Santiago levantó la vista hacia Valeria.
—Yo no llamé a mi madre.
Ella estrechó a la pequeña Renata contra su pecho.
La bebé había dejado de llorar y dormía ajena al miedo que acababa de instalarse en aquella casa.
El intercomunicador volvió a sonar.
—Señor, la señora Emilia insiste en entrar. Dice que es un asunto familiar y que no puede esperar.
Santiago permaneció inmóvil unos segundos.
Luego respondió con voz firme.
—Déjela pasar.
Cinco minutos después, la puerta principal se abrió.
Emilia Robles entró acompañada por el abogado de la familia y por el médico de confianza de los Robles.
Tres personas.
Tres testigos.
Como si hubiera preparado aquella visita con antelación.
Ni siquiera saludó.
Su mirada fue directamente hacia la bebé.
—Dámela.
Valeria retrocedió instintivamente.
Emilia frunció el ceño.
—No te acerques a la cuna, muchacha. Una mujer como tú no tiene derecho a tocar a mi nieta.
La frase cayó sobre la sala como una bofetada.
Santiago dio un paso al frente.
—¿Cómo sabes que es mi hija?
Por primera vez, Emilia perdió el control de su expresión.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—Porque… Fernanda me llamó hace unas horas.
—¿Ah, sí?
Santiago levantó lentamente la nota que había encontrado dentro de la caja.
—Entonces explícame por qué la carta dice que ella ya no podía hacerse cargo… y por qué tú llegaste antes de que yo avisara a la policía.
El abogado carraspeó con incomodidad.
El médico evitó levantar la vista.
Emilia respiró hondo.
—Lo importante es proteger el apellido Robles.
—La niña debe quedarse con la familia.
Valeria observó el sobre blanco que seguía sobre la mesa.
Algo le llamó la atención.
Era demasiado grueso para contener solo una hoja.
—Señor Santiago…
Él la miró.
—Creo que la carta tiene algo más.
Con cuidado abrió completamente el sobre.
Dentro apareció un segundo pliego, doblado varias veces.
Esta vez no iba dirigido a Santiago.
En la parte superior solo había una frase.
“Si Emilia llega antes que la policía, por favor lean esto delante de ella.”
El ambiente se congeló.
Las manos de Emilia comenzaron a temblar.
—No abras eso.
Era la primera vez que hablaba con miedo.
Santiago desplegó lentamente el papel.
Reconoció inmediatamente la letra de Fernanda.
“Santiago…”
“Si estás leyendo esta carta, significa que mi suegra hizo exactamente lo que imaginé.”
Emilia dio un paso adelante.
—¡Eso es una mentira!
Santiago continuó leyendo.
“Ella nunca aceptó que tuvieras una hija conmigo.”
“Hace tres meses me ofreció dinero para desaparecer.”
“Cuando me negué, me dijo que, si algún día Renata aparecía, ella demostraría que yo era una mujer inestable y conseguiría quedarse con la niña.”
El abogado levantó lentamente la cabeza.
Miró a Emilia con evidente sorpresa.
Santiago siguió leyendo.
“También debes saber otra cosa.”
“La deuda que destruyó a mi padre hace cuatro años no fue un accidente.”
“La empresa que compró todos sus bienes pertenecía, en secreto, al grupo financiero controlado por tu madre.”
Valeria sintió un escalofrío.
Emilia dio otro paso.
—¡Basta!
Intentó arrebatarle la carta.
Santiago la apartó antes de que pudiera tocarla.
El silencio volvió a instalarse.
Entonces el abogado habló por primera vez.
Su voz era apenas un susurro.
—Señora Emilia…
¿Es cierto?
Ella no respondió.
Solo respiraba cada vez más rápido.
Valeria observó algo extraño.
En lugar de negar las acusaciones…
Emilia miraba desesperadamente hacia la ventana.
Como si esperara que alguien llegara.
Y en ese preciso instante, el guardia volvió a llamar por el intercomunicador.

—Señor Santiago…
Acaba de llegar una mujer.
Dice llamarse Fernanda.
Y asegura que no abandonó a su hija…
Que alguien la obligó a hacerlo.