PARTE 2: LA CARTA QUE SU PADRE NUNCA ENVIÓ

Cuando terminaron de cenar, Valeria volvió a empujar el sobre hacia Alejandro.

—Por favor. Mi padre dejó escrito que debía entregárselo.

Alejandro no lo tomó.

Permaneció unos segundos observando el sobre manila, como si reconociera hasta la forma en que Javier Morales doblaba el papel.

Finalmente habló.

—¿Encontraste solo esa nota?

Valeria frunció el ceño.

—Sí.

—¿Nada más?

—No.

Alejandro apoyó lentamente las manos sobre la mesa.

—Entonces tu padre murió antes de poder terminar lo que quería decirte.

El corazón de Valeria dio un vuelco.

—¿Cómo sabe eso?

Alejandro se levantó sin responder.

Caminó hasta una biblioteca de madera que ocupaba toda una pared del comedor.

Después de mover varios libros, abrió un compartimento oculto.

Sacó una carpeta de piel oscura.

La colocó frente a ella.

En la portada solo había una fecha.

14 de septiembre de 2019.

—Ábrela.

Valeria levantó la tapa con manos temblorosas.

Dentro encontró varias fotografías.

En la primera aparecía su padre, mucho más joven, con el uniforme azul del taller mecánico donde había trabajado durante años.

A su lado estaba Alejandro.

Ambos sonreían cubiertos de grasa, sosteniendo el motor de una camioneta antigua.

Valeria levantó la vista.

—¿Trabajaron juntos?

Alejandro asintió.

—Mucho antes de que existiera Grupo Montemayor.

Ella volvió a mirar las fotografías.

Había otra donde ambos aparecían construyendo una pequeña nave industrial.

Otra durante una comida de Navidad.

Otra sosteniendo un plano lleno de anotaciones.

Aquellos hombres no parecían un empresario millonario y un mecánico.

Parecían amigos.

Muy buenos amigos.

—Mi papá nunca habló de usted.

—Porque yo se lo pedí.

Valeria quedó inmóvil.

—¿Por qué?

Alejandro respiró hondo antes de contestar.

—Porque cuando mi empresa comenzó a crecer, también comenzaron los problemas.

Miró hacia donde Sofía dibujaba en silencio sobre una libreta.

—Había personas interesadas en acercarse a cualquiera que tuviera relación conmigo.

Volvió la mirada hacia Valeria.

—Tu padre nunca quiso que tú cargaras con eso.

Valeria sintió que todo lo que creía saber empezaba a cambiar.

Señaló el sobre.

—Entonces… ¿el dinero?

Alejandro sonrió con tristeza.

—Hace ocho años tu padre necesitó dinero para una operación muy delicada de tu abuela.

Ella asintió.

Recordaba perfectamente aquella época.

—Yo le ofrecí un préstamo.

—¿Y él lo aceptó?

—No.

Valeria abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Lo aceptó solo en apariencia.

Alejandro abrió otra hoja de la carpeta.

Era una copia de una transferencia bancaria.

En el concepto podía leerse claramente:

“Inversión temporal. Sin obligación de devolución.”

—Tu padre insistía en llamarlo préstamo.

—Porque era orgulloso.

—Muchísimo.

Alejandro dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Cada Navidad venía a ofrecerme un sobre con dinero.

—¿Y usted?

—Siempre encontraba una excusa para devolvérselo sin que se diera cuenta.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Durante años su padre había vivido creyendo que aún tenía una deuda pendiente.

Y Alejandro había permitido que conservara intacta su dignidad.

Sin humillarlo.

Sin exhibirlo.

Sin recordarle el favor.

En ese momento, Sofía apareció junto a la mesa con un dibujo entre las manos.

—¡Mira!

Valeria recibió la hoja.

Había tres personas tomadas de la mano frente a una casa enorme.

Una era claramente Alejandro.

La otra, Sofía.

La tercera llevaba el cabello oscuro y una blusa color azul.

Encima del dibujo, con letras infantiles, podía leerse:

“La señora que volvió a reír.”

Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Alejandro observó el dibujo en silencio.

Luego miró el reloj.

—Hay algo más que debes saber.

Su expresión volvió a ponerse seria.

Abrió el último compartimento de la carpeta.

Sacó un sobre amarillento con el nombre de Javier Morales escrito a mano.

El sello permanecía intacto.

Nunca había sido abierto.

Alejandro lo sostuvo unos segundos.

—Tu padre me pidió que te entregara esta carta… únicamente cuando hubieras venido por voluntad propia a devolver ese dinero.

Valeria dejó de respirar.

—¿La escribió para mí?

—Sí.

—¿Cuándo?

Alejandro bajó la mirada hacia la fecha escrita en la parte posterior del sobre.

—Tres semanas antes de que falleciera.

Con manos temblorosas, Valeria rompió el sello.

La primera línea bastó para hacerla llorar.

“Hijita, si estás leyendo esto, significa que seguiste siendo exactamente la mujer honesta que tu madre y yo soñamos criar. Pero hay una verdad que ya no puedo llevarme conmigo…”

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