Alejandro no soltó al niño.
Por primera vez en diez años, dejó de mirar a la mansión.
Solo veía el rostro de Mateo.
Los mismos ojos de Sofía.
La misma forma de fruncir el entrecejo cuando tenía miedo.
Y aquella fotografía…
No podía apartar la vista de ella.
—¿De dónde la sacaste? —preguntó con la voz quebrada.
Mateo la sostuvo con cuidado.
—La guardaba mi abuela Rosa.
Antes de morir me dijo que, si algún día me quedaba solo, buscara al señor de la casa del portón negro.
Que él sabría quién era yo.
Verónica dio dos pasos hacia ellos.
—¡No le creas! Esa foto puede ser falsa.
Alejandro levantó lentamente la cabeza.
—¿Falsa?
Le mostró la imagen.
—Solo cuatro personas sabían que Sofía llevaba ese dije de colibrí incluso cuando dormía.
Yo.
Su madre.
Ella misma.
Y tú.
Verónica perdió el color.
—Explícamelo.
La voz de Alejandro ya no sonaba alterada.
Sonaba peor.
Fría.
—No hay nada que explicar.
Ese niño solo quiere dinero.
Mateo bajó la mirada.
—Yo no quiero dinero.
Solo quería entregar la foto.
Y ya me iba.
Aquellas palabras atravesaron a Alejandro.
El niño había llegado descalzo.
Con hambre.
Y lo primero que él hizo fue intentar golpearlo.
Sintió una vergüenza que nunca antes había conocido.
Invitó a Mateo a entrar.
Verónica intentó impedirlo.
—Alejandro, estás cometiendo un error.
Él abrió la puerta principal.
—El único error fue no escuchar a mi hija cuando todavía estaba viva.
En el despacho, Alejandro colocó la fotografía sobre el escritorio.
Abrió una caja fuerte.
Dentro conservaba el último expediente oficial sobre el accidente de Sofía.
Durante diez años nunca había sido capaz de leerlo completo.
Aquella tarde lo hizo por primera vez.
Había algo extraño.
El informe indicaba que el automóvil se incendió apenas segundos después del impacto.
Sin embargo, el expediente no contenía fotografías del interior del vehículo.
Solo imágenes del exterior.
Frunció el ceño.
Como antiguo empresario acostumbrado a revisar contratos, aquello le pareció una ausencia demasiado importante.
—¿Quién era Rosa? —preguntó a Mateo.
—Mi abuela.
Bueno…
No era mi abuela de verdad.
Solo decía que había prometido cuidar de mí.
—¿Prometido a quién?
Mateo señaló la fotografía.
—A ella.
A la señora Sofía.
El silencio volvió a llenar la habitación.
En ese momento sonó el teléfono de Alejandro.
Era Ignacio Beltrán.
Había sido el abogado de la familia durante más de treinta años.
—Alejandro…
Acabo de enterarme de que apareció un niño en tu casa.
—¿Cómo lo sabes?
Hubo un breve silencio.
—Porque Verónica me llamó hace diez minutos.
Necesitamos hablar.
A solas.
Una hora después, Ignacio llegó con un sobre amarillento.
Lo dejó sobre la mesa.
—Nunca debí ocultarte esto.
Pero Sofía me hizo jurar que respetaría su decisión.
Alejandro abrió el sobre.
Dentro había una carta escrita por su hija.
“Papá…”
Solo aquella palabra bastó para que las manos le temblaran.
“Si algún día lees esto, significa que ya no pude explicártelo personalmente.”
Respiró hondo antes de continuar.
“Estoy embarazada.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
“Sé que pensarás que te decepcioné. Pero tuve miedo. No del embarazo.”
“Tuve miedo de otra cosa.”
Alejandro pasó la página.
“Descubrí documentos que prueban que alguien dentro de nuestra propia familia está utilizando las constructoras para lavar dinero y despojar de sus casas a decenas de familias.”
El corazón comenzó a latirle con violencia.
“No puedo decirte el nombre en esta carta porque ya no sé en quién confiar.”
La última línea estaba escrita con tinta corrida.
“Si me ocurre algo, protege a mi hijo. Él es inocente.”
Alejandro levantó lentamente la vista.
Miró a su hermana.
Ella estaba completamente inmóvil.
—¿Tú sabías del embarazo?
Verónica no respondió.
—¿Lo sabías?
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Sí…
—¿Y nunca me lo dijiste?
Ella rompió a llorar.
—Porque Sofía me lo pidió.
Pero después…
después todo salió mal.
Antes de que pudiera explicar a qué se refería, un escolta entró corriendo al despacho.
—¡Señor Navarro!
—¿Qué ocurre?
—Acaban de forzar el portón principal.
Tres camionetas negras entraron a la propiedad.

No son policías.
No traen placas.
Alejandro abrazó instintivamente a Mateo.
Porque comprendió que el secreto que había permanecido enterrado durante diez años no solo estaba relacionado con la muerte de Sofía.
Había personas que seguían dispuestas a matar… para asegurarse de que nunca llegara a conocerse la verdad.