Los tres golpes volvieron a sonar.
Más fuertes.
Más impacientes.
Mateo comenzó a llorar.
Elena lo abrazó con fuerza mientras retrocedía instintivamente hacia el pasillo.
Gael la miró sin comprender.
—¿Qué significa “la gente de mi madre”?
Elena respiraba con dificultad.
—No abras.
Pero ya era tarde.
Desde el otro lado de la puerta se escuchó otra voz.
—Traemos documentos del despacho Roldán. Sabemos que el menor nació el dieciocho de diciembre.
Gael sintió un escalofrío.
Nadie fuera del hospital conocía esa fecha.
Él mismo acababa de enterarse de que tenía un hijo.
¿Cómo podían saberlo?
Gael caminó hasta la entrada.
Abrió apenas unos centímetros.
Dos personas vestidas de traje permanecían frente al porche.
Un hombre de unos cincuenta años y una mujer con un portafolio negro.
El hombre sonrió con educación.
—Señor Roldán. No esperábamos encontrarlo aquí.
—¿Quiénes son?
La mujer mostró una credencial.
—Representamos al despacho jurídico Villaseca & Asociados.
Gael conocía perfectamente ese nombre.
Era el bufete que llevaba décadas trabajando exclusivamente para su madre, Beatriz Roldán.
—¿Qué hacen aquí?
El abogado respondió sin rodeos.
—Venimos por el menor.
El silencio fue absoluto.
Gael abrió la puerta por completo.
—Repita eso.
—La señora Beatriz Roldán nos instruyó para iniciar las diligencias correspondientes respecto al recién nacido.
Gael sintió que la sangre le golpeaba las sienes.
—¿Qué diligencias?
La mujer abrió lentamente el portafolio.
Sacó una carpeta.
Dentro había una copia certificada de una solicitud judicial.
Y un documento firmado.
Gael reconoció inmediatamente la firma.
Era la de su propia madre.
Elena comenzó a llorar.
—Te dije que no me ibas a creer.
Gael tomó la carpeta.
Leyó la primera página.
“Solicitud de medidas urgentes de protección para un menor en riesgo.”
Frunció el ceño.
Después llegó al fundamento de la petición.
“La madre presenta antecedentes de inestabilidad emocional y aislamiento social. Se solicita valorar la entrega provisional del menor a familiares paternos.”
Gael levantó lentamente la vista.
—¿Qué demonios es esto?
El abogado habló con absoluta tranquilidad.
—La señora Beatriz sostiene que la señora Carrillo no reúne las condiciones adecuadas para criar al niño.
Gael rompió la compostura.
—¡Mi hijo tiene seis días de nacido!
Elena caminó hasta un cajón del comedor.
Sacó un sobre amarillo.
Lo dejó sobre la mesa.
—Por eso nunca te llamé.
Gael abrió el sobre.
Dentro había varias hojas.
La primera era una carta.
Reconoció inmediatamente la letra de su madre.
“Si decides continuar con ese embarazo, recuerda que un bebé Roldán nunca crecerá lejos de nuestra familia.”
Pasó la hoja.
“Si Gael se entera antes del nacimiento, el asunto será más complicado.”
Otra página.
“Después del parto será mucho más sencillo demostrar que tú no puedes cuidarlo.”
Gael sintió náuseas.
Había más.
Reportes de detectives privados.
Fotografías de Elena entrando al supermercado.
Saliendo del hospital.
Visitando a su obstetra.
Todo fechado durante el embarazo.
Su madre llevaba meses vigilándola.
—¿Por qué nunca me enseñaste esto?
Elena respondió con los ojos llenos de lágrimas.
—Porque también recibí otra carta.
Sacó un segundo sobre.
Más pequeño.
Dentro había una sola hoja.
“Si involucras a Gael, destruiré su carrera, demostraré que ocultó un hijo fuera del matrimonio y haré que jamás vuelva a dirigir una sola empresa de esta familia.”
Gael cerró los ojos.
Durante toda su vida había obedecido a Beatriz Roldán.
Ella había decidido dónde estudiaba.
Con quién trabajaba.
Qué empresas compraba.
Qué imagen debía proyectar.
Pero jamás imaginó que también hubiera decidido cuándo podía conocer a su propio hijo.
En ese momento sonó el teléfono de Gael.
Era el director jurídico del Grupo Roldán.
Contestó.
—Señor…
La voz sonaba nerviosa.
—Su madre convocó hace una hora una sesión extraordinaria del consejo.
Gael frunció el ceño.
—¿Para qué?
Hubo unos segundos de silencio.
—Pretende declararlo temporalmente impedido para ejercer la dirección ejecutiva por “conductas impulsivas que comprometen el patrimonio familiar”.
Gael miró la carpeta.
Miró a Elena.
Miró al pequeño Mateo dormido en sus brazos.

Entonces comprendió que aquellas visitas, las cartas y la solicitud sobre el bebé no eran hechos aislados.
Eran parte de un mismo plan.
Si conseguían apartarlo de la empresa y quedarse con su hijo al mismo tiempo, Beatriz Roldán controlaría para siempre tanto el imperio familiar como al único heredero de la siguiente generación.
Y por primera vez en muchos años, Gael dejó de preguntarse cómo recuperar a su exesposa.
Empezó a preguntarse hasta dónde había sido capaz de llegar la mujer que lo había criado.