PARTE 2: LA CARTA QUE MI PADRE ESCONDIÓ DURANTE VEINTINUEVE AÑOS

Durante las semanas siguientes, mi padre empezó a confundirme con distintas versiones de mí mismo.

A veces yo tenía treinta y ocho años.

Otras veces, nueve.

Una mañana entré en la cocina y encontré dos tazones de leche sobre la mesa.

—¿Esperas a alguien? —pregunté.

Aurelio levantó la cabeza.

—A ti.

Señaló una silla.

—Desayuna rápido o llegarás tarde al colegio.

No lo corregí.

Me senté.

Comimos en silencio.

Después señaló mi barba.

—Deberías afeitarte eso.

Me reí.

Él también.

Durante unos segundos pareció comprender que algo no encajaba, pero decidió reír conmigo.

Esos momentos empezaron a convertirse en pequeños regalos.

Hasta que una tarde desapareció.

Había salido veinte minutos para comprar pan.

Cuando regresé, la puerta estaba abierta.

—¿Papá?

Nada.

Revisé las habitaciones.

El baño.

El trastero.

Llamé a doña Celia.

No estaba con ella.

Sentí un miedo que nunca había conocido.

Recorrí el barrio preguntando a vecinos, comerciantes y camareros.

Casi una hora después, el dueño del antiguo taller donde mi padre había trabajado me llamó.

—Darío, ven.

Corrí.

Encontré a Aurelio sentado frente a la persiana cerrada del taller.

Tenía una bolsa de herramientas sobre las piernas.

—Papá.

Me miró sorprendido.

—¿Qué haces aquí?

—Buscándote.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

Señaló el taller.

—Tengo turno.

Aquel negocio llevaba cerrado doce años.

Me senté junto a él.

—Hoy no trabajas.

—Claro que trabajo.

—Te han dado el día libre.

Eso pareció tranquilizarlo.

Después de un rato preguntó:

—¿Tu madre ya volvió?

Mi cuerpo se tensó.

Aurelio casi nunca hablaba de ella.

—No.

—Está tardando demasiado.

—Papá…

—Dijo que volvería por ti.

Lo miré.

—¿Qué has dicho?

Su expresión cambió.

La confusión desapareció por un instante.

—Nada.

—Mamá se fue cuando yo tenía nueve años.

Aurelio apretó la bolsa de herramientas.

—Vámonos a casa.

—¿Dijo que volvería?

—Darío.

—¿Por qué nunca me contaste eso?

Se levantó demasiado rápido y perdió el equilibrio.

Lo sujeté.

Mientras recogía la bolsa, algo cayó al suelo.

Una llave pequeña.

No pertenecía a nuestra casa.

—¿De qué es?

Mi padre la miró.

Y empezó a llorar.

No lo había visto llorar desde el entierro de mi abuela.

—Del reloj —susurró.

—¿Qué reloj?

—El que vendí.

Aquello no tenía sentido.

El reloj había desaparecido hacía décadas.

De regreso a casa, Aurelio caminó directamente al trastero.

Apartó mi bicicleta roja.

Luego señaló una tabla del suelo.

—Ahí.

La levanté.

Debajo había una caja metálica.

La llave encajó.

Dentro encontré fotografías, recibos y cartas.

Y un reloj antiguo.

El mismo que doña Celia me había dicho que mi padre vendió para comprar mis libros.

—Nunca lo vendiste.

Aurelio negó.

—Vendí otra cosa.

—¿Qué?

—Mi parte.

Encontré un documento.

Era la escritura de un pequeño taller.

Mi padre había sido copropietario.

Vendió su participación exactamente la semana en que aparecieron mis libros, mis zapatillas y aquel abrigo.

Había sacrificado mucho más de lo que yo sabía.

Pero debajo encontré algo peor.

Cartas de mi madre.

Decenas.

Todas dirigidas a mí.

“Darío, feliz cumpleaños.”

“Espero que te haya gustado el libro.”

“Dile a tu padre que volveré cuando pueda hacerlo sin poneros en peligro.”

Las manos comenzaron a temblarme.

—Dijiste que nunca escribió.

Mi padre bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Me dejaste creer durante veintinueve años que nos había abandonado.

—Era más fácil.

—¿Para quién?

No respondió.

Abrí otra carta.

Luego otra.

Mi madre había enviado dinero.

