Elena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Volvió a mirar el teléfono de Gael.
La fotografía era reciente.
Demasiado reciente.
Reconoció el portón blanco.
Las bugambilias que Julián había plantado el primer aniversario de bodas.
La bicicleta vieja que seguía apoyada junto a la barda.
No había duda.
Era su casa.
—Eso… eso fue hace unos minutos.
Gael asintió.
—Hace dieciocho minutos.
Ella dio un paso hacia atrás.
—¿Quiénes son?
—Todavía no lo sabemos.
Pero sí sabemos qué buscan.
Elena negó lentamente con la cabeza.
—No tengo dinero.
No tengo enemigos.
No tengo nada que valga la pena robar.
Gael sostuvo su mirada.
—Desde hace unas horas tienes algo.
Mi hija.
Uno de los escoltas extendió una tableta electrónica.
En la pantalla aparecía el video de una cámara exterior.
Dos hombres habían derribado la cerradura.
Otro revisaba ventanas.
Un cuarto individuo fotografiaba toda la fachada.
No estaban robando.
Estaban buscando.
—¿La policía? —preguntó Elena.
—Llegará demasiado tarde.
—Entonces…
¿Por qué usted sabe esto?
Gael respiró despacio.
—Porque esa casa estaba siendo vigilada por mi gente desde que el avión entró al espacio aéreo mexicano.
Ella frunció el ceño.
—¿Me estaban vigilando?
—No.
Estábamos vigilando a cualquiera que pudiera acercarse a usted.
Elena sintió un escalofrío.
Todo aquello era absurdo.
Ella solo había alimentado a una bebé.
Nada más.
Caminaron hasta una sala privada del aeropuerto.
La pequeña seguía dormida en brazos de la niñera.
Por primera vez Elena pudo verla con calma.
Era diminuta.
Tenía apenas unos meses.
Respiraba tranquila.
Como si nada hubiera pasado.
Gael también la observaba.
Su expresión era completamente distinta.
Ya no parecía el hombre cuya fotografía aparecía en revistas financieras.
Parecía un padre agotado.
—Se llama Emilia.
Elena sonrió apenas.
—Es muy fuerte.
—No.
La fuerte fue usted.
Hubo un largo silencio.
Después Gael habló otra vez.
—¿Sabe por qué rechazó todos los biberones?
Elena negó con la cabeza.
—Desde que nació aceptó leche materna exclusivamente.
Su madre murió hace doce días.
Ella levantó la vista.
No había imaginado aquella respuesta.
—Lo siento mucho.
Gael bajó los ojos.
—Pensé que aguantaría el viaje.
Me equivoqué.
Un hombre de traje oscuro entró rápidamente a la sala.
Le entregó una carpeta.
Gael la abrió.
Leyó solo la primera página.
Su rostro cambió por completo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.
Él levantó la vista lentamente.
—No fueron a robar.
Ella sintió un vacío en el estómago.
—¿Entonces?
Gael giró la carpeta hacia ella.
Había fotografías del interior de su casa.
El cuarto de los gemelos.
Las dos cunas.
La habitación matrimonial.
El estudio.
Todo perfectamente fotografiado.
Hasta la cómoda donde seguía guardado el reloj de Julián.
Elena comenzó a temblar.
—¿Cómo…?
—Entraron.
Revisaron cada habitación.
Y se fueron sin llevarse absolutamente nada.
Eso solo significa una cosa.
Ella ya no entendía nada.
—¿Cuál?
Gael cerró la carpeta.
—No buscaban objetos.
La buscaban a usted.
El teléfono de Elena comenzó a sonar.
Era un número desconocido de Guadalajara.
Contestó con manos temblorosas.
—¿Bueno?
Del otro lado habló una mujer mayor.
—¿Elena?
Era doña Carmen.
La vecina que vivía frente a su casa desde hacía veinte años.
—Gracias a Dios contestaste.
¿Dónde estás?
Ella tragó saliva.
—En Toluca.
¿Qué pasó?
La voz de la mujer temblaba.
—Hija…
Entraron a tu casa.
Destrozaron todo.
Pero eso no es lo peor.
—¿Qué más pasó?
Hubo unos segundos de silencio.
Luego respondió en un susurro.
—Encontraron las cunas de tus bebés…
Y uno de esos hombres dijo que habían llegado demasiado tarde porque “la mujer ya estaba con Montenegro”.
La llamada terminó.
Elena bajó lentamente el teléfono.
Miró a Gael completamente desconcertada.
—Ellos sabían que yo estaba con usted…
Gael permaneció inmóvil.

Como si aquella noticia confirmara algo que ya sospechaba.
Después dijo una frase que hizo que Elena comprendiera que el encuentro en aquel avión nunca había sido un simple accidente.
—Entonces ya no vienen por la mujer que alimentó a mi hija.
Vienen por la única testigo que puede reconocer algo que todavía ni siquiera sabe que vio durante ese vuelo.