PARTE 2: LA CARTA QUE NUNCA DEBÍA LEER TAN PRONTO

La detective Irene Salgado dejó la bolsa de evidencia sobre la mesa.

Nadie tocó la cucharita.

Un perito comenzó a fotografiar cada centímetro de la cocina.

El vaso roto.

La tetera.

La caja de té de manzanilla.

La silla caída.

Todo permanecía exactamente como Diego lo había encontrado.

—¿Puedo abrir la carta? —preguntó el niño con la voz temblorosa.

Irene asintió.

—Es tuya.

Diego rompió el sobre con cuidado.

Dentro había una hoja doblada y una fotografía.

La fotografía era antigua.

Aparecía él, con apenas cinco años, dormido sobre el sofá.

Valeria estaba sentada a su lado, cubriéndolo con una manta.

Él nunca supo que alguien había tomado aquella imagen.

Abrió la carta.

La letra era la de Valeria.

“Querido Diego:”

“Si estás leyendo esto antes de que nazca tu hermanito, significa que ocurrió algo que nunca imaginé.”

Las manos del niño comenzaron a temblar.

“Nunca quise ocupar el lugar de tu mamá.”

“Nadie puede hacerlo.”

“Solo quería ser la persona que estuviera contigo cuando tuvieras miedo, cuando te enfermaras o cuando necesitaras un abrazo aunque no quisieras pedirlo.”

Diego dejó escapar un sollozo.

“La adopción nunca fue para borrar a Lucía.”

“Fue para asegurarme de que, si algún día tu papá faltaba y yo seguía aquí, nadie pudiera separarnos.”

Las lágrimas empezaron a caer sobre el papel.

“Siempre serás hijo de tu mamá.”

“Y, si tú algún día lo aceptas, también podrás ser un poquito hijo mío.”

El niño abrazó la carta contra el pecho.

No pudo seguir leyendo.

Irene apartó la mirada para darle unos segundos.

En ese momento sonó su teléfono.

Era el laboratorio.

—¿Resultados preliminares?

Escuchó durante casi un minuto.

Su expresión cambió.

—Entendido.

Colgó lentamente.

El oficial que estaba junto a ella preguntó en voz baja:

—¿Qué encontraron?

—El sedante no estaba en la tetera.

Todos levantaron la cabeza.

—Solo apareció en el contenido del vaso de Valeria.

Eso significaba una sola cosa.

Alguien había preparado únicamente su bebida.

No había sido un accidente.

Era un acto dirigido contra ella.

En ese instante la puerta principal volvió a abrirse.

Julián entró corriendo, todavía con el uniforme de trabajo cubierto de polvo.

Buscó desesperadamente a su hijo.

Diego corrió a abrazarlo.

—Papá…

Julián lo estrechó con fuerza.

—¿Dónde está Valeria?

—En cirugía.

El hombre cerró los ojos unos segundos.

Después miró la cocina destrozada.

La detective se acercó.

—Necesito hacerle algunas preguntas.

—Las que quiera.

—¿Quién preparó el té?

Julián respondió sin dudar.

—Mi suegra, Carmen.

—¿Ella sabía que Valeria tomaba té todas las noches?

—Sí.

—¿Y sabía exactamente cuál era su taza?

Él frunció el ceño.

—Claro… siempre usaba la misma.

Antes de que pudiera añadir algo más, otro agente entró apresuradamente con una tableta en la mano.

—Detective…

Le mostró un video captado por la cámara del timbre.

Irene observó apenas unos segundos.

Luego volvió la pantalla hacia Julián.

A las 9:58 de la noche, Carmen aparecía saliendo de la casa.

Pero, justo antes de cerrar la puerta, miraba directamente hacia la cocina… y sonreía.

No era una sonrisa de despedida.

Era la sonrisa tranquila de alguien que estaba convencido de que no volvería a ver con vida a la mujer que acababa de dejar dentro.

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