Había preguntado por mis notas.

Sabía cuándo me rompí el brazo.

Sabía cuándo terminé el instituto.

Incluso sabía cuándo conseguí mi primer trabajo.

—¿Le contestabas?

Aurelio asintió.

Sentí rabia.

—¿Dónde estaba?

—No podía decírtelo.

—¡Ya tengo treinta y ocho años!

Mi voz lo hizo encogerse.

Me arrepentí inmediatamente.

Pero necesitaba saberlo.

—¿Por qué se fue?

Mi padre miró el reloj antiguo.

—Porque creyó que yo había hecho algo terrible.

—¿Qué cosa?

Aurelio tardó en responder.

—Robar.

Parpadeé.

—¿Robar qué?

—Dinero del taller.

Me mostró unos documentos.

Habían desaparecido millones de pesetas de las cuentas de la empresa.

La firma de mi padre aparecía en varias retiradas.

—Yo no fui.

—¿Mamá creyó que sí?

—Al principio.

—¿Y después?

—Descubrió quién lo había hecho.

—¿Quién?

Aurelio cerró los ojos.

—Su hermano.

Mi tío Ricardo.

El hombre que durante toda mi infancia aparecía cada Navidad con regalos y decía que mi madre era egoísta por habernos abandonado.

—¿Qué hizo ella?

—Intentó denunciarlo.

—¿Y?

—Ricardo amenazó con acusarme a mí. Tenía documentos falsificados, testigos comprados.

Aurelio me miró.

—Y sabía dónde estudiabas tú.

Comprendí.

—Mamá se fue para protegernos.

—Se fue para conseguir pruebas.

—¿Y nunca volvió?

Mi padre comenzó a confundirse otra vez.

—Sí volvió.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo?

—Aquella noche.

—¿Qué noche?

—Cuando cumpliste diez.

Me quedé inmóvil.

Yo recordaba aquel cumpleaños.

Mi padre había dicho que estaba enfermo y me mandó a dormir temprano.

—¿Estuvo aquí?

Aurelio empezó a llorar.

—Lo siento.

—¿Qué pasó?

—No pude dejarla entrar.

—¿Por qué?

Su voz se quebró.

—Porque Ricardo estaba dentro.

El silencio se volvió insoportable.

Seguí revisando la caja.

Al fondo había un sobre con mi nombre.

La letra era de mi madre.

“Para Darío, cuando Aurelio ya no pueda seguir protegiendo el secreto.”

Lo abrí.

Dentro había una fotografía reciente.

No tenía veintinueve años.

La fecha impresa era de hacía apenas ocho meses.

Mi madre aparecía sentada en una terraza.

Más vieja.

Cabello gris.

Pero era ella.

Detrás de la fotografía había una dirección.

Madrid.

Y una frase.

“Darío, si tu padre empieza a olvidar, llegará el momento de que sepas por qué nunca pude volver a casa.”

Miré a Aurelio.

—¿Mamá está viva?

Mi padre levantó lentamente los ojos.

Por un instante volvió a reconocerme por completo.

—Sí.

Me faltó el aire.

—¿Has hablado con ella?

Asintió.

—Todos los meses.

Sentí que veintinueve años de mi vida cambiaban de forma delante de mí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Aurelio extendió una mano temblorosa y señaló la última carta.

La abrí.

Solo había tres líneas.

“Ricardo sabe que Darío sigue viviendo contigo.”

“Ha empezado a preguntar por la caja.”

“Si vuelve a acercarse a nuestro hijo, esta vez tendrá que saber la verdad.”

Levanté la mirada.

—Papá, ¿qué verdad?

Aurelio abrió la boca.

Pero alguien llamó a la puerta.

Tres golpes lentos.

Doña Celia gritó desde el rellano:

—Darío, hay un hombre preguntando por tu padre.

Me acerqué a la mirilla.

El hombre tenía más de setenta años.

No lo veía desde hacía casi una década.

Pero lo reconocí.

Mi tío Ricardo.

Aurelio apareció detrás de mí.

Cuando vio quién estaba al otro lado, me agarró del brazo con una fuerza que no creía que todavía tuviera.

—No abras.

—¿Por qué?

Mi padre miró la caja.

Luego a mí.

—Porque Ricardo no ha venido por el dinero.

Su voz tembló.

—Ha venido porque ya sabe que encontraste las cartas de tu madre.

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