PARTE 2 — La carta que nunca se atrevió a entregar

El rostro de mi madre perdió todo el color.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—¿Qué… qué acabas de decir?

Mateo me miró sin entender.

Yo le acaricié el cabello.

—Ve al jardín un momento, cariño.

Él obedeció en silencio.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, volví a mirar a mis padres.

Mi padre seguía inmóvil.

—Valeria… Nicolás murió en un accidente.

—Lo sé.

—Entonces ¿cómo pudo descubrir algo?

Abrí mi bolso.

Saqué un sobre amarillo, gastado por el tiempo.

Lo había abierto cientos de veces.

Conocía cada arruga del papel.

—Porque lo escribió antes de morir.

Mi madre dio un paso atrás.

Reconoció el sobre al instante.

—¿Esa carta…?

Asentí.

—Me la entregó el abuelo de Nicolás seis meses después del funeral.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Qué carta?

Respiré hondo.

—La que Nicolás intentó traerles el día que me echaron de casa.

El silencio volvió a caer.

Abrí cuidadosamente el sobre.

Dentro había varias hojas escritas a mano.

Levanté la primera.

—”Señor Arturo y señora Teresa…”

Mi madre rompió a llorar antes de que siguiera leyendo.

Porque conocía perfectamente aquella letra.

Continué.

—”…cuando lean esto, probablemente ya habré hablado con ustedes. Si algo me ocurre antes, necesito que sepan la verdad.”

Mi padre tragó saliva.

Seguí leyendo.

—”…Valeria nunca estuvo sola. Ese bebé también es mi responsabilidad y quiero casarme con ella.”

Arturo cerró los ojos.

Durante diez años había creído que yo había protegido a un hombre cobarde.

La carta demostraba exactamente lo contrario.

Nicolás había querido hacerse responsable.

Pero nunca llegó.

Pasé a la siguiente hoja.

Mi voz empezó a temblar.

—”…también descubrí algo que la señora Teresa lleva ocultando desde hace muchos años.”

Mi madre se dejó caer lentamente sobre una silla.

Ya no intentaba detenerme.

—”…en el hospital encontré por casualidad unos documentos antiguos relacionados con mi nacimiento. Pensé que era un error, pero confirmé toda la información.”

Mi padre miró a mi madre completamente confundido.

—¿De qué está hablando?

Levanté la última hoja.

—”…señor Arturo, usted merece saber que Teresa no tenía diecisiete años cuando quedó embarazada de Valeria.”

La respiración de mi padre se detuvo.

—”…Valeria no es su hija biológica.”

Nadie habló.

Ni siquiera el reloj de la sala parecía hacer ruido.

Mi padre giró lentamente hacia mi madre.

—Teresa…

Ella rompió a llorar.

—Perdóname…

Él retrocedió un paso.

—¿Qué significa eso?

Mi madre respiró con dificultad.

—Antes de conocerte…

Su voz apenas salía.

—Quedé embarazada.

Bajó la cabeza.

—Mis padres me obligaron a decir que el bebé era tuyo cuando empezamos a salir.

Mi padre parecía incapaz de comprender lo que estaba escuchando.

—¿Me mentiste… durante treinta años?

—Cuarenta.

Corrigió ella entre lágrimas.

—Cuarenta años.

Yo permanecía inmóvil.

Aquella verdad ya no me pertenecía.

La había descubierto Nicolás.

No yo.

Mi padre volvió a mirarme.

Sus ojos estaban completamente rojos.

—¿Lo sabías?

Negué lentamente.

—Hasta que recibí esta carta.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

—Todo este tiempo…

Miró hacia el jardín.

Mateo jugaba solo en el viejo columpio.

—Eché de mi casa a mi hija…

Su voz se quebró.

—Por proteger un honor que ni siquiera existía.

En ese momento sonó un automóvil frente a la casa.

Los tres levantamos la vista.

Una camioneta negra se detuvo junto a la banqueta.

Un hombre de unos setenta años descendió lentamente.

Llevaba un bastón en una mano.

Y una carpeta de cuero en la otra.

En cuanto mi madre lo vio, dejó escapar un susurro que heló la habitación.

—No…

—Es imposible…

Mi padre frunció el ceño.

—¿Quién es?

El anciano levantó la mirada hacia la puerta.

Después pronunció una frase que hizo que mi madre comenzara a temblar de pies a cabeza.

—He venido a cumplir la última voluntad de mi hijo… el verdadero padre de Valeria.

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