Nathan leyó la frase una segunda vez.
Después una tercera.
Las palabras seguían siendo las mismas.
“Nathan, felicidades… por fin conseguiste el hijo varón que tanto deseabas.”
Frunció el ceño.
—¿Qué demonios significa esto?
Margaret le arrebató la carta.
—¿Dónde está el resto?
Le dio la vuelta.
No había nada más.
Solo aquella línea.
El silencio empezó a incomodar a toda la familia.
Claire fue la primera en hablar.
—¿Y los muebles?
Nathan respiró hondo.
—Debe ser una broma de Elena.
Sacó el teléfono y marcó mi número.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
No contesté.
Volvió a llamar.
Directo al buzón.
Su mandíbula se tensó.
—Está jugando conmigo.
En ese momento sonó otro teléfono.
Era el suyo.
Un correo electrónico acababa de llegar.
Asunto:
Entrega de bienes conforme al convenio de divorcio.
Lo abrió de inmediato.
Adjunto venía un inventario de treinta y ocho páginas.
Cada sofá.
Cada cuadro.
Cada lámpara.
Cada electrodoméstico.
Cada alfombra.
Cada cubierto de plata.
Todo tenía una factura.
Y todas las facturas estaban a mi nombre.
Nathan pasó las páginas con desesperación.
—No…
Llegó al piano de cola.
Propietaria: Elena Morales.
La cava de vinos.
Propietaria: Elena Morales.
Los muebles italianos del comedor.
Propietaria: Elena Morales.
La televisión.
Las camas.
Las obras de arte.
Incluso las cortinas.
Todo.
Absolutamente todo.
Margaret comenzó a ponerse nerviosa.
—Pero ustedes compraron todo estando casados.
Nathan siguió leyendo.
Al final aparecía una nota del despacho jurídico.
“Los bienes fueron adquiridos con patrimonio privativo de la señora Elena Morales y se encontraban debidamente documentados antes del proceso de divorcio.”
La sangre abandonó su rostro.
Nunca había prestado atención a las compras.
Siempre asumió que todo era suyo.
Porque vivía allí.
Porque era el hombre de la casa.
Porque jamás imaginó que yo conservara cada factura durante ocho años.
A casi veinte kilómetros de allí, yo terminaba tranquilamente mi desayuno.
Café negro.
Fruta.
Pan recién horneado.
Mi abogado, Samuel Brooks, sonrió mientras dejaba otra carpeta sobre la mesa.
—Ya recibieron el inventario.
Asentí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Nathan acaba de llamar cinco veces al despacho.
Sonreí sin levantar la vista.
—¿Qué dijo?
Samuel hojeó unas notas.
—Primero exigió que detuviéramos el retiro de los bienes.
—Después aseguró que había sido un error administrativo.
—Y finalmente… preguntó si todavía estabas dispuesta a negociar.
Solté una pequeña risa.
—Llegó rápido a la etapa de negociar.
Samuel me observó.
—¿Quieres responderle?
Negué con tranquilidad.
—No todavía.
Mientras tanto, la casa comenzaba a llenarse de tensión.
Los familiares ya no hablaban de habitaciones.
Ahora discutían entre ellos.
—¿Dónde vamos a dormir?
—No hay colchones.
—Ni refrigerador.
—Ni platos.
Claire dejó caer su maleta.
—¿Nos hiciste venir para esto?
Nathan intentó mantener el control.
—Solo necesitamos comprar algunas cosas.
Margaret abrió los ojos.
—¿Comprar?
Lo miró indignada.
—¡Me dijiste que Elena te había dejado una mansión completamente equipada!
Nathan no respondió.
Porque era exactamente lo que había creído.
Hasta esa mañana.
Entonces sonó el timbre.
Todos voltearon.
Un hombre con uniforme esperaba en la entrada.
—Buenos días.
Le entregó un sobre a Nathan.
—Notificación oficial.
Nathan firmó distraídamente.
Abrió el documento.
Su expresión volvió a cambiar.
Era un aviso del banco.
El crédito hipotecario seguía vigente.
Y el único responsable del pago…
Era él.
Claire se quedó inmóvil.
—¿Cómo que todavía hay hipoteca?
Nathan tragó saliva.
—Porque…
No terminó la frase.
Margaret le arrebató otra vez los papeles.
Leyó rápidamente.
—¿Debes casi novecientos mil dólares?
Él bajó la cabeza.
Durante años había presumido que la casa estaba completamente pagada.
Nunca contó que solo yo aportaba pagos extraordinarios para reducir la deuda.
Tras el divorcio, esas aportaciones terminaron.
Y el banco esperaba el siguiente vencimiento.
Dentro de apenas cinco días.
El silencio fue absoluto.
Hasta que uno de los tíos carraspeó incómodo.
—Creo… que nosotros mejor nos vamos a un hotel.
Otro levantó la maleta.
—Sí… luego regresamos cuando todo esté arreglado.
En menos de diez minutos, la familia que había llegado celebrando comenzó a abandonar la casa uno por uno.
Nathan observó cómo se marchaban.
Nadie le ofrecía ayuda.
Nadie quería quedarse en aquella mansión vacía.
Cuando el último automóvil salió de la entrada, solo quedaron tres personas.
Nathan.
Margaret.
Y Claire.
Los tres rodeados de habitaciones desnudas y paredes silenciosas.
Fue entonces cuando el teléfono de Nathan volvió a sonar.
Esta vez no era el banco.
Era el hospital donde trabajaba su nueva pareja.
Contestó con una sonrisa forzada.
Cinco segundos después, esa sonrisa desapareció.
—¿Qué quiere decir con que hubo un error en los análisis?
Del otro lado respondieron durante varios segundos.
Nathan comenzó a respirar cada vez más rápido.
—No… eso es imposible…
Margaret se acercó.
—¿Qué pasó?
Nathan bajó lentamente el teléfono.

Tenía la mirada completamente perdida.
Y pronunció una frase que hizo que incluso su madre dejara de hablar.
—El bebé… no es un niño.
Continúa en la Parte 3.