó su teléfono.
Me enseñó unas fotografías tomadas desde el automóvil.
Mi padre entrando a un banco.
Mi padre hablando con un notario.
Mi padre visitando un terreno.
La observé con incredulidad.
—¿Lo seguiste?
Ella no respondió directamente.
—Solo confirmé lo que cualquiera podía ver.
Guardé silencio.
Por primera vez entendí que aquello no era una ilusión reciente.
Llevaba tiempo investigándolo.
Los días siguientes fueron peores.
Mariana empezó a hablar de herencias como si ya hubieran sido repartidas.
—La camioneta vieja ni la vendas.
—¿Por qué?
—Porque da ternura. La podemos restaurar para decorar la entrada de la casa nueva.
Cada frase me dolía más que la anterior.
Mi padre llevaba menos de un mes enterrado.
Ella ya hablaba de decoración.
Una tarde llegué antes del taller.
La escuché hablando por teléfono desde la terraza.
No sabía que yo estaba en casa.
—Sí, claro que le toca mucho.
Se rió.
—Y aunque el terreno esté solo a nombre del suegro, lo que entre al matrimonio también cuenta.
Hizo una pausa.
—Mi abogado dice que, si se pone difícil, en el divorcio se arregla.
Sentí que la sangre me abandonaba la cara.
No hablaba de un futuro lejano.
Ya había consultado a un abogado.
Esperé.
No discutí.
No pregunté.
Simplemente observé.
Dos semanas después apareció con unos documentos impresos.
—Necesito que veas una casa este sábado.
Negué con la cabeza.
—No voy a comprar ninguna casa.
Su expresión cambió.
—¿Entonces qué piensas hacer con la herencia?
Respiré profundamente.
—Todavía ni siquiera termina el trámite sucesorio.
Ella golpeó la mesa.
—¡Porque tú no haces nada!
Me levanté despacio.
—Mariana…
La miré a los ojos.
—¿Desde cuándo estás esperando que mi padre muriera?
El silencio fue absoluto.
Después sonrió.
No era una sonrisa de sorpresa.
Era una sonrisa de alguien que ya no tenía interés en seguir fingiendo.
—Desde que entendí que nunca íbamos a salir adelante contigo solo arreglando motores.
Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de mí.
El divorcio llegó tres meses después.
No hubo gritos.
No hubo escenas.
Solo una solicitud presentada por ella.
En la primera audiencia apareció impecablemente vestida.
Su abogado colocó varias carpetas sobre la mesa.
Mariana señaló una fotografía de la casa del fraccionamiento que tanto le gustaba.
Después me miró con absoluta tranquilidad.
—Me toca la mitad.
Quieras o no.
No respondí.
Solo coloqué sobre la mesa una carpeta completamente vacía.
Su abogado sonrió con suficiencia.
—¿Eso es todo?
Asentí.
—Sí.
Mariana soltó una pequeña risa.
—Siempre tan improvisado, Daniel.
En ese momento la secretaria del juzgado abrió la puerta.
—Licenciados…
Traigo un documento que acaba de llegar del despacho del notario encargado de la sucesión del señor Arturo Hernández.
Dejó un sobre sellado sobre la mesa.
Nadie le dio importancia.
Hasta que el abogado de Mariana rompió el sello.
Comenzó a leer.
Su expresión cambió de inmediato.
Volvió al principio.
Leyó otra vez.

Después levantó lentamente la vista hacia mí.
—¿Usted… ya conocía esta carta?
Negué con calma.
—No.
Porque yo tampoco sabía que mi padre había dejado instrucciones escritas para ser abiertas únicamente si alguien intentaba reclamar bienes… antes de conocer toda la verdad sobre su patrimonio.