PARTE 2: LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ A SUS MANOS

El patio quedó en un silencio absoluto.

Ni los músicos se atrevieron a tocar.

Lucía seguía sujetando la mano de su madre, esperando una respuesta que ningún adulto parecía capaz de dar.

Nicolás tenía la vista fija en los tres niños.

Era como mirarse a sí mismo cuatro años atrás.

El mismo color de ojos.

La misma expresión cuando estaban nerviosos.

El mismo lunar junto a la ceja que durante generaciones había aparecido en los hombres de la familia Alcázar.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—¿Qué… qué acaba de decir?

Clara Salgado dio un paso al frente.

A sus sesenta y ocho años seguía conservando la voz firme con la que había dirigido una escuela durante décadas.

Levantó una carpeta color marfil.

—Hace cuatro años, Sofía envió una carta certificada a las oficinas corporativas del Grupo Alcázar.

Sacó el comprobante de entrega.

—Aquí está el acuse de recibo.

Fecha.

Hora.

Firma de recepción.

Todo perfectamente registrado.

Leonor perdió el color.

Reconoció aquella firma antes incluso de que Clara la mostrara.

Era la de Beatriz, su secretaria personal.


Nicolás se volvió lentamente hacia su madre.

—¿Qué significa esto?

Leonor sonrió con rigidez.

—No significa nada.

Debe tratarse de un error.

Clara abrió la carpeta.

—No hubo ningún error.

Extrajo una copia de la carta.

La sostuvo para que todos pudieran verla.

—Sofía informó de su embarazo.

Adjuntó el primer ultrasonido.

Indicó el hospital donde recibiría atención.

Y dejó mi dirección y mi número de teléfono para cualquier aclaración.

Nicolás sintió que las piernas le fallaban.

—¿Tres bebés…?

Miró otra vez a los pequeños.

Nadie respondió.

No hacía falta.


Regina observó alternativamente a Nicolás, a Leonor y a Sofía.

—¿Tú sabías algo de esto?

Su prometido negó con desesperación.

—Te juro que no.

Nunca vi esa carta.

Regina giró inmediatamente hacia Leonor.

—¿Usted la vio?

La mujer tardó demasiado en contestar.

Ese silencio respondió por ella.


Clara sacó un segundo documento.

—Dos semanas después enviamos otro escrito.

También fue recibido.

También desapareció.

Después un tercero.

Y finalmente una notificación del nacimiento de los niños.

Todas tenían sello de recepción.

Nicolás sintió un nudo en la garganta.

Durante cuatro años creyó que Sofía había decidido desaparecer de su vida.

Mientras tanto…

Ella había estado intentando encontrarlo.


Leonor dio un paso adelante.

—Todo esto es un espectáculo.

No hay ninguna prueba de que esos niños…

No terminó la frase.

Porque Mateo levantó inocentemente un dibujo que había estado sosteniendo todo el tiempo.

Era un avión.

Exactamente igual a los que Nicolás dibujaba desde niño.

Con la misma firma en la esquina.

La misma forma de colorear las alas.

Incluso el mismo pequeño sol escondido detrás de una nube.

Clara sonrió con tristeza.

—Hay cosas que los genes explican mejor que cualquier discusión.


Nicolás caminó lentamente hacia Sofía.

No intentó tocarla.

No intentó abrazar a los niños.

Solo preguntó con la voz rota:

—¿Por qué dejaste de buscarme?

Sofía lo miró con serenidad.

—Porque después de tres cartas sin respuesta…

Pensé que tu silencio era una decisión.

No una mentira.

Él cerró los ojos.

Comprendió que el mismo silencio que cuatro años antes la había hecho marcharse…

Ahora había destruido también la posibilidad de ver crecer a sus hijos.


Regina retiró lentamente el anillo de compromiso.

Nadie dijo una palabra.

Lo colocó sobre la mesa más cercana.

Después miró a Nicolás.

—No puedo casarme hoy.

No porque tengas tres hijos.

Sino porque aún no sabes quién te arrebató cuatro años de su vida.

Y hasta que descubras toda la verdad…

No serás realmente libre.

Se dio la vuelta y abandonó la hacienda sin hacer un solo escándalo.


Todos los invitados observaban ahora a Leonor.

Ella seguía inmóvil.

Aferrada a su copa.

Como si todavía pudiera controlar la situación.

Entonces Clara abrió el último sobre.

—Y hay algo más.

Sacó una hoja amarillenta.

Era una nota escrita a mano.

—Esta fue encontrada entre los documentos archivados de la antigua secretaria de la señora Leonor después de su jubilación.

Leyó en voz alta:

“Por instrucciones de la señora Leonor Alcázar, ninguna correspondencia enviada por Sofía Mendoza deberá entregarse al señor Nicolás. Destrúyase después de registrarla.”

Al pie aparecía una firma.

No era la de la secretaria.

Era la de Leonor.

El murmullo recorrió toda la hacienda.

Nicolás sintió que el mundo entero se derrumbaba bajo sus pies.

Porque acababa de descubrir que no había perdido a Sofía por una decisión de ella.

Había perdido cuatro años junto a sus hijos…

Por una decisión tomada dentro de su propia familia.

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